La del estribo para un Xibalbá-star

Fotografías de Délmer Membreño

El frenazo del autobús me dejó a milímetros del asiento de enfrente, pero cuando has navegado toda tu vida en transporte público, desarrollás buenos reflejos, un control sobrenatural de los esfínteres y otros súper poderes cotidianos. Como una suerte de Peter Parker sin tantos efectos especiales.

Miré con odio al conductor, quien no pudo hacer otra cosa que ignorarme, en medio del estruendo reguetonístico que nunca falta en estos ámbitos tercermundistas.

Caminé desde el puente Mallol hacia el centro de Tegucigalpa. ¿La dirección? Sólo me dijeron que era en la casa de Susana Arteaga por la cuesta del Millón. Así se dan las direcciones en este país sin direcciones, desde épocas inmemoriales.

En las cercanías del Millón encontré al Gabo Ochoa, quien cerveza en mano me llevó a mi destino. Íbamos a lo de Altazor, un grupo literario dirigido entonces por el poeta Fabricio Estrada, amigo-hermano, camarada y referente de nuestra generación. Al llegar conocí a seres humanos extraordinarios y a su poesía; Mayra Oyuela, Jorge Villatoro, Darwin René Andino y Roberto Benítez (con quien descubrimos después de cuatro cervezas, que somos primos).

De pronto, en la ventana una sombra preguntaba ¿cómo van? Era Edgardo Florián. Pidió que buscáramos cinco palabras en el diccionario y, a partir de la palabra o el concepto, creásemos un “puema”.

Desde entonces, nuestra amistad fue constituyéndose como estalactita —o estalagmita, no recuerdo—. Navegué en sus versos, en la historia de ese ser irreverente que odió y amó a esta puta ciudad. La última vez que lo vi fue el 10 de enero del presente (20 años después). Yo venía contento por el corte que me hizo el poeta, barbero y amigo, Rommel Martínez.

¡Puta Novoa!, ¿te acordás de aquel 31 [de diciembre] en tu ex casa?, preguntó con una sonrisa cínica. Claro, cómo se me va a olvidar que pusiste una porno en plena reunión familiar, maje, pese a que te dije tres veces que los parlantes estaban conectados a la compu, respondí.

Pues… feliz año nuevo, maje… dijo y se marchó esfumándose entre la gente.Un día antes del Día del Amor y la Amistad, el Floro dejó este mundo. Setenta y dos horas después fue la vela en el Teatro Manuel Bonilla. Fui con Javier Vindel, quien me recordó que Floro le dijo un día: Javier, yo no le temo al infierno; yo vivo un infierno. (Durante años Vindel y otras personas ayudaron a Floro sin hacer tanto ruido, como debe ser).

Desde su muerte he venido escuchando las flores luctuosas, que “era un gran poeta”, “un mimo excelso” que “reciclaba para salvar al planeta”, omitiendo que le quedaban pocas manos amigas y que tuvo que hacer cualquier cosa para no morir de hambre.

Feliz año nuevo, fue lo último que me dijo Floro en vida y hoy le digo a todos los que le tiraron la puerta en el rostro y a los que ni siquiera le abrieron la puerta durante tantos inviernos: ¡Feliz año nuevo, carepijas!

 

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