La chica de la sonrisa tatuada y los hombres que odian a las mujeres

Fotografía de Javier Herrerra

En 2013 cuando inicié la carrera de Criminalística, conocí una sonrisa que frecuentaba aquellas aulas; una joven bailarina de tez morena y extrema actitud positiva. Siempre hablaba sobre su novio, al que adoraba y trataba de agradar constantemente. También me habló sobre convertirse en una futura penalista, pero, evidentemente, había escogido la carrera equivocada. Eso no le impediría seguir con sus sueños. Al pasar de los años, habiendo avanzado en nuestra licenciatura, los vientos cambiaron, el novio también y el sueño de bailar en Nueva York había sido relevado definitivamente por el de trabajar para el Ministerio Público de este país. Lo único que los años de universidad y las vicisitudes de la vida no pudieron cambiar fue la sonrisa de Luz. Yo no sé qué la alegraba tanto (si reía conmigo o de mí) pero llevaba aquella sonrisa como tatuada en el rostro. Fue una bonita amistad la que ella fue dejando en el olvido luego de casarse sorpresivamente con un tipo que no llegué a conocer.

Un funesto día, la sonrisa de Luz apareció en un afiche de la Alerta Isabel-Claudina (de mujeres desaparecidas). Entonces recordé que me había comentado con anterioridad que vivía muy bien, trabajaba en donde ella quería y tenía un hermoso angelito por el que se levantaba cada mañana; del fulano no dijo nada, tampoco pregunté… Solo había quedado pendiente la cotización para unas fotografías junto a su hija (terminé volviéndome fotógrafo). Después empezaron a entrarme mensajes de varios compañeros de la universidad, que terminaron de alarmarme. Todos esperamos inútilmente que hubiera huido, que su sonrisa estuviera pululando en algún lugar lejano, que apareciera con vida, pero no fue así…

Guatemala ya está desensibilizada. La palabra MUERTO no le asusta. En este país se respira violencia, se come desigualdad y se caga indiferencia.

Fotografía de Fernando Chuy

Es impresionante la cantidad de mujeres que sufren violencia en el mundo, pero aún más impresionante la indiferencia con la que abordamos el tema. Nunca imaginé que aquella amiga estuviera viviendo un infierno. Luz me contó muchos de sus sueños durante cinco años y justo después de casarse todos esos sueños se vinieron abajo. Una profesional de su rama había cometido el error más grande desde los tiempos del nazareno: confiar. Siento algo indescriptible al conocer el desenlace, siento el no poder verla bailando en Broadway o litigando en las cortes guatemaltecas, o solamente siendo ella, sonriendo constantemente sin más motivo que el de estar viva.

La ingenuidad, el miedo, y la falta de amor propio llevaron a Luz a regresar siempre al mismo lugar de donde quería huir. Trabajar en el único ente encargado de la investigación criminal tampoco la alejó de allí. No le valió ser mujer, madre, hija, esposa. Ni su mamá ni su papá ni su hermano ni sus amigas ni sus vecinos ni Dios pudo salvarla. Dicen que el principal sospechoso es un hombre que además era su esposo y el padre de su hija.

A Luz la humillaron, golpearon, cortaron, quemaron y la dejaron tirada en un tragante cerca de su lugar de trabajo (MAINA). El cuerpo de la investigadora del MP quedó entre dos vagones abandonados de la municipalidad de la “ciudad del futuro”, instalados para dizque fomentar la lectura en Guatebala, frente al Mapa de Relieve en la zona dos de nuestra metrópoli tercermundista.

Hoy, con los celulares en las palmas de las manos simulando antorchas inquisitoriales, muchos opinan sobre tu muerte, sobre tu actuar, sin siquiera haberte conocido. De mi parte solo queda lanzar al cielo una disculpa, pues nos ganó la indiferencia, el miedo, la falta de huevos para denunciar. Te fallamos a vos, como le fallamos a todas las víctimas que llenan las estadísticas de los centros de poder. Solo quedamos a la espera de que los encargados de la justicia en este país hagan su trabajo.

Fotografía de Fernando Chuy

 

 

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