La muerte no soluciona nada

Se nace en el gueto y es como una marca impuesta en nuestras frentes por el sistema . Y esta marca en Guatemala es de color rojo sangre. Para ir al banco, buscar trabajo o realizar  trámites te preguntan el lugar de procedencia: La dirección del espacio que habitás como hogar.

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Fotografía de Fernando Chuy.

Y es ahí en donde se enciende la luz de alarma.  ¡Viene de una zona roja! Cuidado con este tipo de gente! Los diarios y la TV dicen que se trata de la gente más peligrosa. Engendros del demonio, desculturizados, mal educados.

Vivís en el gueto, mejor dicho: sobrevivís y no solamente a las condiciones económicas. La  gente es arrinconada. A esta exclusión se suma la rudeza del contexto. Uno tiene que rifarse el físico. En la escuela por ejemplo hay mara pinta, ruda o malataza. Son hijos de la violencia extrema. Y esto les hace también a ellos construir una personalidad violenta para no seguir sufriendo. No afirmo que sea gente mala, por dentro tienen unas ganas inmensas de amar y ser amados. Pero ningún ser humano está dispuesto a aguantar violencia. Hay que aprender a sobrevivir.

Nacer y vivir en el gueto es complicado. Salir desde la madrugada para evitar el tráfico y evitar que te despidan del chance. Dejar solos a los críos, sobre todo si es madre la que trabaja todo el día. Pelear por el asiento en la amontonazón, sufrir el asalto en el bus, la metida de mano por un abusador, el cobro demás, la velocidad, en fin, la historia en las camionetas ya ha sido compartida en este sitio por otros bróders que escriben como locos para sanar el alma.

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La muerte no soluciona nada. Se muere en condiciones de violencia y exclusión. Y para ponerle tilde a la exclusión, después de la muerte la cosa no para. Hace un par de días murió la madre de una amiga muy cercana. La causa, esa maldita bala que se vende como pan caliente en cualquier parte del mundo.

Estábamos esperando en la casa de mi amiga a que llegaran los restos de su madre. Para hacer tiempo echábamos casaca de mil cosas. Recordando buenos momentos. Buscando excusas para traer un poco de sonrisas en medio de la tragedia. Algo así como la escena propuesta en la película: Voces inocentes. En medio de la ráfaga de balas, el hermano mayor se pinta el rostro de payaso y provoca la risa en su hermanito. Con esta acción espantan al miedo. Logran vencerlo por unos instantes. Así mismo nos encontrábamos nosotros.

Por fin llego el cuerpo, me levanté para ayudar a cargar la caja. El callejón por donde entramos el ataúd era tan estrecho que las tres cuadras de distancia me fui rozando la espalda contra la pared de block, malla, lámina y otros materiales.

La superficie del callejón tenía una complejidad como para carrera de obstáculos. Gradas, sistema de aguas grises en la calle, pedazos de concreto suelto, tierra suelta, tubería sobre la tierra… Dos hombres cargábamos la caja, el resto de acompañantes eran mujeres del barrio. – ¿Qué pasa acá? La mayoría de hombres se encontraban en el trabajo. Los barrios a esta hora son habitados por las mujeres que no salen a trabajar afuera pero que trabajan en casa. Tuvimos que hacer un milagro para entrar a donde se llevaría a cabo el velorio. Una casa de esas pequeñitas convertida en iglesia evangélica. Entrar por la puertecita fue toda una tarea de habilidad abstracta y espacial.

Mi cuata trabaja en una tienda de calzado de marca a precios totalmente fuera de la realidad, de nuestra realidad, de nuestros bolsillos. En uno de esos centros comerciales a donde la gente no le queda más remedio que pasear y vitrinear. Luego del incidente, mi cuata faltó a su chance, por los tres días de duelo que se deben de dar por derecho laboral. A su regreso, le empezaron a exigir la cuota de ventas mínimas del mes. Me contó que se las fajó para poder llegar a la cantidad, pero no lo logró. Tiene veinte días de estar sin trabajo, su papá  y una hermana más pequeña también están desempleados. En ese hogar trabajaban madre e hija para sostener la vida.

No sé si el alma de uno vive un poco tiempo más luego de que el cuerpo fallece. Pero… ¿Qué sentirá el alma humana, al ver que incluso ya muerto el cuerpo sigue padeciendo el mal de la exclusión social?

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