La cruda realidad

Tras salir de su trabajo Rolando se dirige con prisa a cambiar su cheque pues ha sido día de pago. Sube a una de esas camionetas que van repletas de gente, aunque para el ayudante del piloto siempre hay espacio o al menos en eso insiste.

Fotografía de Fernando Chuy

Nadie regula eso, nadie se resiste, toca hacerle frente si se quiere llegar al destino, ni modo. Ya arriba se encuentra con miradas cansadas que denotan soledad y tedio, amargura y angustia.

Cuando estaba en la carrera de ciencia política estaba convencido de que iba a cambiar el mundo o al menos este país. Una sonrisa letalmente irónica se dibuja en su rostro cuando recuerda lo ingenuo que era y entonces, como perfecto paliativo, pasa a pensar en otra cosa.

Claro, él dejó la facultad al tercer año porque su madre enfermó de epilepsia, son prácticamente solo ellos dos y ahora se ha volcado a trabajar tiempo completo para así poder pagar el pequeño apartamento, la comida, las medicinas y a la persona que cuida a su mamá.

Algunos días mientras labora, suele pensar que aquellos compañeros que sí lograron terminar la carrera tampoco han hecho mayores acciones por cambiar el mundo; en el fondo los considera unos acomodados que transitan entre las investigaciones de mero consumo académico o la burocracia financiada por agencias internacionales. Vaya revolucionarios dice mofándose en una especie de crispante rito dramático.

Eso sí, Rolando no es de quejarse en voz alta sus propias vicisitudes, presume ser estoicamente obstinado, pero recurrentemente lo carcome una punzante frustración que se entrama con el vacío al que la mayoría de sus conciudadanos asisten al ser parte de esta escenografía cotidiana.

Al fin baja de aquel viejo féretro metálico que muchos insisten en llamar “bus”. Ha llegado a su destino; después de su estadía en el banco pasa por una de esas “farmacias económicas” que está aproximadamente a un kilometro de donde lo espera su madre. Compra medicina y ahora sí, por fin, se dirige a su chante.

La noche está cayendo y las horas que tiene para descansar las reconoce insuficientes, desalentadoras, absurdas. No se descansa mientras se duerme, en todo caso, si el inconsciente lo permite, se logran olvidar algunos problemas. Previniendo exactamente esto, pasa comprando un cuarto de guaro y una pastilla para conciliar el sueño; así se duerme más profundamente. A veces se muere por minutos y eso, morir un poco, quiere Rolando esta noche.

Siempre ha pensado ponerle candela al asunto; asesinar a un empresario de alguna alta cámara o por lo menos a un político corrupto. Lo ha fantaseado cientos de veces y se dice que algún día, en lugar de tomar el bus de todas las mañanas, llevará a cabo aquel romántico acto para posteriormente pegarse un tiro en la sien.

¿Pero, y dejar sola a mi mamá?, se ha preguntado siempre como buscando el pretexto que oculte su pavor a realizar aquello que tanta gallardía le da en su imaginación. No importa, se dice convencido.

Entra al apartamento y doña Beatriz está en el sillón, lo voltea a ver con ojos de ternura; desahuciada. La enfermera recién se ha ido, le comenta. 
Traigo tus medicinas, dice Rolando, voy por un vaso con agua.

Casi no había terminado de pronunciar la última palabra cuando su madre arranca en uno de sus recurrentes ataques. Rolando la abraza firmemente mientras observa ese rostro desesperado ante la convulsión de un cuerpo que en aquellos momentos le resulta tan ajeno y unos ojos deseosos de una muerte que parece tardar de sobremanera.

Finalmente, aquel ataque, como todo lo humano, llega a su fin. Rolando la lleva a la cama con ternura y logra ponerla sobre el colchón. Ahora sí, dice entre balbuceos, voy por el agua y tu medicina.

Beatriz ha tomado sus pastillas y poco a poco cae en un sueño sepulcral donde pareciera no sufrir más. Entretanto, Rolando ya bebe el cuarto trago de guaro y ve el noticiero nocturno donde pasan las pomposas imágenes de la celebración del día de la bandera en el congreso de la república.

Se dirige a su ropero y saca su escuadra 9mm, la sostiene y la roza enajenadamente por su rostro, mañana es el día, vamos a hacer que algo en realidad pase en este lugar, mañana es el día, lo prometo, se dice con devota convicción. Termina su trago, se sienta en el sillón, coloca la tolva sobre una mesita de noche y finalmente cae dormido mientras el televisor proyecta una vieja caricatura.

A las cinco y media de la mañana suena el despertador. Rolando se levanta con bastante sed. Bebe un vaso con agua. Ya es algo tarde así que se apresura. Justo cuando está por salir observa la pistola y recuerda aquella ceremonia donde se prometió que este sería el día, esboza una leve sonrisa. Toma la nueve milímetros y sabe que, una vez más, se acobardará.

Ve a su madre que aun duerme, tan tranquila, tan tierna, tan solemne; podría dejársela cargada justo al lado suyo. Quizá ella tenga más valor para llevar a cabo decisiones trascendentes, piensa.

La besa en la frente y sale de su casa a tomar ese maldito bus. Aquella pistola 9mm ha quedado, nuevamente, guardada en ese viejo ropero. El bus irá repleto de gente que lucha continuamente con una realidad que los trasciende. El brocha gritará que hay mucho espacio, el piloto no respetará algunas paradas y nuestro cansado muchacho, realizará similares ceremonias con su pistola cada vez que se emborrache acobardándose, claro está, cuando el inoportuno despertador lo regrese a su cruda y sobria realidad…

Autor: Sergio E Castañeda

Nacido en la ciudad de Guatemala por eso del año 1988. Estudiante de Historia fascinado por la exploración e indagación de distintos escenarios y rincones de la existencia. Consciente de que hay que expulsar letras que logren provocar, incomodar o estimular. Vamos a barranquear, pues, para ver qué hay en esas profundidades desconocidas… ¿ah y queso?

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