Los tradicionales tapis en Semana Santa

En Guatemala, la Semana Santa es época de tradiciones… y de los tradicionales tapis; y ser cachureco ni es necesario ni es limitante para disfrutarlos. Para no ir tan lejos, en un típico Viernes de Dolores en el Centro Histórico de la ciudad, resulta difícil distinguir quiénes se están echando los últimos tragos huelgueros y quiénes, en cambio, los primeros de la Semana Mayor.

Sea como sea, por efecto de ese tremendo calor que se acumula en el gaznate; por el largo periodo de asueto que requiere planificar entre cuatro y ocho días de ocio; o, por mero recogimiento familiar o espiritual; la chapinada siempre ajusta en su presupuesto más de alguna cuota dedicada a la sangre de Baco.

Fotografía de Rodrigo Abd

Sale puerto

Con calores que van de la chingada (25°C) a la gran chingada (35°C), entre marzo y abril, la angustia por sostener en las manos una chela bien fría aumenta. Y es que, como dice la muchachada, la sed “de la mala” se apodera del pobre incauto que, sin darse cuenta, desde enero está siendo objeto del mercadeo, que lo prepara para necesitar disfrutar de esas vacaciones veraniegas que tanto se merece. Motivado por las ofertas 2×1, los hits musicales tropicales o los toques playeros de la temporada, se precipita a las tiendas de barrio, tiendas de conveniencia o supermercados, para surtirse del sagrado líquido de su preferencia -o del que le alcance- y de los respectivos hielos, limones y boquitas que lo acompañan.

Más de alguna vez, ya sea espontáneamente:

– “Bueno, muchá… ¿sale puerto o se ahuevan? Yo pongo el primer paquetón”;

o, planificadamente:

– “Aló, vos, ¿qué te vas a hacer el Jueves Santo para amanecer el Domingo de Resurrección?”;

Desde los más profanos hasta los más devotos del tercer mandamiento bíblico, han terminado sentados de a media nalga en los buses “gratuitos” que las municipalidades facilitan a los vecinos para que se vayan al Puerto de San José; hospedados en un hotelito colectivo en Pana, ajustando para el pollo frito de carreta a media Santander; degustando de un delicioso ceviche en Monterrico, de un buen calderón en Puertos Barrios o de un rico tapado en Livingston; o, los más caqueros, asando carne en un chalet de algún pacífico municipio de Escuintla, Reu o Izabal.

Sea como sea, la crema y nata del emprendimiento nacional espera a los veraneantes para servirlos con el pensamiento; lo cual empieza con las ventas de calzonetas y salvavidas en la salida al Pacífico; los frescos en el peaje; tortillas con envueltos y gaseosas en las cabeceras; cocos fríos en las carreteras; y, chelas en lata en las terminales de buses; y termina con los cientos de casetas, restaurantes, hoteles y balnearios que en esta época esperan ajustar lo que no se vende el resto del año.

Fotografía de Rodrigo Abd

A estos transgresores del tercer mandamiento fácilmente se les reconoce el Lunes de Pascua, cuando se presentan a sus trabajos sin un centavo entre la bolsa, con labios y ojos deshidratados y con camisas de algodón para que les ardan menos las quemaduras de sol en la espalda. Abnegados como son, estos héroes trabajan ese medio día con la mente puesta en la hora del almuerzo, pues para saldar cuentas con la goma rezagada…

 

Almuerzón familiar

Sin embargo, no a todos les gusta terminar la “Semana Zángana” con arena entre el fondillo, mal de orín y la espalda pelada. Hay quienes disfrutan de la tranquilidad del hogar, propio o familiar. En cuanto al tapis se refiere, los bebedores hogareños, año con año, se preparan para perpetuar las arraigadas costumbres de la época: juntarse desde el Miércoles Santo con los amigos o vecinos para tomar un par de tragos acompañados de galletas con sardina o atún, oyendo la finísima cumbia de Pastor López, en la tiendita de la colonia o en las banquetas del barrio, mientras se elabora la tradicional alfombra para la procesión local; tomarse bien platicaditos los tapis de Jueves Santo, mientras llega la hora de ir a visitar sagrarios y comer garnachas afuera del Calvario o San José; o, simplemente, degustar unas cubitas al gusto o un par de buenos whiskeys, oliendo a incienso y corozo en la sala de la casa, oyendo marchas fúnebres de Viernes Santo, mientras se cocina el pescado a la Vizcaína, receta de la abuelita.

 

El trago del cucurucho

Finalmente, en esta narración, no puede faltar la figura egregia de la época: el cucurucho, quien probablemente se dispara el primer trago semanasantero desde el año anterior, para la velación del Santo de su devoción; luego, cuando compra el turno allá por enero, correspondiendo un trago doble si le alcanzó para dos turnos o para “el de honor”; después, cuando al inicio de la cuaresma acude al sastre para que le ajuste el tradicional tacuche, morado o negro, según convenga; cuando se encuentra con sus viejos amigos de la hermandad, quienes le adelantaron “algo” del motivo del anda para el presente año; y, finalmente, cuando llega el mero día de cumplirle a la divinidad, la penitencia que dura ciclos de siete años, a cambio de perdones y mercedes.

Fotografía de Jean-Marie Simon

Llegado el día de decirle presente a su Santo, desde que se baja del bus que lo lleva a la tradicional esquina en la cual se incorpora al cortejo, el cucurucho busca la tienda ubicada en el callejón de costumbre, pide lo que en ley corresponde y se guarda uno u dos octavos de pulmón entre el pantalón, por si hubiera algún atraso o por si el cuerpo lo pidiere. Los mejor conectados, luego del turno acompañan un rato la caminata de sus correligionarios, esperando a ser invitados a pasar un rato a la navecita del incienso, en donde, dicen lenguas que no son de fiar, se mantiene un aguardientito de reserva para quien necesite un aliciente para “aguantar” el recorrido.

Tanto respeto causa el cucurucho en su día, que cuando entra a las cantinitas del Centro a pedir un su trago para tomárselo de prisa y a pie, o para llevar, se dice que los parroquianos del dicho antro, quienes también hacen alguna que otra penitencia, pero a su modo, bajan la voz y lo saludan reverentemente con la mirada y hasta lo acompañan con el amague de decir salud, antes de empinar el codo.

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El que estas letras escribe, sabe lo que anteriormente ha narrado, tanto porque se lo han contado como porque lo ha visto. Sin embargo, advierte que dicha estampa corresponde a las formas como se toman los tapis en algunos sectores de la capital, pues definitivamente en muchos pueblos hay otras muy variadas maneras de colocarse los tragos para estas fechas, que ojalá algún día se puedan conocer y experimentar.

Además, se hace constar que este número de El Tapis se escribe en época de pandemia, más como añoranza que como actualización, pues durante las últimas dos Semanas Santas, las tradiciones variaron tanto que los patios de las casas fungieron como playas y las salas como áreas de conciertos vía live streaming.

En todo caso, en honor a esas personas que por el COVID19 este Viernes Santo de 2021 ya no nos pudieron acompañar con el tradicional tapis, es conveniente recordarles con cariño y en su memoria externar un cordial ¡“salud”!

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