La vendedora de libros de Bogotá

Fotografía de El Miljos

Estar debajo de un carro es asunto de atropellados o mecánicos. Sin embargo, más de alguna pareja ha procreado hijos o algún fugitivo ha logrado burlar a sus captores en esa rastrera ubicación. Cuando me tocó estar debajo de uno, fue un trámite interesante. Bajé cinco gradas en el subsuelo para que el mecánico me enseñara las múltiples picaduras del escape de mi auto gris. Cambio completo del tubo fue el diagnóstico. El silenciador aún era útil. Yo ya sabía del desastre del escape; durante seis meses había estado tragándome todo el humo tóxico que, al correr el auto a más de cuarenta kilómetros por hora, se desbordaba por todo espacio alrededor del carro e inundaba el interior a través de las ventanas y cualquier otro orificio en el chasis.

Mientras desprendían el tubo viejo y soldaban el nuevo, me senté en una pequeña cafetería frente al taller en la Avenida Elena. Revisé la prensa y no había avances en el proceso judicial contra el presidente del país. Hacía un mes que la vicepresidenta había renunciado pero el presidente se aferraba al cargo pese a las semanales manifestaciones que exigían su renuncia. Los sectores de poder en el país defendían al presidente, no por su linda cara, sino porque él representaba la institucionalidad de sus privilegios. Un sistema de privilegios que estaba siendo cuestionado.

El bochorno de la tarde, la crudeza del periódico y las moscas volando por toda la cafetería incomodaron el momento. Tuve el intenso deseo de estar de nuevo en Bogotá, abrazado a su clima frío y al pecho tibio de la vendedora de libros.  El clima húmedo de la ciudad al centro de Colombia y mi recorrido por sus calles son recuerdos frescos y maravillosos. Paola me vendió unos quince títulos de literatura colombiana unas semanas atrás. Los libros que aquella vendedora de libros me ofreció reunían una maravillosa narrativa con historias de guerra, de familias destruidas y de realismo crudo contemporáneo. Su puesto de libros, en la carrera décima y calle trece, era pequeño como su estatura, pero la sabiduría de los estantes llenos de diversos libros quedaba corta a la par de la verborrea letrada y literaria de aquella chica trigueña. Por supuesto que quedé embobado. Ella lo notó sin mucho esfuerzo y luego de recibir el pago por los libros, me dijo: hay otro libro de Mendoza que no tenemos acá, por ese libro yo empecé a leer a este man y luego a los demás autores recientes de Colombia, precisamente esos que compraste.

En efecto, Paola vivía en los suburbios más al sur de la ciudad, lugar al que llegamos a las nueve de la noche en un agitado viaje en transmilenio. Comimos arepas rellenas de pollo a media cuadra de su casa, pasamos comprando vino y ya en su habitación, en medio de literatura hicimos el amor. Entre cariños me leyó versos colombianos, dominicanos y argentinos. ¡Vaya si no estaba yo encantado! No sé si hay algo que se pueda llamar amor, sino la mezcla de sexo y poesía. Cuerpo y realismo, sudor y política, copular y soñar al mismo tiempo.

Al día siguiente llegué solo al aeropuerto. Ella debía abrir el puesto de libros a las nueve de la mañana. No hubo despedida dramática, tampoco falsas promesas. Quince años atrás, en otro viaje, dejé Lima con una promesa de regresar antes de que pasaran cinco años, tiempo que calculé necesitar para juntar un poco de plata y volar de nuevo desde Centroamérica al desierto del Perú. Hasta ahora no regresé.

Dejé una Colombia en proceso de paz tambaleante, pero con la meta asegurada de firma de acuerdos porque el gran capital así lo ha decidido. Los coloniales dueños de aquel territorio necesitan continuar con el saqueo al pueblo colombiano. Lo mismo pasó hace veinte años en Guatemala. Mientras pagaba en el viejo taller mecánico el costo del cambio del escape, pensé de nuevo en que quería volver a Bogotá. La vendedora de libros dice que aún me espera en aquella esquina, el libro por el que fuimos a su casa sigue en la librera de madera, al lado izquierdo de su cama.

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