La necropolítica del neoliberavirus

Fotografía de Lozano

¿Cómo lo trata el apocalipsis? ¿Ya se cansó de jugar a creer que su vida vale más que la de otros? ¿Ya se aburrió de emprender y emprender y no obstante asfixiarse en cada crisis? ¿Todavía cree que ese trabajo estable de clase media se lo ha ganado a pulso y no por acumulación de patéticas circunstancias?

Usted créase Napoleón, si gusta. La mala noticia es que en el país en que le tocó vivir lo público no existe, o va dejando paulatinamente de existir gracias a algo que se llama neoliberalismo. “N” de aquí en adelante.

N se resume en hacer ineficiente a las instituciones del Estado en pos de que los servicios públicos se vuelvan más privados que las ventanas del navegador de un adolescente que acaba de descubrir la pornografía ciberespacial.

No es un invento del Pacto de Corruptos. Es una doctrina económica diseñada para hacer a los ricos más ricos y a los pobres más pobres; que las personas vulnerables tengan vidas más cortas y miserables, y que los Rockefeller puedan acceder a su tercer o cuarto trasplante de corazón.

Esto se llama necropolítica. El contingente de desempleados es tal que el ejército de reserva laboral tiene siempre excedente de soldados, miles de gentes que aceptarán el trabajo que se les dé, así sea bajo las condiciones más deplorables. Por ende, al sistema le es necesario eliminar a la población de más, que roba oxígeno y todavía tiene el descaro de exigir osadamente sus derechos en tanto seres humanos: ancianos, indigentes, población rural que puebla territorios estratégicos para la sustracción de recursos naturales, pobrerías de diversa índole…

Sin importar si este súper virus es producto de la providencia divina o de los laboratorios armamentísticos de las potencias económicas, para países como Guatemala el resultado es el exterminio de la gente inservible al sistema. Esto porque el N a ultranza ha destruido previamente la salud pública.

¿Cómo permitimos que un sistema de tan vil iniquidad se estableciera como el referente hegemónico del progreso?

El fin de la historia

La primera batalla que todo orden mundial debe ganar es la del terreno ideológico, casi siempre consistente en lograr que los esclavos piensen igual que los amos. Esos esclavos somos nosotros, evidentemente.

Hace unos 30 años, la carnada ideológica del N picó en hacer creer al mundo que el socialismo real había sido el azote más terrible sobre la Tierra, y que el libre mercado era “si no perfecto, sí el modelo más idóneo”. Hubo quien salió con la gracia de que la humanidad había llegado al fin de la historia… No habría más, decían, puesto que con el neoliberalismo todo sería coser y cantar, y hasta los más pobres verían los frutos del libre mercado.

Los sucesos posteriores demostraron que N no sólo no cumple la promesa de hacer un mundo más ameno para todos, sino que además hace el mundo más desgraciado para la mayoría.

Paradójicamente, al hacer patente su desinterés por lo social, usa medidas estatistas que rescatan en épocas de crisis (con dinero del erario que pudiera usarse para la salud pública, por ejemplo) a las grandes corporaciones y a los bancos, como ocurre en cada recesión estadounidense.

N pareciera no existir en sus propios términos. Porque N aboga (sólo en teoría) por reducir los controles estatales socioeconómicos al mínimo. Y aquí reducir controles significa privatizar los servicios y exonerar de impuestos al sector privado.

Privatizar los servicios se traduce en cobrar una extorsión a la gente por derechos inalienables como la educación, la salud, la vivienda y hasta el agua potable.

Revisemos que ese control “mínimo” del Estado planteado por N sobre los aspectos económicos es, de hecho, un máximo control, en el siguiente episodio de nuestra miseria nacional:

En Guatemala la única universidad pública no recibe el total del presupuesto que le corresponde por ley. Como no recibe el presupuesto estipulado (de por sí exiguo), no se da abasto para cubrir la demanda educativa, o sea que muchos estudiantes por necesidad recurren a la educación privada, donde se les cobra la debida extorsión legal. Da la casualidad de que en este país las empresas que lucran con la educación, al igual que las maras, no pagan impuestos. ¿No hay ahí una importante ayuda estatal al sector privado?

Si se acepta pacíficamente la extorsión, bien, pero si los estudiantes salen a la calle y toman medidas de hecho para defender lo que sería su derecho inalienable a la educación gratuita, viene otro tipo de ayuda al sector privado más implacable: el vulgar despliegue de violencia de las fuerzas represivas del Estado para disolver manifestaciones. Tal como pasó hace pocos meses en Chile, el país latinoamericano neoliberal por antonomasia; el saldo, incontables violaciones de derechos humanos hacia los manifestantes. Policías apuntando a los ojos, dando somantas, violando y poniéndose creativos en su trabajo: torturar gente.

Con tal, lo que fueran derechos (durante la última experiencia democrática que tuvo el país hace 70 años), ahora son privilegios, cada vez más exclusivos.

No existe ni el libre mercado ni la libre competencia. Los negocios pequeños están condenados a la quiebra o a una supervivencia precarizada, el emprendedurismo de los pobres es, contadas excepciones, un cuento de hadas. Parece algo evidente que todos tendríamos que saber al hilo, pero no. N, más que triunfar económicamente, ganó en el plano de las ideas. Las ideas son siempre más peligrosas.

Y ahora enfrentamos dos ideas neoliberales, 1) la de las personas de clase media que creen que sus pequeños privilegios son producto de sus merecimientos y no de circunstancias más bien azarosas, y 2) la del pánico de creer que el sistema imperante es el único y el mejor, o que no se puede cambiar y punto.

Quien habiendo llegado a los 30 años sigue siendo partidario de la idea número uno, no tiene remedio ni mayor posibilidad de reivindicación que no sea la de una fuerza cósmica que lo ponga en su lugar; verbigracia, a) un camión de seis ejes con los frenos gastados, b) un terremoto, c) dar positivo en una prueba de Covid-19, d) etcétera.

Los de la idea número dos corren mejor suerte. Primero, porque es evidente que N no es el mejor sistema, sino uno cruel, despiadado y económicamente irracional. Pero a veces para tomar consciencia de la situación hace falta estar lo que se dice en el zapato del prójimo, y no cualquier prójimo, sino uno más bien descalzo. Lo cual no es imposible, siempre que a la Providencia se le ocurra mandarnos una de esas glamurosas enfermedades que ponen a prueba nuestro fondo de ahorros.

En un sistema donde la salud pública es antesala del infierno, una enfermedad de las que les conté o un accidente aparatoso basta para demostrar que la movilidad social se da por lo general de forma descendente.

Fotografía de Lozano

De la represión normalizada a la represión legitimada

Como se sabe, la nueva cepa de Coronavirus no discrimina nacionalidades ni clases sociales. Pero obviamente los más vulnerables son los países cundidos de corrupción e impunidad. Si países europeos (donde la población todavía accede a servicios médicos gratuitos funcionales), han sido devastados por la pandemia, en Guatemala los vectores de la problemática se multiplican.

En este país de tercera o cuarta categoría, se ha normalizado que el Estado incumpla sus mandatos constitucionales. Uno pensaría que en un Estado que funciona tan mal, que no cumple con las condiciones mínimas para que la sociedad haga vida en armonía, la protesta social sería algo de todos los días. Esto no es así, pero se puede explicar el porqué.

El único gobierno guatemalteco de toda la era republicana que ha llevado a la práctica aquello del Estado de bienestar, fue derrocado gracias a la coalición entre la élite conservadora del país y los intereses de los capitales gringos. Desde 1954 el país vivió dictaduras militares sanguinarias, hasta la firma de la paz. Pero con la paz (que era más bien la continuación de la guerra por otros medios) vendría también N y sus dos características fundamentales, el debilitamiento de los servicios públicos (acompañados de esa suerte de beneficencia paliativa gobernada por las oenegés de la inutilidad) y diversos beneficios económicos para el sector privado.

El fenómeno conocido como Pacto de Corruptos, no es más que la desfachatez de los sectores empresariales (capitales lícitos e ilícitos) y burocráticos, beneficiarios de la impunidad. Régimen en el que estos sectores ponen las reglas del juego sin que haya una oposición política y social que pueda hacerles frente.

Normal. Tantos años de guerra sucia y dictaduras sangrientas engendraron un miedo profundo. Y el miedo, individualismo. Aunado a esto, en el inconsciente colectivo de las capas medias caló la propaganda del discurso neoliberal que propone que los pobres son pobres porque quieren (a pesar de ser los pobres quienes más trabajan). Estas nociones delirantes de la realidad también son impulsadas con gran eficacia por las iglesias neopentecostales, que erosionan como lombrices la conciencia crítica de las personas. Su mentalidad: los pobres son pobres porque no ofrendan dinero al dios evangélico.

Fotografía de Lozano

Lo que ocurre cuando una variante inesperada (como la pandemia del Coronavirus) entra en juego, es que la crisis puede ser aprovechada por el gobierno para criminalizar aún más la protesta social bajo la excusa de una crisis excepcional. Y con la incapacidad del pueblo para convocar y responder, se aprueban a la par políticas impopulares con mayor facilidad.

En pleno ascenso de la pandemia del Covid-19, el Congreso de Guatemala aprobaba una ley para que el Ministerio de Agricultura y Ganadería (o sea, una institución del Estado) financie campañas de contención de una plaga que afecta a los cultivos de banano. De nuevo una medida estatal que beneficia a un sector productivo en específico que está en manos de unos cuantos, los dueños de las grandes plantaciones de esta fruta. La excusa, la de siempre, que estas empresas agrícolas generan empleos.

Aun si lo último es verdad, el punto es que para que un guatemalteco reciba ayuda del Estado para solventar alguna crisis económica, primero hay que ser latifundista, es decir, oligarca, es decir, parte de ese porcentaje minúsculo de población considerado clase dominante. No se ve la misma urgencia a la hora de implementar medidas económicas que realmente favorezcan al pleno de la población. Uno de los grandes flagelos de Guatemala es que los derechos de los trabajadores (jornaleros de las plantaciones de bananos incluidos) son sistemáticamente vulnerados. Pero obviamente las prioridades del Estado son otras…

Lo desconcertante es que se incluya dentro del sentido común el hecho de que los empresarios sean los mayores beneficiarios (si no únicos) del Estado. Nos referimos a un sentido común propio de las capas medias; conformistas a nivel político pero, paradójicamente,  de grandes aspiraciones clasistas.

Es este segmento de la población el más contento con las hazañas del señor presidente, Lord Calamidad, otrora involucrado en casos de limpieza social (asesinatos extrajudiciales en cárceles) y ahora aplaudido por las exaltadas medidas de contención de la pandemia que incluyen un toque de queda que recuerda los peores momentos de la represión militar durante la guerra. Medidas de reacción desesperadas ante una pandemia incontrolable en la que además debe de haber un subregistro de casos (pues no se hacen suficientes exámenes de diagnóstico).

Además de la represión legitimada y hasta aplaudida del Estado de calamidad, se espera que, como consecuencia de las legislaciones excepcionales que otorgan a las instituciones una agilidad igualmente excepcional para ejecutar presupuesto estatal, la corrupción asimismo adquiera dimensiones… casi excepcionales…

Fotografía de Lozano

La vida siempre encuentra el camino

Luego de que las prerrogativas de contención de la pandemia del poder Ejecutivo matizaron su severidad para no afectar del todo a las grandes empresas del país, y sin que lleguemos a saber si estas están cumpliendo las normas en torno a las garantías para sus trabajadores (como que se les pague un transporte seguro a sus casas), algunos microempresarios de la “informalidad” siguieron el ejemplo y se rehusaron a morir de hambre. Veamos:

Un arrebato emprendedurista nunca visto en ningún miembro del Cacif hace que el señor del carrito de helados siga saliendo religiosamente a vender paletas de ironía bajo el inclemente sol del verano. Como no vende tortillas entacuchado, Saúl E. Méndez no aprovechará la ocasión para hacerse propaganda regalándole uno de sus tacuches filantrópicos.

Condenado al trabajo, el heladero vive en carne propia la virulencia de N. Suficiente razón para salir a la calle, a pesar del otro virus al que el resto del mundo teme.

En el léxico del presidente de esta neo república bananera,  “inconsciente” es aquella gente obligada a salir a ganarse el pan diario vendiendo babosaditas en la calle (las mascarillas están de moda). Quédense en sus casas, dice el doctor. Se le olvida que en Guatemala muchos no tenemos casa, sino que las paredes que habitamos son propiedad de la oligarquía rentista que parasita de nuestros salarios infrahumanos (cuando los hay).

¿Qué panorama encontraremos después del enésimo fin del mundo? Seguramente habrá sobrevivientes del encierro, pero el hambre no será poca. ¿Continuará la anomia social después de esta agudización de las contradicciones económicas? ¿Será el nuestro un destino similar al chileno, una multitud enardecida enfrentando las reacciones más violentas de un sistema donde pocos acumulan a costa de la exclusión de la mayoría?

Fotografía de Lozano

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