Luna roja

Te dije que le pagaras seguro al carro, pero como lo que una madre les dice siempre está de más cuando les empieza a ir bien y son medio mudos para tomar decisiones, por eso estamos aquí, a la ley de cristo, solos, sin teléfono y con este gran frío.

Fotografía de Javier Herrera

Siempre que la luna se pone de ese color, se presagia un desastre, dijo Daniela, seguido de un apenas audible: no me bajó la regla.

El fenómeno astronómico ya se dejaba ver en cielo y el Nissan Datsun 120Y de 1980 decidió que el Boulevard Austriaco era el lugar adecuado para admirar la luna y darle oportunidad a que Daniela y su suegra platicaran un rato.

Qué más da si hacemos cola, igual y el mundo ya se fue la mierda dijo mi novia; mi mamá por su lado se reía con cada camioneta agrícola que nos pasaba al lado, rogándole a la virgen que algún alma se apiadara de nosotros y se bajara a auxiliarnos. Ya vas a ver que a mí la virgencita no me desampara.

Busqué despertar el McGyver que todos llevamos dentro, pero no fue necesario, el automóvil solo necesitaba esa mezcla de hidrocarburos que se obtiene a partir de la destilación del petróleo crudo. Daniela preocupada más por “la visita del espíritu santo”, trataba de convencer a mi mamá de intentar que algún fulano de los residentes del lugar se dignara a socorrernos.

Emprendí la caminata hacia la gasolinera más cercana. Al llegar, un motorista  me dijo: ¿Se quedó sin gas compa? ¿Dónde está?, ¿Lo llevo? 

Y pues nos fuimos de regreso al carro; al llegar mi mamá conversaba con una señora de una camioneta de esas que cargaba el Estado Mayor Presidencial ¡Y Daniela no estaba!

¡Apurate!, dijo mi mamá. La niña se metió al carro por que le vino “eso” y no anda preparada. ¡Uff!, apresuré mis movimientos junto al joven motorista quien me contaba mientras me ayudaba con el combustible: Yo soy mecánico compa, y no cualquier mecánico, soy graduado, voy a poner mi taller ahí en la zona cinco, solo el nombre me hace falta.

Ponele “Luna Roja” vas a ver que te va a llegar gente, le dije.

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