La noche de los Espíritus Ciegos y otras evocaciones noventeras

Echaba un ojo en el stand de F&G Editores de Filgua el año pasado cuando un libro saltó a mis manos desde la estantería para remover ciertos rescoldos de conciencia en mi cabeza, ¿o tal vez debería decir “Fragmentos de Conciencia”? como aquel viejo cassette compilatorio.

Fotografía de Fernando Chuy

Cuatro años después de su edición me encontré con “La Noche de los Espíritus Ciegos”, de Estuardo Castro Celada, un libro que expira tabaco y esa resaca auditiva que queda en los oídos por el exceso de decibelios tras un ensayo, reminiscencias de una época que parece cercana pero cada día queda más distante.

Para comprender este texto un poco mejor hay que explorar básicamente el contexto desde dónde está narrándose: La década de los 90, que en nuestro entorno marca un hito tanto en lo social como dentro de la actividad cultural, sobre todo en lo que respecta al rock citadino, proscrito y ninguneado desde años atrás y prácticamente invisibilizado (por desidia o prejuicio) por la sociedad y sus tribunas, hasta que les fue conveniente.

La parte que corresponde a la escena subterránea del metal tiene necesariamente que tratarse desde otra perspectiva y en otro momento, acá tomando como excusa al libro, haré referencia al otro rock, al que encontró un espacio amplio en el imaginario colectivo de esa generación y logró colarse hábilmente casi en todos lados, resistiéndose, incluso al día de hoy, a quedarse en el pasado.

Dentro de la tensa calma de los últimos años de la Guerra Interna, distintos elementos conspiraron para catalizar un fenómeno emergente, sobre todo la popularización en la capital de la televisión por cable y la llegada del MTV Latino que nos vendía los últimos hálitos del comercializado sonido de Seattle (Grunge pa´ los cuates) probablemente la última tendencia globalizada del rock, que marcaría localmente de forma profunda el curso y la materialización de este fenómeno, logrando lo que parecía imposible; generar una efímera industria musical, que iba desde la formación de bandas, la creación de material original, grabación, presentación, difusión y distribución de una forma relativamente exitosa. Surgieron un par de sellos discográficos: Primera Generación Records y Top Records, cada uno buscando a la banda que colocaría el próximo gran hit en la radio. Y justamente los grupos radiales que ni lentos ni perezosos intentaron capitalizar esto que sucedía, y en un momento llegaron a haber hasta 4 radios a la vez que transmitían rock las 24 horas, otras más fueron y vinieron coincidiendo en diferentes puntos en este lapso histórico. Sobre todo, vale la pena resaltar el eco que logró esta música en una generación completa, esa identificación que trascendió, hasta cierto punto, las barreras sociales, a nivel local y en varios lugares del país, generando una identidad colectiva. Inspirando y empujando colateralmente otras expresiones artísticas, como la escritura, la poesía, la pintura, la fotografía, pero sin duda fue la música el motor de esta máquina imaginaria, que impactó a tantas realidades, todos tuvimos una banda en los 90 o conocimos a alguien que la tuvo, aunque claro, la mayoría no llegó a mucho.

Con sus limitaciones y contradicciones, esta generación fue el reflejo del espíritu del momento; la incertidumbre, los remanentes del miedo heredado por décadas de silencio impuesto, pero también la fuerza, el empuje y esa expectativa del cambio, esa sensación que algo grande estaba a punto de suceder, esa ingenuidad sin la cual jamás se echarían a andar las grandes gestas, a la postre la pérdida de la inocencia y los intereses encontrados de cada parte, que iría desdibujando todo en historias que el tiempo va sublimando entre remembranzas de cuarentones nostálgicos.

Aquí justamente es donde se desarrolla la narración de Estuardo Castro Celada, la evocación de una etapa histórico-cultural importante, una que por su significancia sería digna de analizarse ampliamente, vilipendiada por muchos y deificada por muchos otros.

El escritor vuelve la vista al camino recorrido para cuestionarse, como todos lo hemos hecho en algún momento, y tratar de identificar dónde estamos, cómo llegamos hasta aquí y dónde se quedaron las personas que creímos que éramos o que se supone íbamos a ser.

Es la historia de la gente detrás del fenómeno popular, de los sentimientos y las vivencias que dieron impulso a la música que tantos cantaron, contada a través de la agrupación cuasi ficticia Los Espíritus Ciegos, (recordemos que Blind Spirits era el nombre de Viernes Verde en sus primeros días y Castro fue miembro fundador y bajista de la banda), la narración va a caballo libremente entre la realidad y la ficción, haciendo imposible saber a ciencia cierta, más que en los datos que son de dominio público, qué cosas acontecieron en realidad y cuáles son meramente literarias, ya que va hilvanando por igual unas y otras, sin pretender que sea uno de esos libros biográficos rockeros tan de moda últimamente.

Acá encontramos lugares, situaciones y personajes, que para quienes rebasamos esa línea imaginaria de los ocho lustros, no son ajenos, o se hacen sospechosamente familiares, como el Céntro Histórico, la pega de afiches fotocopiados en la Usac, alguno de los tantos toques en Pana, el concierto multitudinario en la antigua Plaza de Toros, organizado acá por el periódico “Nuestra Nación” que en nuestra dimensión sería Prensa Libre, el antro llamado El Mal Tiempo que bien podría ser La Bodeguita del Centro o el otro bar, Miculax, que vendría siendo Pie de Lana, Los Buitres Santos que en la novela era la banda más reconocida del momento (Buistres Santos, BS ¿Bohemia Suburbana quizás, Los Ponchos serían La Tona entonces?) el Maestro Laruve, “el embajador metalero en la escena alternativa” que es sin duda el buen camarada Fernando Varela y Morbid, ¿Habría algún otro Morbid en la ciudad en los 90? y así se van codificando y disfrazando algunos datos reales sin perder su esencia.

El autor nos va sumergiendo en un mar de imágenes y sensaciones de poco más de veinticinco años (que viéndolo así ya da algo de vértigo), entre momentos cotidianos, vivencias juveniles, aspiraciones, ensayos y el encumbramiento súbito de una banda, de tres amigos en una escena musical que iba generándose al paso. De los sueños del rock en el tercer mundo (en clase acomodada pero tercer mundo al fin) y de cómo esta música que encendió la imaginación de tantos llegó de fuera para asimilarse y tener una identidad y un sonido propio que llegaría a convertirse en algo único y distintivo.

Al final el libro es interesante para quienes compartimos esos tiempos, es rico en su narrativa y en cómo matiza los detalles, empapándonos de cada situación, aunque a mi percepción a la larga falta un elemento que haga memorable la historia, despega sin llegar a tomar altura del todo, cuando nos damos cuenta todo ha pasado, diluyéndose entre la cotidianidad, con esa sensación de final un tanto anticlimático, a lo mejor intencionalmente, como en algunos solos de guitarra grunge.

En nuestra sociedad, muchas veces huérfana de identidad, es importante el aporte del arte para reflejarnos, para vernos como somos, encontrarnos y reconocernos, libros como “La Noche de los Espíritus Ciegos” de Estuardo Castro Celada, cumple muy bien con este cometido, registrando a detalle una época.  La música siempre ha sido un buen referente para dar testimonio del paso del tiempo, sobre todo por ese vínculo emocional que genera, esas memorias colectivas que se comparten con los contemporáneos, como lo han demostrado en su momento autores como Jorge Godínez, con “Rockstalgia” y “Rockfilia”, Maco Luna con “Cuerpo y Alma”, o Byron Quñónez, que aunque en ninguna de sus obras, desde “Seis Cuentos para Fumar” y su trilogía alucinógena del detective Rosanegra y el Lup-66, “El Perro en Llamas”, “Aquí Siempre es de Noche” y “Fauces”, aborda de una manera directa el tema musical, sus historias transpiran esa esencia rockera que evidencia su pasión por el metal. Ojalá podamos leer pronto más notas entre las letras, encontrar más ritmos entre las páginas y más de nuestros momentos y recuerdos plasmados entre los compases, el papel y la tinta.

Fotografía de Alejandro Ramírez

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