Múnich ‘72

En 1972 los Juegos Olímpicos de Verano tuvieron lugar en München y yo me di por enterado a los 6 o 7 años por un poster a color que anunciaba tal evento en la barbería “Don Pepe”, ubicada en la primera planta del edificio de Gobernación Departamental de Huehuetenango –ahora autodenominada capital de América en las redes sociales-, justo enfrente del parque central y vis-a-vis la Concha Rústica, perdón, La Concha Acústica de la Municipalidad huehueteca.

Fotografía de Fernando Chuy

Todavía tengo impregnado en el tabique nasal el tufo a perfume barato que le echaban a los caballeros que se iban a afeitar las barbas bajo la nariz aguileña de “Pepe”, una águila blanca flacucha malvolada entre Chiantla y Andalucía que nos recibía a todos con una casaca blanca con botones dorados en el pecho, como bata de médico frustrado, demostrando con esa blancura la pulcritud de sus servicios.

Odiaba yo al tal pepe y ahora que me recuerdo, después de haber viajado un poquito, era el modelo “español” imitado a su vez del italiano o francés, a quién le importa, con las espirales rojiazules afuera que representaban la sangre y los dientes un siglo atrás de esa fecha, cuando el barbero era dentista brujo y seguro hasta abortero.

Miraba yo fijamente ese póster de München, o “Múnich ‘72”, como lo habían impreso seguro en España o en México pero nunca en Guatemala, para abstraerme en la imagen congelada de dos boxeadores sudando, acaso Mohammed Alí, me quedaba en silencio perplejo, haciendo la interminable cola porque Pepe era popular por barato y no porque fuera bueno (en corrillos se comentaba que en realidad era malo, pero como a saber de dónde había sacado no una, sino dos de esas sillas de barbero que se elevan a pedalazos y se liberan con un apretón hidráulico que hace sentir al cliente cuando va bajando ya todo pelado que va descendiendo de un 747 y encima son reclinables como las de los dentistas, para el buen barbar, y como también cobraba barato, ubicado en pleno parque central, pues ahí había que ir, aparte de que mi viejo siempre fue tacaño y en ese tiempo no se había hecho rico por lo del café.

Miraba yo el póster de Múnich o como le quieran llamar, porque las historietas que habían para los niños ya llevaba yo como dos siglos de haberlas releído, pinche Pepe, los caballeros también se quejaban de que las de adultos hasta gastado tenían el bikini ya.

Recuerdo niños maricas que lloraban, que no, berreaban, cuando los subían al podio de Pepe; es decir a la silla, como que los estuvieran sentando en la silla eléctrica, o como que si cuando les iban a poner el babero o como se llame esa capa impermeable que protege de la caída del cabello para que después no pique les estuvieran en realidad rodeando el cuello con el lazo de la horca.

Orgulloso y chichudo se sentía mi viejo cuando llegaba mi turno y yo no lloraba; me sentaba estoico y neutral, ahora viendo mi reflejo en el espejo grande de enfrente, cuando lo que quería hacer en realidad era voltear a la izquierda y seguir viendo el póster de Múnich, siempre me interrogaron esos nombres ajenos y ya mi padre me había contestado que eso quedaba en Alemania, y que esas eran unas gentes muy exactas y precisas.

No podía voltear, digo, porque la firme mano de Pepe me remitía al orden, su bata blanca de médico frustrado apestaba a ese perfume de peluquería barata y cuando se reía de los chistes de doble sentido de los comensales que nunca llegué a entender, le brillaban abajo de la nariz de pájaro de Hitchcock dos dientes de oro que seguro eran su orgullo en display.

 

Esa tortura duraba una eternidad

En el espejo me miraba al principio feo, peludo y negro, justo como me lo decía todo el mundo, especialmente en la escuela y a la salida también, y como lo confirmaba la mirada de la vista gorda de la profesora flaca.

Iba viendo yo entre tijeretazos y bzzzz, bzzzz de esa máquina nazi negra infernal como un Mercedes Benz de Hitler cómo mi cabello de indio, grueso como el alambre de amarre, iba cayendo al piso, elevado en ese avión como estaba, y la nueva visión de mí ya pelón como el negativo de un nazi del tercer mundo al final me gustaba menos.

Y de último, la loción. Ah, pinche tufo que me duraba tres días en la cama y en mi imaginación hasta que de verdad pude llegar a München y comprobar para mi gusto que aquel póster no se quedó parado, que la imagen de ahí se movió, y que todo se trataba de Dührer o Durero, como le queráis llamar.

(Para Leoni, Susanne y Vladimir, enero de 2019)

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