Llegó la Navidad a la Tortrix

Desde tiempos inmemorables, en el hemisferio norte, había grandes e importantes celebraciones en esas fechas de fin de año, el solsticio de invierno, por ejemplo. Los romanos celebraban el nacimiento de Apolo, dios que identificaban con el sol y la luz de la verdad; los escandinavos celebraban el nacimiento de Frey, dios nórdico del sol naciente, la lluvia y la fertilidad; los aztecas también andaban de celebración con el advenimiento de Huitzilopochtli, dios del sol y de la guerra.

Barrio La Reformita, zona 12 ciudad de Guatemala. Fotografía de Fernando Chuy

Cuando llegaron los cristianos, como buenos publicistas que son, comenzaron a manejar la idea de reemplazar todas esas tradiciones por una más acorde a sus creencias. Y cómo, ni el Evangelio de Mateo ni el Evangelio de Lucas mencionan una temporada para el nacimiento de Jesús, pues la metieron cuadrada al ponerlo el 25 de diciembre. Reemplazando a todas las demás celebraciones que desde entonces tildaron de «paganas».

Hoy en día, gracias a esos buenos publicistas, la navidad se celebra incluso en países donde el cristianismo ni siquiera es importante, Japón, por ejemplo, con menos del 2% de la población cristiana, celebra la navidad a lo bestia con impresionantes adornos navideños por las calles. Aunque allí no es una celebración familiar, es más bien de parejas, más parecido al Día de los Enamorados.

Algo parecido pasa en Senegal, un amigo senegalés, que es musulmán, al igual que el 94% de la población de ese país, se prepara para celebrar la Navidad con su familia cada año. Me dice que cada vez se ve más, y es que es de los pocos países donde muchos cristianos también celebran el Ramadán. 

La figura de Papá Noel, Santa Claus, Viejito Pascuero o San Nicolás, se hizo popular por todo el mundo. Y aunque todos dicen que vive en el Polo Norte, en realidad, Nicolás, vivió en el siglo IV en Anatolia, actual Turquía. Y sí, tenía pisto y regalaba dinero a las familias pobres. Según cuentan, a tres niñas, destinadas a ser solteronas, les regaló monedas de oro que dejó en unos calcetines mojados que colgaban sobre la chimenea para secarse. Y de ahí salió la historia de que da regalos a la niñez, historia que se complementó hacía el siglo XIX. Luego vino la Coca-Cola y lo hicieron rojo, para robarle el simbólico color a los comunistas.

Este Santa Claus rojo, panzón y bonachón, reemplazó muchas tradiciones de personajes que repartían regalos antes de comenzar el invierno. En Japón era Hotei-osho, un monje budista de los siete dioses de la buena suerte; en Italia la encargada de la entrega era la Bruja Befana, en el País Vasco se llama Olentzero, que tras terminar de repartir regalos lo queman en la plaza; también en Rusia tienen a Ded Moroz o «El Abuelo del Invierno». En Holanda y Bélgica, San Nicolás, sólo es el jefe, quienes entregan regalos son los controversiales Zwarte Piet, que traducido al español sería algo así como «Pedro el Negro», en clara referencia a los esclavos negros de la época colonial. Según la leyenda, estos Zwarte Piet, secuestran niños, si se portan bien les dan chocolates, pero de lo contrario se los llevan a España, de castigo.

Pero hay muchos más, algunos de ellos ni siquiera tienen forma humana, como el Tío Nadal de Cataluña, que es un tronco con rostro, al que deben alimentar durante un par de semanas para que, el día de Navidad, a golpe de palo cagué regalos. Y mi favorito entre todos, el hermanito de Santa Claus, Krampus, que con apariencia demoniaca castiga a los niños malos durante la temporada de Navidad en las regiones de los Alpes.  

¿Y qué pasa en Guatemala?

Pues como siempre haciendo alarde de lo absurdo, carentes de identidad total, no hay nada puramente guatemalteco en la Navidad. Alguien me dijo que los tamales, pero esos se comen todos los sábados. Tal vez lo único navideño puramente chapín sea que se celebra desde octubre. Hasta lo de «País de la Eterna Primavera» les pela, porque, aunque hace un poco de frío siendo un país subtropical, todos sueñan con ver una nevada. Por eso, no les queda de otra que adornar con muñecos de nieve hechos de duroport. Pero es que, por el calor, hasta esos muñecos hechos de material plástico espumado se derrite en los centros comerciales, municipalidades y moteles de Zacapa y Chiquimula.

Pues la navidad chapina es eso, plástico, tan artificial cómo decir «buenos días» o «Dios los bendiga». Porque lo único natural que quiere la gente en Navidad es un árbol, para continuar con la deforestación de nuestras montañas y bosques.  

En la Navidad a la Tortrix, no hay estrellita en el árbol, hay un gallo cervecero, llevando esperanza embotellada a jóvenes y adultos para que se emborrachen excesivamente, sin miramientos, porque si no es en exceso no vale la pena ponerse a verga. Ya bien entonados hay que quemar cohetillos y hacer disparos al aire.

Yo es que siempre odié la Navidad, cuando veía a mi madre trabajando ¡14 horas diarias! Para satisfacer las exigencias de los Centros Comerciales, trabajaba sin descansos, sin permiso para ir al médico, sin tiempo para comer, sin autorización de ir al baño y lo que es peor, sin seguro social. Pero sus jefes, tan lindos ellos, le daban su canasta navideña llena de Tortrix y Coca-Colas, sabiendo que ella es diabética.

Algunas Navidades las pasé en el hospital acompañando a mi padre totalmente alcoholizado o cuidando de algún familiar quemado por los cuetes. Se ponía alegre ahí en «urgencias», todo el mundo se daba el abrazo al dar las doce. Alguna doña llevó, aparte de su hijo macheteado, unos tamales y los repartió entre todos.

La desigualdad es bien jodida en el país, ahí mismo al hospital llegaban los güiros todos shucos a dar el abrazo y a pedir pisto. Daba frío verlos, andaban descalzos en la calle. Lástima que no sobraron tamales, pero les dimos algo de dinero. Al rato vimos que se habían comprado un chingo de caramelos para el frío de media noche, eran unas bolitas blancas como la nieve que se metían a la boca y les hacía cerrar los ojos de placer, naftalina creo que se llama.

La magia no lleva a todos los niños, algunas la tienen que fabricar para que otras la compren. Como aquellos niños que trabajan en condiciones de semiesclavitud manejando pólvora y otros materiales peligrosos que usan en la fabricación de los mágicos fuegos artificiales.

Así que, aparte del hecho de ser ateo, tengo muchos motivos para no celebrar la Navidad, pero también los tengo para hacer todo lo contrario… adornar el árbol (artificial) con la familia, comer todos juntos, intercambiar algún regalito o un detalle nada más, compartir, esperar las doce para dar el abrazo a familiares y amigos.

Pero ahora que me acuerdo, este año no habrá Navidad. Soy inmigrante, vivo muy lejos y no pude viajar para ir a ver a mi familia. Además, donde vivo cancelaron la Navidad, ahora mismo estamos en un segundo confinamiento.

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