Los mil y un viajes en Uber

La verdad no llegué a los mil viajes, pero el titulo me pareció más interesante que “Érase una vez un Uber”, y solo quería contarles unas experiencias subido en un carro japonés de modelo  reciente deambulando por la ciudad.

Fotografía de El Miljos

¿Y si mejor vamos al Omni?

Debido a las inclemencias económicas que produjeron mis malas decisiones en la adolescencia, probé manejar un taxi de esos cool que les dicen Uber. No estoy acostumbrado a que un hombre me invite a pasar un rato en una habitación de uno de los auto hoteles más conocidos de la Roosevelt, por lo que lo invité a descender del vehículo de manera gentil esperando que la noche cambiara de rumbo.

 

A vos hoy no te va a pasar nada

Quizá suene a leyenda urbana, pero por ahí va. Que si te quitan el carro y no aparece en las próximas horas “ya lo hicieron sencillo”, allá por la Atanasio; pero si tenés un poco de suerte, lo usaron para asesinar o secuestrar a alguien, y te lo van a dejar por ahí abandonado.

En esas pensaba cuando se subió el primer viaje de la mañana, un afroamericano con el flow que los caracteriza; cuando le extendí el más común de mis saludos (Buenos días), el individuo no contestó y rápidamente sin yo poder hacer nada ingresó al carro un cliente más con el mismo aspecto. De pronto vi que de la cintura del primero salió un arma de fuego tipo escuadra, la leche entera que había ingerido horas atrás hacía de las suyas en mi estómago ante esta situación.

Empecé a tratar de no proyectar miedo frente a aquellas eminencias que abordaron el automotor, me pidieron que los llevara a Ciudad Real, allá por la zona 12, que me relajara y que le diera despacio, que no llevaban prisa, al llegar bajaron y me dijeron que no tenían para pagarme, que les pusiera cinco estrellas, que ellos también me calificarían de igual forma y se retiraron con aquella frase: Nosotros somos maleantes, pero a vos hoy no te va a pasar nada…

 

Lo bueno es que murió sola y enferma

Ya entrada la tarde ahí por la once frente a la iglesia la Merced, se subió una dama con un cachorro de esos que sentís que se van a morir de su propio enojo, pequeño y frágil como dice la canción.

La señora me preguntó a qué me dedicaba y yo le dije que a escribir, entones se rió y me dijo escriba mi historia usté, yo me quedé solterona por culpa de mis papás, fíjese que cuando cumplí quince años y me cambiaron las zapatillas por los tacones en la fiesta me dio una náusea que para qué le cuento.

Fotografía de Javier Herrera

Viera qué feo lo que viví, usté

Al salir embarazada, nunca volví a ver a aquél que me enseñó lo que era hacer el amor. Le conté a mis papás usté… ¿Y sabe qué hicieron? Me mandaron a Quetzaltenango por órdenes de mi abuela, quien les aconsejó que me escondieran y que dijeran que la niña que di a luz era mi hermana. (como que si a mí se me iba a quedar semejante confesión)

La cosa es que yo crecí criando a mi hija. Mientas mi hija creció pensando que era mi hermana. Yo ya no me di la oportunidad con nadie, pasaron los años y la nena se graduó, se casó y se fue.Yo me quedé con mis papás hasta que se murieron los dos, y como la abuela no tenía con quién quedarse… jajajá

Viera qué señora tan mala. Le costó morirse, primero le dio diabetes y le cortaron las dos piernas, yo no la cuidé. Solo una vez la fui a ver a un asilo todo sucio que había ahí en la zona 2. Que me perdone Dios, pero viera cómo me sentí de bien al verla sufriendo. Lo bueno es que murió sola y enferma, la vieja pisada.

 

Por estos barrios el Señor no pasa

Ahí por la Cruz Roja, sobre la octava, se subieron tres personas, el hombre de más de sesenta años con una evidente parálisis en la mitad del cuerpo y con una lista de historias de sus hijos que me hacían confiar en la humanidad, hizo que decidiera que ese sería mi último viaje.

Su esposa lo asistía con esa devoción común en las mujeres cuando se avecinan momentos difíciles, al lado de la señora una niña con gorro y sin cejas, con una bolsa plástica vomitando cada cierto tiempo. La noche estaba por terminar, con la estupidez pululando en mi cerebro y casi dejándolos en la puerta de su casa les dije: Que dios los bendiga. ¡Já!, dijo la doña, eso de Dios es para la gente de dinero, por estos barrios el Señor no pasa.

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