Los esencialistas y su engañosa forma de racismo

Fotografía de Fernando Chuy

A riesgo de caer en simplificaciones, trataré un tema complejo que en el ámbito guatemalteco suele tornarse polémico.

El racismo, fenómeno presente en gran medida en un país con una enmarañada historia colonial, se debate hoy en dos expresiones que aquí vamos a identificar: 1) el racismo supremacista, el prejuicio negativo que parte de las diferencias biológicas o culturales entre grupos humanos; y 2) el racismo esencialista, empaquetado en un discurso supuestamente antirracista, pero que no lo es, pues, como veremos, comparte los fundamentos conceptuales de la supremacía étnica.

Del número uno no hay mayor cosa nueva qué decir y que no sepa nadie. Es la noción de superioridad que inferioriza a otros grupos humanos. Inferiorización construida históricamente para justificar una dominación (económica) y un statu quo, y que —¡Ojo! — suele variar según el contexto histórico en el que los prejuicios racistas son expandidos.

Una forma engañosa de racismo

El racismo de carácter esencialista o sustancialismo, en cambio, es una forma engañosa de racismo, bastante más interesante de analizar que aquel supremacista, por ser menos evidente.

El sustancialismo es una teorización académica, o sea, es concebido por intelectuales que establecen límites y características bien definidas de las culturas, las cuales (y siguiendo la moda políticamente correcta del mundo contemporáneo) pertenecen todas a un espectro diverso pero limitado donde ninguna cultura es mejor que la otra; que promulga la riqueza de la diversidad. Sin embargo, «y aunque no lo parezca, los que abogan por la supremacía de una “raza” sobre otra, y los que conciben una igualdad radical [en el enorme espectro cultural], tienen algo en común: ambos creen, cerebral o visceralmente, consciente o inconscientemente en las “culturas” como entidades discretas, objetivas, bien delimitadas, relativamente homogéneas y estables». [1]

¿Notan cómo dejamos de hablar de razas para a hablar de culturas? Esto podría considerarse un gran logro social, y sin duda en un momento hizo su aporte a la humanidad al combatir la noción biologicista de la superioridad racial. Sin embargo, a fin de cuentas, nos topamos con una nueva denominación de la diferenciación étnica de grupos humanos, que a juicio de los culturalistas, son homogéneos (aunque en la realidad sean heterogéneos) y estables (cuando son dinámicos).[2] Esto equivale a decir que los culturalistas ignoran los complejos procesos históricos en los que los grupos humanos se han ido mezclando y transformando, y que llevarían a observar la imposibilidad de reclamar una esencia ancestral que permanezca invariable a través del tiempo. En efecto, el culturalismo reclama (consciente o inconscientemente) una esencia en los grupos humanos, aunque tal cosa exista sólo de manera abstracta, es decir, en nuestra imaginación.

Se hace imprescindible esta cita que Álvarez del Culvillo extrae del sociólogo clásico Max Weber (1864-1920), quien, sin hablar de las contradicciones actuales del esencialismo, ya hablaba de lo impreciso que era pensar lo étnico:

La fuerza universal de la ‘imitación’ actúa en general en el sentido de hacer cambiar gradualmente, de un lugar a otro, los usos tradicionales, de la misma manera que cambian los tipos antropológicos en virtud de la mezcla de razas[…] Se acabaría así por arrojar seguramente por la borda el concepto global ‘étnico’. Pues es un término genérico completamente inoperante para toda investigación rigurosamente exacta.[3]

Es decir, así como en términos “raciales” (biológicos) no se puede reclamar ninguna pureza, tampoco en términos culturales, por las mismas razones: las relaciones sociales entre grupos humanos diversos, son dinámicas, y su interacción, permanente.

Fotografía de Fernando Chuy

La paradoja culturalista

Muchos defensores del culturalismo son autorreferenciales; se empinan como representantes  de su propia cultura, con el propósito de establecer de manera dogmática lo que pertenece a esta y lo que no, reclamando, por regla general, un pasado ancestral, como si dicho pasado fuera algo que permanece estable a través del tiempo sin verse alterado significativamente en sus características esenciales.

Aquí toca viajar en el tiempo para recordar que las primeras visiones románticas[4] del “espíritu de un pueblo” (Volkgeist) —las características que definen y que hacen único a un grupo humano—, que se asemejan a las nociones culturalistas contemporáneas, son una tradición alemana de larga data que tuvo su primer referente en un señor intelectual de apellido Herder (1744-1803), y que fue reconfigurándose hasta llegar a su versión más siniestra con las ideas del proyecto nazi del tío Adolf, que por unos años hizo de Europa lo que Europa había hecho de los otros continentes hasta el momento: posesiones anegadas en sangre.

Resulta irónico que el culturalismo se pretenda crítico del colonialismo y al mismo tiempo sea una reivindicación étnica fundada en los propios dogmas esencialistas. No obstante, esto puede explicarse indagando en la historia.

El colonialismo al que se opone el culturalismo, es el de la “civilización occidental” capitalista de origen europeo. Se suele situar su origen en el descubrimiento e invasión del Nuevo Continente, y ser identificado —con ánimo simplificador—, como de rostro blanco.

Este colonialismo europeo tiene características históricas específicas, pero su naturaleza de dominación (económica y social) hacia otros grupos humanos no tiene nada de original. La dominación y la sujeción entre distintos grupos humanos ha sido una constante en la historia de la especie. No es ni invasión europea, ni de gente blanca.

Ya sea mongoles contra otros pueblos asiáticos, blancos latinos contra blancos germanos, mexicas contra los demás pueblos mesoamericanos, la historia de la humanidad previa al descubrimiento e invasión del entonces Nuevo Continente, repitió numerosas veces la fórmula de la guerra de sometimiento y otras formas de dominación. El siglo XX y su Segunda Guerra Mundial, demostraría con creces que los blancos alemanes eran capaces de repetir la barbarie en contra de otros pueblos blancos occidentales y civilizados, y que los japonenes podían hacer las veces en su continente, utilizando violencia genocida.

La diferencia entre el colonialismo europeo con otras formas de sometimiento anteriores al siglo XVI, es que este configuró las bases del sistema-mundo (el capitalismo y la noción misma de historia universal) que pervive hasta la actualidad.

Lo anticolonial es loable, sin duda. Pero el culturalismo construye “el espíritu de los pueblos” a partir de una narrativa que victimiza su posición dentro de la triste historia universal. Si esta narrativa en el campo académico resulta poco científica (porque ignora evidencias históricas en pos de reivindicar un pasado idílico imaginario), en la praxis de los grupos étnicos movilizados políticamente, suele usarse muchas veces con motivaciones oportunistas de resultados igualmente mistificadores.[5]

Cuando decimos pasado idílico imaginario, nos referimos a que el culturalismo esencialista es usado en el campo político para cohesionar a un grupo social y movilizarlo instalando previamente la idea de que es un grupo con un pasado común que permanece sin alteraciones profundas a través del tiempo, como si las interacciones con otros grupos humanos no existieran, ni estos grupos se afectaran unos a otros. Además, ese pasado ancestral no tendría capacidad de cohesionar a nadie si no fuese fantástico y si las atribuciones imaginarias que se producen alrededor de sus mitos no fueran ampliamente positivas. El pasado ancestral común también suele reclamar tierras prometidas, generalmente en disputa con otros grupos humanos.

El ejemplo conspicuo de cómo el esencialismo y la idealización cultural puede pasar de lucha emancipadora a justificación del dominio de un grupo sobre otros, es el sionismo. Un pueblo elegido de Dios —cosa novedosa…— que luego de ser diezmado en el holocausto reclama la tierra prometida para constituir un Estado-nación que gracias a su condición de aliado del imperialismo adquiere el derecho fáctico de llevar a cabo prácticas genocidas hacia otros grupos, pasando así de ser víctima a victimario. Sin mencionar que no todos los judíos se identifican con el sionismo.

Fotografía de Fernando Chuy

 

De culturalistas a culturalistas

Aunque aquí hemos hecho una explicación muy a grandes rasgos de las características del culturalismo, es importante decir que hay teorías culturalistas más sofisticadas que asumen la crítica del esencialismo para reconfigurar el concepto de lo cultural como un instrumento identitario capaz de volverse autoconsciente, es decir, donde los sujetos sociales que se asumen desde lo étnico guardan la prerrogativa de poder autoinventarse a través del tiempo.[6]

Es evidente el avance conceptual del paso de la creencia en la existencia de una esencia inmutable a la observación de que lo identitario muta y se reconfigura conforme los tiempos y contextos. En esta lógica, encontramos que un grupo humano tiene la capacidad de invención de su propia cultura.

De todas formas, muchas de estas invenciones (a sabiendas de lo imaginario que implica toda invención), no dejan de basarse en cierta nostalgia en un pasado mítico y confuso que se reclama como fundamento. Y por supuesto, el paradigma de lo cultural, como algo que aglutina y homegeiniza a un grupo, persevera ignorando los matices que nunca faltan en el chirmol identitario.

 

Volviendo al racismo

Al comienzo dije que el esencialismo era una forma sofisticada de racismo, es porque se sustenta en los mismos principios conceptuales y, en su afán de homogeneizar una “cultura” ignora las determinaciones económicas como fundamentos de un sistema de dominación. La caricatura homogénea de las “culturas nativas” precoloniales —donde resulta que todo era coser y cantar—, tiene implicaciones conservadoras y clasistas. Por sociedad precapitalista no debe entenderse “libre de explotación y dominación”.

Si la vida lo permite, en una próxima entrega profundizaré en este y otros puntos.  

 

 

Citas bibliográficas

[1]https://tiempos-interesantes.blogspot.com/2006/10/el-esencialismo-cultural.html?fbclid=IwAR063Z4WoWyTLcdemeGxHhB6ZQtjT4Yk3lCDgXqooSUi8F2J-84dCyweCpI

2 Id

3 Id.

4 Villegas Vélez, Álvaro Andrés. Antropología y autenticidad cultural. Crítica a los conceptos de hibridación e invención de la tradición. Universidad de Antioquia. Medellín, Colombia. http://vip.ucaldas.edu.co/virajes/downloads/Virajes6(1)_9.pdf (pág. 150)

5 Id. Pág. 151

6 Id. Pág. 150.

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