No todos los hombres son hombres o quieren serlo

De adolescente me cansé de ver porno. Una lluvia de fluidos empantanó las mucosas de mi virginidad. Siempre fui un muchacho que afrontaba la inercia del mundo con cierta lentitud. Mi cerebro es un poco aletargado. Muchos años antes, cuando la cigüeña me rompía el orto con sus dedos de plumas y anécdotas fabulosas, imaginaba bebés naciendo por el culo. Esa sórdida historia no va aquí.

Fotografía de Fernando Chuy

Todo venía en formatos digitales, revistas y algún que otro videocassette perdido debajo del colchón. Venus. La zona del filme. Emanuel en el espacio. Y el formato más divertido, visto en una retrospectiva completamente amoral, los naipes pornográficos que algún compañero delincuente rolaba en la primaria para varones, años antes de la plena adolescencia.

La escuela para varones es como una cárcel. Hay de todo. Varios compañeritos descubrieron en esas aulas la homosexualidad. A la fuerza, evidentemente. Bien dice Marx que los hombres son dominados por su dominación. Ojalá los desgraciados hayan salido del clóset.

Escuché historias de chavos viciosos pero temerosos de Dios que volteaban sus minidioses católicos para volarse la rata a consciencia. Presencié interrogaciones colectivas en las que niños de nuestra misma edad decían que no que no y que no, sin llegar a admitir en ningún momento que ya habían tenido el honor de deleitarse con la garganta de Manuela. Eran vírgenes hasta de la imaginación. O eso, o eran penes discapacitados para la tarea de levantar casas de campaña. No tengás pena, es algo normal, no hay ningún adulto aquí para andar con secretos, somos hermanos de saliva y leche. Pero no; los evangélicos siguen órdenes discrecionales muy raras. Quizás imaginan que aquello de que el onanismo te saca pelos en la palma, es cierto. Allá ellos y la ciencia evangélica.

Los fundamentalistas de todas las razas nunca dejan de sorprendernos. Es dato popular que las chavas del Opus pierden la virginidad por el culo para no profanar su santa vagina en las faenas funerarias. Allá ellas. Nunca he conocido a una, aunque quizás debería.

Ese tal vez es un ejemplo muy extremo del espectro de la feminidad, digo, esa feminidad cercana al Dios de los hombres. Un contexto de mierda, sin duda. De todas formas, el sexo contrario siempre ha supuesto una barrera mental más o menos infranqueable para nosotros, por más que la madurez de los años nos haga superar la primera etapa de ignorancia infantil y a la primera oportunidad nos animemos a preguntarles por su sentir y pensar, por la mentada perspectiva del mundo desde las antípodas corporales, incluida su experiencia sexual.

Pero resulta que las mujeres son iguales a los hombres, en cierto sentido. A pesar de que son reconocibles por tener una boca entre las piernas, sus genitales no definen su pensar, ni su edificación propia del placer. No hay una forma unívoca de ser mujer. No es lícito suponer generalizaciones bastardas. Está la que le gustan las vergas enormes, «entre más grandes mejor», y las que abominan definitivamente de la palabra verga y de la verga en sí. Mis investigaciones más recientes hallan un espacio de equilibrio en las que dicen que el mejor sexo de sus vidas ha sido con vergas enanas, y acusan razones biológicas evidentes, dado que la cabeza del hongo al momento de la penetración queda más próxima a la parte más sensible de su sexo. Pero hay quien tiene el punto G en las axilas, así que siempre habrá pierde mientras exista un espectro astronómico que ponga en duda la misma esencia de ser mujer. He visto a algunas con pene, y otras que se ponen cinturones con palos plásticos para consolar culos masculinos.

Dije cierto sentido, porque esa indeterminación también aplica a los hombres. A pesar de que suene a mentira, un falo no nos define completamente. El mundo no es tan simple. Están los que cogen animales. Los que cogen muertos. Los que cogen ancianas. Los que cogen frutas. Los que se dejan coger. Los que sólo ven. Los que aúllan como perras. Los amputados. Los farinellis. Los que se dejan meter el dedo por la novia. Los que se dejan meter el puño por el novio. Los que violan en manada. Los que se injertan balines en la coronilla del glande. Los que no se comen una rosca. Los que pagan putas para platicar. Los asexuales. Los rehuecos y las locas. Los seminaristas. Los etcéteras. Todo apunta a que no todos los hombres son hombres o quieren serlo.

 


 

(Este es un monólogo de un personaje del universo de una novela en proceso.)