Los nadies

Venid los parias de la tierra.

 

Fotografía de El Miljos

Desde hoy a las cuatro de la tarde nadie puede estar en la calle o la policía te lleva jalado escuchó decir a una señora ésta mañana el Kiny, quien caminaba junto al Peque pidiendo dinero y reprochándole, efusivamente, el haber perdido su caja para lustrar.

–Saber qué quiso decir esa vieja culera que ni una vara nos dio- replicó el Peque quien cree tener unos diez años y que por su baja estatura difícilmente los aparenta, pero que con brusca actitud busca confirmar frente a los demás. Lo cierto es que el Kiny no le prestó mayor atención pues la prioridad era ajustar para un alivión, punto.

Algo pudieron comer pasado el mediodía y como el tiempo casi nunca para ha llegado el momento en que el reloj de la catedral marca las cuatro de la tarde. Una alarma proveniente de saber ni donde resuena como puntual alarido y al unísono las sirenas de algunas patrullas de la policía se pronuncian con estrepitosa melodía. Se trata del primer toque de queda en décadas. Ahora el desierto crece en las calles. Las existencias de las cosas se tornan difusas y silenciosas, pero sobre todo inciertas.

Nadie puede estar en la calle… aquella frase tan fugaz se le ha tornado tediosamente insoportable al Peque. ¿Nadie puede estar en la calle? ¿Entonces dónde puedo estar? Le pregunta con profundo desasosiego a su compañero apenas mayor en desconocidos años mientras se recuestan en una de las macetas del Parque Centenario. El Kiny, mucho más relajado y con brutal aplomo lo manda a calmarse diciéndole que no se paniquee tanto. Son puras pajas de la vieja, cualquier pedo caemos al punto de la quince calle a pedir paro.

Pero el Kiny no puede dejar de notar cómo las alarmas sensibles del Peque no se apaciguan. El Peque está siendo inundado por ese sentimiento que abraza en muchas ocasiones indiscriminadamente a los humanos, que por momentos quizá hasta los iguala; el Peque tiene miedo. Así que en acto solidario, el Kiny extiende su brazo y le comparte de ese trapo mojado con elixir de ensueño que tanto resguarda. Para así intentar calmar un poquito aquella desoladora incertidumbre que acaricia la infantil existencia de su compañero quien despacito va encontrando calma y oportuna embriaguez.

Apenas unos minutos después vislumbran de manera tardía un picop de la policía que patrulla por la zona con una irritante lentitud. A pesar de ello ya es tarde para esconderse o correr, los han visto. El paso cuasi procesional de la patrulla desfila por fin frente a ellos que, por consejo del mayor quien además ahora abraza al Peque de tierna y paternal manera, buscan proyectar simple indiferencia. Uno de los oficiales, el que maneja, apuntó su mirada directamente a los ojos del Kiny, desde una siempre autoritaria y desafiante mirada. Justo en ese momento ambos chicos recuerdan, una vez más, las incomprensibles palabras de la vieja. Con ese mismo tono crispante: Nadie puede estar en la calle después de las cuatro de la tarde. No es mentira entonces, ahora al Kiny le recorre cierto temor en su delgado cuello y son sus expectantes ojos bien abiertos los que lo evidencian y por un efímero momento le desdibujan su característica y obligada rudeza, le desnudan su inseguridad pre-adolescente.

¿Quién está allí?, pregunta el policía copiloto al conductor. No es nadie, responde escuetamente, sin recibir respuesta de su interlocutor. La patrulla continuará su transitar toda esa tarde, toda esa noche, incluso toda la madrugada inspeccionando atenta y fielmente que no haya NADIE en las calles y que TODOS nos hayamos quedado en casa.

 

Fotografía de El Miljos

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