Los celulares, el trabajo, el amor y a la mierda todo

 

Fotografía de Javier Herrera

En los tiempos que corren no es ninguna exageración sostener que el mejor regalo que uno puede hacerse es desprenderse de los dispositivos móviles. Sin embargo, con el correr de los años prescindir de los celulares se ha ido convirtiendo en un lujo que no todos pueden darse; el celular es un vínculo obligatorio entre la vida personal y la vida laboral.

La espacialidad del trabajo y la temporalidad de la jornada laboral se ha vuelto omnipresente con la llegada de estos aparatos, de igual forma que las diferentes esferas de la vida se han ido multiplicando y entrelazando, como si fueran una soga al cuello.

El jefe o el “supervisor”, como eufemísticamente se dice ahora, puede localizar al empleado en cualquier momento y en cualquier parte del mundo para recordarle alguna tarea o para encargarle otra. Por eso es un requisito laboral que el trabajador cuente con uno de estos dispositivos. Lentamente la frontera espacial y temporal se ha ido desdibujando, de manera que el empleador puede disponer del empleado incluso cuando este no se encuentra presente en la empresa o en su jordana laboral. 

En realidad, el problema no radica tanto en la tecnología, sino en cómo y quién la utiliza. La tecnología, así como la ciencia, el derecho, etc., funciona como un elemento más dentro la totalidad de las relaciones que reproducen el capital. De esta cuenta, el celular, por ejemplo, en lugar de servir como medio para la emancipación humana (piénsese en que cualquiera puede cargar en su bolsillo una biblioteca respetable), se convierte en un eslabón más de la cadena de opresión capitalista.

La cantidad de información que entra a través de los dispositivos móviles hace casi imposible que podamos discernir entre una u otra postura alrededor de una cuestión social. De manera que los tanques de pensamiento de los medios de comunicación transnacionales y hegemónicos construyen con facilidad una “verdad” en relación a los intereses del orden mundial orquestado por estas corporaciones perversas. Es así como “nos venden la moto”.

La cooptación de la capacidad de discernir, que surge como una consecuencia lógica de la producción masiva de información, unifica el pensamiento social en detrimento de, digamos, Venezuela, o, digamos, Palestina, por poner algunos ejemplos. Los “bárbaros”, entonces, pueden ser con facilidad los “civilizados”.

Las relaciones afectivas también se han visto drásticamente modificadas. El lenguaje del amor, por ejemplo, ahora es homogéneo (piénsese en los emojis), trivial y desechable, líquido diría Sigmund Bauman. No era lo mismo recibir una carta a cada caída de luna que un whatsapazo a cada cinco minutos.

La comunicación instantánea, paradójicamente, no ha hecho sino incomunicarnos, ampliando con ello la distancia entre el nosotros y los demás. Las cartas que nuestros padres se enviaban probablemente aún las tengan conservadas, mas no así los mensajes que intercambiaron la semana pasada. Aunque es cierto que los wahtsapazos pueden archivarse, la mayoría de ellos terminan en los entresijos más oscuros de la Internet, debido a su producción masiva.

En la medida en que la escala de la producción de mensajería instantánea crece, el significado de los mensajes se difumina entra la gran masa de textos que salen y entran, lo que trivializa y hace descartable los mensajes con mayor rapidez.

Las caritas amarillas prácticamente dicen todo aquello que nos da pereza o miedo expresar. De esta forma la conjugación lingüística con la que X le habla a Y, es la misma con la que A le habla a B. Así, para ponernos cursis, le estamos diciendo adiós a la originalidad de los versos inventados, a la creatividad y particularidad del lenguaje del amor, que, otrora, para decirlo de alguna manera, se tejía a mano, a medida del ser amado.  

Cada vez más los dispositivos móviles realizan todas aquellas tareas de las que antes el cerebro humano se ocupaba, con lo cual lentamente se está supeditando funciones cerebrales y cognoscitivas a un conjunto de mecanismos electrónicos, que deviene en un pensar y saber limitadísimo. De ahí que cada vez nos cueste más memorizar números telefónicos, palabras aprendidas, fechas importantes, direcciones, etc.

Al respecto Mario Roberto Morales (2018) sostiene que en un mundo globalizado en el que el lenguaje audiovisual banalizado se impone sobre el lenguaje escrito, lentamente la transnacionalización de los capitales y del consumo devora, cual fuera un zombi, los cerebros de la juventud. A esto le llama apropiadamente “intelicidio”.

Por eso mismo me refiero a los teléfonos móviles como “dispositivos”, haciendo uso de la acepción posestructuralista de la palabra, es decir, como un conjunto de prácticas y mecanismos, lingüísticos y no lingüísticos, que constituyen a la misma vez un puñado de saberes, de medidas, de instituciones, cuyo fin es gestionar, gobernar, controlar y orientar los comportamientos y los pensamientos de acuerdo a un orden establecido, en este caso, el consumo, en tanto uno de los mecanismo primordiales de la reproducción del capital. 

Los más jóvenes, e incluso nosotros lo más viejos, hemos sido educados de tal forma que preferimos los medios audiovisuales banales por encima de la lectura o las películas que nos hagan pensar o que nos interpelen, los que nos vuelve incapaces de cuestionar los principios de la filosofía liberal que rigen nuestros más profundos pensamientos.

Preferimos masturbarnos mentalmente con contenido audiovisual poco constructivo que sentarnos a quebrarnos la cabeza leyendo algún texto que nos ayude a cuestionar el pensamiento liberal.

Esa misma pereza mental inducida por medio de los textos audiovisuales afecta nuestra propia sexualidad. El régimen escópico de la pornografía, en donde el acto sexual se ve adulterado hasta extremos grotescos, no solo desplaza nuestras propias fantasías y sexualidades, sino que además establece parámetros para definir un “buen” acto sexual del que no lo es. El goce, como dice Zizek (2001) parafraseando a Lacan, se convirtió en una obligación, tengamos o no un papel activo en él. Goza, luego existe.

De poco en poco descifrar las letras y su contenido se está convirtiendo no solo en una tarea aburridísima, sino además dificilísima para las nuevas generaciones. La sucesión de palabras escritas, señala Morales (2018), “es demasiado lenta en relación a la sucesión de imágenes en un texto audiovisual y, además, este es más fácil de procesar cerebralmente que aquél porque este nos hace sentir primero y pensar después; en cambio, para sentir el texto, hay que pensarlo antes”.

A propósito de lo mencionado, recuerdo un pasaje de “Los detectives Salvajes” de Roberto Bolaño (2006) en el que Juan García Madero, narrador de la primera y tercera parte de la novela, nos adentra a la forma en la que los jóvenes de esa época se masturbaban, lo que me sirve para ilustrar lo dicho. Pensando en un poema de Efrén Rebolledo, “El vampiro”, Madero nos dice:

“La primera vez que lo leí (hace unas horas) no pude evitar encerrarme con llave en mi cuarto y proceder a masturbarme mientras lo recitaba una, dos, tres, hasta diez o quince veces, imaginando a Rosario, la camarera, a cuatro patas encima de mí, pidiéndome que le escribiera un poema para ese ser querido y añorado o rogándome que la clavara sobre la cama con mi verga ardiente” (p.25).

Masturbarse por medio de las imágenes mentales que suscita un texto escrito es una tarea casi imposible para muchos adolescentes y jóvenes, porque, como dice Morales (2018), el texto escrito hay pensarlo primero, para luego poder sentirlo. La fatiga mental, que la inmediatez de los textos audiovisuales induce, hace que, crearnos una fantasía hecha a la medida, como la de Juan García Madero con Rosario, sea imposible.

La pornografía, como los juguetes sexuales que prometen proporcionar un tremendo placer, en realidad solo produce su ausencia, como bien hace notar Zizek (2001). Tanto la industria pornográfica como la de los juguetes sexuales nos libran de la “embarazosa carga adicional de la otra persona”, lo que significa que las nuevas tecnologías en lugar de acércanos, como prometen, solo nos están alejando más:

“¿Cómo vamos a enfrentarnos con este nuevo mundo que socava las premisas básicas de nuestra vida íntima? La solución definitiva sería, naturalmente, colocar un vibrador dentro de la Unidad de Entrenamiento Stamina (la contrapartida del vibrador), conectarlos a los dos y dejar que sea esa pareja ideal quien se lo pase bien, mientras nosotros, la pareja humana, nos sentamos a una mesa cercana, tomamos un té y disfrutamos con tranquilidad del hecho de que, sin gran esfuerzo, hemos cumplido con nuestro deber de disfrutar. Y tal vez así, si nuestras manos se encuentran mientras servimos el té, acabemos en la cama como parte de un romance auténtico, disfrutándolo sin someternos a la presión del superego para que gocemos” (Zizek, 2014).

Con la llegada del Internet el lenguaje del siglo XX desapareció, mejor dicho, quedó subsumido por el lenguaje del siglo XXI, orquestado por los tanques del pensamiento de las transnacionales vía medios de comunicación, mensajería instantánea, streaming, redes sociales, videojuegos, series de televisión, telenovelas, imágenes, etc., en donde todo es homogéneo y líquido, banal y poco transformativo.

Escribiendo esto se me vino a la mente la penúltima entrega de Jean-Luc Godard, “Adieu au Langage. En la película el veterano director interpela al lenguaje del presente siglo a través del lenguaje del siglo pasado. De esta manera Godard deja entrever como el pensamiento se ha ido banalizando, lo que ha desplazado a los temas políticos por trivialidades. Incluso el mismo cine del director, en mi opinión, se ha ido banalizando. Lejos quedaron “los años Mao” en los que conjugó el cine y la política.

Es la mierda, dice uno de los personajes de la referida cinta, lo que nos iguala a todos, después de bromear con que la famosa escultura de Rodin (el pensador) debería estar ahora cagando en un baño. El humor irreverente de Godard no es gratuito, con ello nos quiere decir que el pensamiento filosófico, es decir, el lenguaje, con el que su generación pensaba al mundo es un lenguaje desplazado por el lenguaje subsumido al consumo de masas de este siglo. Para rematarla, Godard nos pregunta que si, como pensaba Wittgenstein, el límite del lenguaje es el límite de mi mundo, entonces ¿despedir el lenguaje es despedirse también del mundo?

Quizás para los más ancianos, como Godard, así sea. Pero para nosotros las nuevas generaciones, despedirnos del lenguaje no es despedirnos del mundo, sino, más bien, decirle adiós al lenguaje escrito es a la misma vez despedirnos de la oportunidad de lograr cambios transformativos en la sociedad que nos permitan pensar un modelo de civilización alternativo. De manera que nos quedaremos atrapados en la idea de que a lo único que debemos aspirar es a más de lo mismo: pan y circo, o, ¿tal vez solo circo?

Para terminar, permítaseme una tontería, o, como solemos decir, una mulada. Un día el padre de una amiga, cuando pasábamos por La Reforma, recordó que la escultura “Centenario de Nacimiento de Miguel Ángel Asturias” de Max Leiva tenía unas hojas que se desprendían como si el viento las estuviese arrancando de los libros, que la escultura del nobel sostiene. No nos sorprenda que la municipalidad en su afán de patrimonialización restaure dicha obra, solo que esta vez en lugar de hojas volando por los aires, le agreguen emoticones saliendo de teléfonos celulares.

Carlos René García Escobar (Q.E.P.D) escribió una vez que “Miguel Ángel sin páginas es la paradoja que ridiculiza nuestra intelectualidad contemporánea”. ¿Qué pensaría al respecto de unos emojis? Nunca lo sabremos, pero estoy seguro que hubiera espetado una palabrota.

 

Referencias bibliográficas:

Morales, M. (2018). Humanidades y cultura audiovisual en un mundo globalizado. Revista de la Universidad de San Carlos de Guatemala, 37, 35-44

Zizek, S. (2001). El sublime objeto de la ideología. México: editorial Siglo XXI

Zizek, S. (2014). Mis chistes, mi filosofía. Barcelona: editorial Anagrama.

Bolaño, R. (2006). Los detectives salvajes. Barcelona: editorial Anagrama.

límite del poder o al borde de la ingobernabilidad?

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