La obviedad no siempre es tan obvia como sugiere

Fotografía de Fernando Chuy

Amados terrícolas, espero que el Covid-19 les dé la oportunidad de leer esta columna diversionista. Y si no, me queda la esperanza de que ahora estén en un lugar mejor.

Debe ser que el confinamiento obligatorio —lo más cerca que estaremos los niños bien de caer en prisión— provoca pensar las reflexiones más estériles.

En fin. Como mi persona es una bastante optimista, diré que, si la verdad no existe, tampoco la mentira. Lo cual es consuelo porque significa que de lo único de lo que podemos estar seguros en este universo es de la contradicción. O sea que incluso este alegato contradictorio puede resultar útil a la hora de defecar u otra actividad de esas íntimas en las que uno paradójicamente piensa con mayor lucidez.

Dirán que descubrir la paradoja es como descubrir el agua azucarada, pero qué alegría saber que mientras esta fuerza desquiciante sea la que predomine en nuestra realidad, nunca nos cansaremos de reformular lo obvio. Por eso la humanidad ha inventado tantas definiciones, y, lo peor, inagotables sinónimos de las mismas. Necesitamos hacer como que tenemos algo que hacer además de sobrevivir, así sea corregir sociológicos entuertos o inventar otros nuevos, reales o imaginarios.

Mea culpa, soy un reciclador de los principios analíticos más elementales. Debo ser gran fan del siglo XIX, y los pensadores de la sospecha, grandes fans de la antigüedad griega, y si no grandes fans, grandes redescubridores de la obviedad. Dialéctica pura.

 

Ladi-ladidí, ladi-ladidá

Al grano. El referente más cercano que los guatepiortecos tenemos de la obviedad, es Ricardo Arjona, o simplemente Ricardo, como sus fans llaman, con esa familiaridad esquizofrénica que habita en cualquier fanatismo, al consagrado compositor pop internacional.

Como los más listos estarán imaginando por dónde quiero ir, les sorprenderá saber que la obviedad no siempre es tan obvia como sugiere. A pesar de que parece evidente que el propósito de esta diarrea mental es defenestrar a Ricardo, diciendo obviedades del pobre (como que canta y compone mal, que sus letras son odas al lugar común, y un montón de cosas que da hueva repetir) diré que más bien todo lo contrario. Aquí el propósito es resarcir a Richie. Y es que el pobre no tiene la culpa de existir, ni de hacer una fortuna en la industria de la música. Aplaudo sus miras empresariales, y hasta reconozco mi gusto culposo por alguna canción (somos humanos, a fin de cuentas).

Fotografía de Fernando Chuy

 

Orgullo nacional

Mientras cientos de personas morían y otros millones entraban en pánico por la pandemia, volvía a aparecer el tópico “Arjona” en las redes sociales (sección Guatemala), como un hongo eclosionando en la tormenta del aburrimiento, y esta vez porque el cantautor estrenaba o prometía nuevo disco. Una cosa o la otra. Perdonen la imprecisión, pero obviamente no quise investigar a fondo de qué se trataba y me bastó enterarme de la falsa polémica gracias a mis simpáticos amigos virtuales. La mayoría vilipendiando a Ricardo –hay que decirlo–, porque aunque mi Fb es bastaste democrático, he hecho las depuraciones de rigor; entiéndase mandado a la verga perfiles en los que priva la devoción por Giammattei, el Glorioso, la Glow, el fascismo tropical y otras tantas vergüenzas de la humanidad. Obviamente estos ignominiosos fans coinciden en su devoción por Ricardo, cosa que no es mi culpa. 

Y aquí toca volver de nuevo al terreno de la paradoja al considerar que el éxito de Ricardo no se estanca en el fango de la ideología derechosofachista. Uno se queda anonadado –entiéndase sacado de onda– cuando una madurita cubana (pongamos que el asunto es generacional y que los cubanos más jóvenes sólo oyen reguetón), de aquellas de ínfulas castrocomunistas, te pregunta con acentico caribeño qué se siente ser compatriota de ese gran músico poeta que tanto infravaloras. Debe ser que ondas tipo Silvio Rodríguez no existen sino en mi borrachera y que no hay persona viva que sea profeta en su tierra; exceptuando a Ricardo.

No sé. Yo me imagino a Richie (pero no Arjona, sino Méndez Ruiz), en la tranquilidad de su hogar, luego de una ardua jornada de despotricar contra el fantasma del terrorismo marxista, deleitándose con uno o varios temas cuidadosamente anticastristas de nuestro laureado músico-poeta, compartiendo gustos con sus peores enemigos. O sea que hay otros terrenos además del fútbol, donde la política se evapora en los saunas de la simpatía y la contradicción.

Y es bueno que los extranjeros pregunten a los guatepiortecos si sentimos orgullo o vergüenza de haber nacido en la misma tierra que Ricardo, porque eso ayuda a problematizar nuestro nacionalismo sui generis.  

Yo diría que si existen exaltaciones nacionalistas colectivas (como el nacionalismo mexicano, donde se considera a la nación una especie de tierra milagrosa en la que todos sus frutos tienen grandes potenciales) y exaltaciones nacionalistas egotistas (como el caso argentino, en el que cada compatriota por su cuenta se cree un modesto minidiós, y en conjunto hacen el Olimpo), existe también una exaltación nacionalista a la guatemalteca, no menos ridícula, consistente en designar a un héroe, generalmente sobrevalorado, para redimir a sus hermanos y demostrarles que también hay cosas por las cuales sentir orgullo patrio, a pesar de todo lo demás…

Fotografía de Fernando Chuy

 

Nadie es poeta en su tierra

El camino de la poesía es el camino de la incomprensión. (La incomprensión del resto del mundo, se entiende.) Festejar a un poeta vivo es una contradicción hasta biológica. El verdadero poeta rehúye a los aplausos y suele insultar groseramente a sus fans (si los hay), o ignorarlos. Este principio hace que muchos poetastros opinen de sí mismos grandes cosas, cuando lo que ocurre en realidad es que escriben como la mierda.

El fenómeno Ricardo (así, como que fuera climatológico, Tormenta Ricardo, pongamos), es interesante en cuanto nos ayuda a comprender lo que mucha gente entiende por conceptos abstractos y subjetivos como “poesía”; no digamos “filosofía”, que gracias a su etimología se suele entender que abarca el terreno de toda cosa que implique al acto de pensar. Pensar prácticamente cualquier cosa, podría pensarse…

En clase de Filosofía estaba yo, un aciago día de mi adolescencia, cuando el profe de Filo lanzó la siniestra pregunta sobre qué creíamos más cercano dentro de las referencias cotidianas del guatemalteco al acto filosófico… Como su propósito obviamente era responderse a sí mismo, no tardó en sacarnos la carta Ricardo… Y bueno, sírvase esa anécdota para ilustrar el punto anterior.

Entiendo que la comprensión ricardesca del acto filosófico radica en lo siguiente: tratar temas de naturaleza socio-antropológica con el propósito de desprender cierta conjetura o conclusión, aparentemente original, al respecto. Entiéndase bien: como un proceso consciente, no accidental ni mucho menos desapercibido…

Lo poético se complica tanto más, teniendo en cuenta que por definición la poesía es un enigma. Un buen diccionario diría algo muy general, como que son los actos de la apreciación y enunciación del mundo, y por ello entre poetas predomina la eterna insatisfacción de considerarla inabarcable, aunque sí manifestable mediante abstracciones que connotan el acto del asombro, la serendipia y la consciencia del misterio. Pero entiendo que en el fenómeno Ricardo hay detrás un significado popular (medio enigmático de todas formas) del acto poético.

Intentando traducir este significado popular, imagino que mucha gente concibe la poesía como: 1) los juegos de palabras; 2) estrofas rimadas; 3) el acto de decir las cosas según que de forma bonita, mediante figuras retóricas (por lo regular, metáforas y comparaciones); 4) ejemplos de sabiduría epigramática (refranes) inmersos en un corpus literario expiatorio (un relato sobre la cotidianidad de un taxista, pongamos).  

Si nos ceñimos a la amplísima definición del excelente diccionario que consultamos antes, la apreciación y la enunciación del mundo por supuesto puede hacerse mediante las implicaciones expuestas en mi traducción del enigmático significado popular de poesía. Y claro, tales implicaciones implican, de paso, a muchas otras manifestaciones artísticas de prerrogativas filosófico-poéticas mucho más modestas. Ahora mismo se me ocurre mencionar a los Tigres del Norte.

Fotografía de Fernando Chuy

 

Otra falsa polémica: Ricardo vs Tigres

¿Qué diferencia sustancial hay entre Ricardo y a los Tigres? (En el nivel poético, obviamente.)

Alguien podría decir que Ricardo es más pretensioso, y pudiera ser, pero por desgracia una pretensión pocas veces es explícita, patente, manifiesta, pública… Y cuando ocurre así, o cumple una función ironizante, o es Charly García u otro minidiós de la cultura pop.

(Importante: este análisis sobre las pretensiones lo hago sin tener mínima idea de lo que Ricardo dice de sí mismo en público. Lo mismo con los Tigres…)

Alguien más listo podría decir que obviamente las pretensiones de ordinario no son explícitas, sino que tienen límites patrocinados por la vergüenza, o sea que suelen esconderse bajo la facilona fachada de la falsa modestia. Luego ese alguien agregaría que la pretensión se debe medir en el contenido mismo del producto y no sólo en la publicidad del ofertante…   

Yo aplaudiría tal respuesta y hasta agregaría la obviedad de decir que la pretensión es tan humana como la contradicción, y que es poco probable encontrar un ser humano que no pretenda nada, y que en todo caso eso sería tremendamente pretensioso. Un artista es la pretensión realizable de que alguien más escuche, amén de que aplauda o escupa. En el peor caso, de que el mismo artista se escuche, cuando es uno que sufre pánico escénico.

Por eso diré “no del todo”, si se me propone que lo que diferencia a Ricardo de otros artistas es la pretensión autorreferencial (valga el pleonasmo). Voy a complejizar más el asunto recurriendo a un análisis plenamente conjetural, porque obviamente me encanta perder el tiempo.

Imaginemos que no tenemos idea de la vida de Ricardo (como en efecto no tengo).  Asumamos que Ricardo en realidad vive cagándose de la risa de lo que la gente pudiera pensar de sus composiciones. Imaginemos que es una persona con un sentido del muy humor bastante sádico y que se dobló en dos cuando el canche de En un dos por crepes hizo aquel video en el que se autodenigra intentando imitarlo para invitarlo a su restaurante.  Y que además de lo divertidos que le resultan sus fans, es un empresario sin escrúpulos que ha encontrado la fórmula del éxito vendiendo algo que le toma quince minutos componer y que eso le da bastante igual cuando su preocupación fundamental es vivir una vida apacible en el extranjero.

Y hagamos el mismo ejercicio inventando una ficción similar con los Tigres del Norte… Se me ocurre algo como que construyeron intencionalmente esa imagen de bonachones venidos de las meras entrañas del populacho, y que sus letras son elaboradas tanto para consolar a las masas como para confundir a algunos doctores en Estética que viven de encontrar la belleza (o sea la poesía) en las manifestaciones según ellos menos evidentes.

Al final esas ficciones dan lo mismo, porque ni el fenómeno Ricardo, ni el fenómeno Tigres del Norte son plenamente autorreferenciales con respecto a lo poético-filosóficos que pudieran ser. Digo, nadie es tan inocente como para atribuirse la triple condición de músico-filósofo-poeta, aun si lo fuera en realidad. Es demasiada vanidad como para existir. Tiene que ser, por fuerza, una denominación construida desde lo externo. En todo caso son etiquetas puestas por los fans, por supuesto influenciados por una maquinaria propagandística que se sirve de los clichés de la imagen y de los estereotipos de clase…

…social. Eso sí podría diferenciar a Ricardo de otros artistas como los Tigres del Norte. Es su contexto de capa media lo que al final condiciona su manera de exhibirse ante el mundo, al público al que intentará llegar, que es, en promedio, de la misma extracción que él. Y todo eso tanto de manera consciente como inconsciente.

Es cierto, la pretensión parece connatural a nuestra inmersión en la sociedad. Pero nuestras pretensiones son todo lo voluntarias que nuestros condicionamientos sociales permiten. No hay escapatoria. Como decía un señor del siglo pasado: somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros.

Ricardo entonces supo hacer de su hechura de joven atractivo, artista, universitario (en Guatemala donde la educación superior es un privilegio), mestizo, heterosexual, etcétera, un prototipo mercadotécnico, y le fue bien. Bajo tales atribuciones, al resto de las capas medias que terminarían siendo sus fans, sus letras inconscientemente pretensiosas no les parecían eso, sino profunda poesía. Cosa que sólo deja ver la situación promedial del acceso a la cultura en América Latina… Hay que darle las gracias a Televisa.

Ni modo. Para las capas medias (especialmente a las guatemaltecas) la siguiente sentencia marxista bien podría ir ligeramente alterada: el ser social determina la inconsciencia social.

La inconsciencia radica en las aspiraciones que alberga, que por lo general tienen que ver con su posición en los andamios de la propiedad privada. A eso sumado el complejo clima sociocultural que le hace buscar héroes patrios de la era moderna que explicita o subliminalmente lo inviten a seguir teniendo la esperanza de escalar posiciones sociales en un país que más que superación individual necesita una colectiva que disminuya la brecha de desigualdad, donde sus habitantes conciban sus derechos fundamentales como lo que son y no como privilegios. 

 

Redención

Llego por fin al punto donde juego a que explico la paradoja de tratar temas aparentemente banales para demostrar que cualquier cosa es digna de pensarse con mediana profundidad. Paradoja porque uno termina volviéndose experto sobre el fenómeno Ricardo y ya se sabe lo que dicen de la mala publicidad.

Sin embargo, decidí ironizar sobre el tema porque por lo visto todavía queda mucha gente empeñada en hacer una separación tajante entre sus gustos personales (siempre los buenos, obviamente) y los de las otras personas (los malos).

En el mundo encontraremos siempre una gama de matices entre lo hermoso y lo horrible. No le veo sentido a intentar situar todo lo que nuestros sentidos alcanzan en una escala graduada entre lo mejor y lo peor.

Le veo más sentido a criticar la propuesta hegemónica estandarizada que nos hace consumir y reproducir la misma mierda, pero repetida en diferentes formatos. La cultura es un bien y se debe democratizar. Todos tenemos derecho a expandir nuestras fronteras estéticas, a conocer una diversidad a la cual los emporios comunicacionales no nos permiten acceder.

El reguetón tiene derecho a existir, pero la música también…

(Es broma, obviamente.)


 

*Las palabras derivadas del latin obvius fueron repetidas adrede un total de 16 veces. La responsabilidad es toda del autor.

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