Nota en favor de un cine nacional, latinoamericano

En realidad uno vive haciendo un viaje. El viaje es la gran metáfora de la existencia, del conocimiento, de la búsqueda de la identidad. Siempre estamos en un viaje o varios viajes paralelos -lo que sería más justo. Por eso, no me gusta nada la estructura dramática del cine industrial o del cine hollywoodense, donde no hay varios viajes sino uno solo. En una trama de este tipo de cine todo se recorta, mientras que nosotros en la vida protagonizamos varios viajes simultáneos: el viaje del amor, el del trabajo, el de la realización personal, el del conocimiento, el de la transformación de la realidad o de la política.

 

Fernando Solanas, entrevista con Ute Hermanns, febrero 2004.

 

Escena de “El viaje”, dirección de Fernando Solanas, Argentina 1992.

En Guatemala la mayoría de cineastas emulan y buscan la aprobación de Hollywood y de los festivales europeos, no del público nacional, centroamericano o latinoamericano. Tampoco persiguen despertar el asombro y la respuesta crítica del público comprometido con la lucha por una cultura audiovisual propia, forjada en proyectos independientes de exhibición (Memoria, Verdad y Justicia, Muestra de Cine Actual, CCE, Festival Ícaro, entre otros).

Son pocos los cineastas que, obrando como artistas de la imagen móvil sonora, hacen cine nacional. Seis u ocho a lo sumo, la mitad documentalistas y la tercera parte extranjeros. Los demás hacen cine de autor a secas, esfuerzos de talento y creatividad más o menos interesantes, desde dos posturas básicas: la de quienes obran a plenitud, con pasión y sin problemas de autoestima, buscando simplemente retratar la vida en las pantallas, abrazando sin complejos la naturaleza colectiva del proceso creador de un filme. Y aquellos que cargan con la ansiedad de trascendencia y protagonismo mediático y conciben su participación en reuniones institucionales o asambleas gremiales como recurso para inscribirse en la tendencia que aspira a formar en el país una “industria próspera”, con alfombras rojas de paca, estrellas fugaces, premios en metálico, publicistas especializados, reconocimiento oficial y diplomas por montones. En última instancia –y esto es lo más preocupante-, filman para los festivales, no para su entorno inmediato.

Daniel “El Sapo” Lopez durante el rodaje de una película de Chris Kummerfeldt Quiroa. Fotografía de Sergio Valdés Pedroni

En términos generales, se desnuda ante nosotros un cine narrativo carente de fantasía, subordinado a la literatura y el teatro, que oculta el artificio imaginario y da la espalda a los hallazgos poéticos, políticos y experimentales del cine latinoamericano, desde Glauber Rocha hasta el presente. Bien entendido, el “cine nacional” es otra cosa: un movimiento, una construcción compartida de identidades y reinvención de la vida en la pantalla. Un viaje múltiple y polivalente, con héroes y heroínas cotidianas, escenarios emblemáticos, interrogantes más que afirmaciones, indagaciones creativas en el presente y en la memoria histórica, con todo lo que esta tiene de recuerdo y olvido, con música propia y canciones abiertas al debate.

Hay mucha gente capaz, haciendo todo tipo de películas, pero hace falta crítica, debate público, cuestionamiento al modelo hollywoodense y de géneros, publicaciones teóricas e historiográficas fecundas, formación de públicos, talleres accesibles y apoyo a todas las formas del cine ajenas a la publicidad y a las visiones que deforman la historia bajo títulos que remiten al calendario.

Sophia Roselld durante el rodaje de una película de Chris Kummerfeldt. Fotografía de Sergio Valdés

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