Nace lo contemporáneo en el arte urbano guatemalteco

Protesta por aumento de la tarifa al pasaje del transporte público, ciudad de Guatemala 1985. Fotografía de Jean-Marie Simon

El arte mal llamado “contemporáneo” no nació de un solo grupo vertebral, una galería exótica o un octubre de color azul en el 2000, sino de un largo proceso de años y obras y nombres de muchos colores.

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Un danzante semidesnudo, en plena vía pública, cubierto de papel higiénico y rodeado de antorchas volcánicas y alambre de púas, manipula una silla de ruedas bajo la premisa de que en Guatemala todos somos lisiados. Lo acompaña un músico con sintetizador y pistas magnéticas grabadas en el hospital psiquiátrico y las cárceles del país. La multitud asiste atónita y observa el espectáculo con fuegos artificiales en sus manos, mientras al fondo pasa una procesión católica hiriente (El retrato de la anormalidad, 1993).

 

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Tras la Asamblea Nacional Constituyente y el ascenso al poder del gobierno democristiano encabezado por Marco Vinicio Cerezo Arévalo, se inicia un largo proceso de negociación de la paz entre las organizaciones populares y el ejército, que actuaba en nombre de los empresarios nacionales y extranjeros. En ese proceso surgieron en Guatemala espacios no convencionales de producción y presentación artística, que dieron cobijo a diversos creadores y trabajadores de la cultura que regresaban al país desde el exilio, y de aquellos que surgían en un contexto hostil, que veía al arte y la cultura como apéndice de la actividad productiva, no como sustancia y coherencia de la producción simbólica de los pueblos que se dan cita en el país.

Fotografía de Jean-Marie Simon

 

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Las viejas salas sobrevivientes del teatro urbano de los años 70 (incluida la UP) reabren sus puertas con puestas en escena no convencionales a partir de Artaud; en la gran sala del Teatro Nacional se estrena Epitafio Ladino, una coreografía de Carlos Andrade, a espaldas de una cinta de sonido óptico de 16 mm., cedida por el taller de Cine de la USAC e intervenida por Isabel Ruiz; el Centro Cultural Universitario acepta en su jardin un espectáculo de Sheny Méndez, que combina la danza primitiva africana con el performance y referencias a Jodorowsky; Manuel Corleto y otros jóvenes emprenden proyectos que coquetean con el arte acción (anticipando lo que después haría Aníbal López) y la integración de las artes; más de un artista revisa a destiempo el principio de Duchamp y reflexiona sobre el arte, dentro y fuera de las salas tradicionales. Entre tanto, los primeros grupos profeministas realizan intervenciones (públicas y privadas) y piezas de teatro experimental; tal es el caso de Espacio Mixto y un montaje basado en Fragmentos de un discurso amoroso de Roland Barthes.

En La Bodeguita del Centro surgen eventos como El retrato de la anormalidad, con 40 artistas de varias disciplinas en un tributo a Roberto Monzón y Antonin Artaud. Por su parte, Pie de Lana modifica su escenario para que los estudiantes de diseño gráfico y comunicación de la Universidad Rafael Landivar, en compañía de artistas urbanos “retornados”, académicos de las ciencias sociales de la USAC y jóvenes artistas emergentes de la ciudad produjeran ARTENATIVAS, un mes de exposiciones, intervenciones literarias en voz alta, música, canción, muralismo en acto y teatro urbano. 

Algunos de estos espacios se consolidan, otros pierden poco a poco su carácter renovador. También se da el caso de espacios que recobran la vigencia perdida durante la gran represión (1978 – 1985). Uno de ellos fue La Cúpula, con manifestaciones de música, teatro e instalación, y un amplio programa cinematográfico, incluido el estreno -bajo amenaza y censura- de La hija del puma (Åsa Faringer, Ulf Hultberg, 1994). Otro ya citado fue el Centro Cultural Universitario de la USAC, con el Teatro de Arte Universitario (TAU) y el Círculo Experimental de Cantautores a la cabeza, respaldados por las actividades de la Cinemateca Universitaria y la Radio USAC, que animaba insistentemente al arte y la cultura.

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En este panorama, en una reunión en Panajachel de finales de 1996 se gesta Casa Bizarra como espacio de encuentro y reconocimiento generacional, además de proyecto para la producción artística y artesanal de sobrevivencia. En enero y febrero de 1998 se produce Guatemala fin de siglo, muestra de arte urbano actual. Luego vendría el trabajo incial del Equipo de Arte Urbano y también el festival Alegría en el Cerro, gestionado por un colectivo amplio, heterogéneo y heterodoxo en su manera de concebir la producción y presentación artística al aire libre. Cantautores, poetas, cineastas, gente de teatro y de la plástica se dan la mano en el Cerrito del Carmen y emprenden una aventura que habría de durar varios años. Y así llega Octubre Azul, que capitaliza algunas de las propuestas precedentes, dando un nuevo salto hacia adelante.

Entre tanto, la plástica y la fotografía experimentaban un importante proceso de renovación y se sentaban las bases de una renovada cultura cinematográfica (primero) y audiovisual (después), con el Taller de Cine de la USAC (El soplo del brujo, Al cabo del tiempo, 1989) y los cursos de Justo Chang en la Alianza Francesa. Y qué decir de la literatura, que se suma al rock emergente de la posguerra o reinventa los escenarios teatrales, combinando la palabra irreverente con imágenes románticas.

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La negociación de la paz -que dio un salto importante en diciembre de 1996 con la firma de los acuerdos-, había creado condiciones favorables para la continuidad de viejas y el surgimiento de nuevas formas de organización social alternativa, incluida una cantidad respetable de manifestaciones renovadoras en el arte y la cultura.

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Lo contemporáneo en el arte guatemalteco nació de un conjunto variopinto de contribuciones a lo largo del tiempo. Por eso es necesario reescribir en consenso esa historia. Retomar las voces y las obras y los espacios excluidos. Toda una coherencia simbólica muy rica, ajena a registros parciales y a discursos tendenciosos y autoprivilegiados de las instituciones de legitimación mercantil y vanguardizante del arte, en esta etapa tardía de nuestra propia posguerra.

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