Las sucias palabras que excitan una pusa en un paraje lejano

Fotografía de Fernando Chuy

Yo no sé cómo consiguen enamorar mis palabras, de veras no sé. Las digo y está hecho, la magia, las sucias palabras que excitan una pusa en un paraje lejano del universo. Apenas abro la boca y ¡boom!, sin que yo lo sepa a ciencia cierta, paran una pija descosida que me ve desde la impunidad de un clóset carbonizado.

Me lo han dicho: vente en mi boca, como yo corro en la tuya sin que llegues a saberlo, cuando tu boca se abre hablando esa mierda irresistible al tacto de mi escroto. Y bueno, travieso, hay más bocas en el mundo, ¿no es evidente que pertenezco al otro bando? Da qué pensar que la gente imagine lo contrario, pero ¡bah!, eso no preocupa tanto como el hecho de que exista una pusa que gotea por mi boca desde una coordenada inaccesible, y que cerca tenga no más que un desfile de rostros castrados, sin amor propio ni ajeno, verijas aburridas que me declaran la guerra cada que se me ocurre abrir lo mío, bajo excusas conservadoras y trágicas como decir que este erotómano reduce toda declaración de amor a nuestra grotesca genitalia homínida, olvidando aviesamente que hemos sido arrojados a esta mierda paradisiaca desde las fauces desdentadas y amorosas de un mamífero.

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