Tres días con las FAR en un nuevo horizonte

Más o menos por estas mismas fechas, pero hace 39 años, el famoso fotoperiodista Pedro Valtierra se adentró en la indomable selva penetera, con un solo objetivo en mente: encontrarse con las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR), encabezadas por el no menos famoso comandante Pablo Monsanto. Tuvo éxito, inmortalizó con su cámara a los aguerridos combatientes y de paso redactó un reportaje en el que relataba su travesía durante los siete días que estuvo arriesgando el ojete con los guerrilleros, quienes recuerdan al “compita mexicano” con cariño.

Fotografías de Gerardo Guarán

Desde entonces las cosas han cambiado un vergo para aquellos muchachos y muchachas que se jugaron la vida en nombre del pueblo—también para Valtierra, quien se convirtió en una vaca sagrada del fotoperiodismo—, los años han imprimido grietas en sus rostros de bronce, al mismo tiempo que el óxido fue corroyendo el armamento guerrillero en los depósitos de los cuques. Sin embargo, pese a que han colgado los estandartes de guerra, el espíritu revolucionario se niega a morir. Prueba de ello es la comunidad Nuevo Horizonte, ubicada en Santa Ana, Petén, 460 kilómetros al norte de la “Ciudad del Futuro”.

Al igual que Valtierra, pero en contextos políticos diametralmente opuestos, tuve el agrado de compartir unos días con los mismos combatientes que en 1982 posaron para la cámara del periodista mexicano. Ya no portan armas ni viven clandestinamente en la selva, en sus ojos se ha ido apagando el ocote revolucionario, pero en el fondo de sus macizos cuerpos prevalece la esperanza y el espíritu de colectividad. Ante cualquier pronóstico, no desaproveché la oportunidad, el tiempo que estuve con los compas me alcanzó para redactar este reportaje. Esta es su historia postconflicto (al menos la que me contaron) y esta es la comunidad que han construido con el sudor de su frente.  

 

Una situación que se les ponía cada vez más yuca 

La historia me fue contada en diferentes conversaciones y por distintos compas exguerrilleros, pero sin importar quién o en dónde me la contaran, lo cierto es que está cargada de experiencias de lucha que demuestran que en ocasiones se puede utilizar el pisto de la cooperación internacional para hacer cosas de ahuevo, eso sí, para lograrlo hay que tenerlos bien puestos, como los tuvieron los miembros de las FAR y las 130 familias desmovilizadas que en 1998 conformaron la cooperativa y comunidad Nuevo Horizonte, situada a 37 kilómetros de Flores, Petén.

La historia la escuché por primera vez mientras nos dirigíamos de la isla/cabecera departamental hacia la comunidad Nuevo Horizonte, en el viejo Corolla del capitán Rony, un hombre de aspecto rudo, pero jovial, que con todo el pragmatismo del mundo me fue introduciendo a la nefasta situación agraria del Petén. Ya fuera que voltease la shola a la derecha o a la izquierda, aquellas grandes planicies de tierra ociosa pertenecían a los generales que encabezaron la sangrienta contrainsurgencia en el lugar.

Guillermito. Fotografía de Gerardo Guarán

Pero dentro de la inmensa extensión territorial petenera en manos de chafarotes, se abren paso 900 hectáreas (9 km²) de propiedad comunal, lejos de las fauces de los militares-transna-empresariales, como son conocidos los cuques barruques por aquellos places. Mientras el camarada Rony me iba señalando con pelos y señales las ingentes propiedades de esos indeseables, yo solo podía pensar en cómo chingados le hicieron para quitarles de la trompa aquellas tierras.

Resulta que tras la firma de los acuerdos de “pacificación”, el Estado de Guatemala se quería hacer el brocha porque no pensaba cargar a tuto a los guerrilleros, mientras estos se enfrentaban a una situación que se les ponía cada vez más yuca: no tenían tierras, no sabían ningún oficio y tampoco existían oportunidades para trabajar, algunos ni siquiera tenían familia. Por lo que, en el marco de dichos acuerdos, pensando más en que los combatientes no se volvieran a levantar en armas que en el mejoramiento de sus condiciones de vida, se logró crear la Fundación Guillermo Toriello, por disposición del acuerdo de Incorporación de los Miembros de la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca a la Legalidad, que tenía como objetivo encargarse de la reinserción de los y las compas desmovilizadas.

En pleno contexto de desmovilización, los guerrilleros de las FAR fueron clasificados en dos grupos, “los con destino” y los “sin destino”. Los primeros eran aquellos que tenía adónde ir, mientras los segundos quedaron a la espera de su reubicación. Los que hoy conforman Nuevo Horizonte, quedaron en la lista de espera, asentados temporalmente en la finca Papaljá, en donde nombraron su propia comisión de búsqueda de tierra. Aquí inicia su trayectoria de batalla posconflicto y una nueva fase de la lucha de clases.

La comisión recorrió incansablemente la región en busca de un lugar para asentarse. Después de una larga y jodida pesquisa, dieron con el blanco: 900 hectáreas de tierra petenera embargadas. Los muchachos “sin destino” hablaron con la Fundación Guillermo Toriello y tras un merequetengue de burocracia que incluía a la ONU, MINIGUA y el nido de ratas de FONAPAZ, lograron acceder a las tierras a través de un fidecomiso. Hasta aquí todo parecía ir muy sobre ruedas, pero los clavos no tardaron en aparecer.

Pronto se dieron cuenta de que el fidecomiso iba creciendo inversamente proporcional a sus sueños y esperanzas. Mientras el banco iba subiendo la deuda, las 130 familias desmovilizadas a duras penas lograban generar lo suficiente para vivir; gran parte de las tierras adquiridas eran fértiles como un pedazo de carbón, destinadas a la ganadería extensiva y no a la agricultura. Como era de esperarse, cuando la deuda había ascendido a más 3 millones de tuquis, llegó el aviso de desalojo.

Fotografía de Gerardo Guarán

Enjaranados hasta los dientes, pero con un proyecto cooperativista que iba creciendo a paso lento pero seguro, las familias de Nuevo Horizonte permanecieron juntas en la desgracia, en pie de lucha, como lo habían hecho años atrás en las profundidades de la selva. Conscientes de que el conflicto había terminado, pero también de que la lucha de clases seguía su curso, los exguerrilleros idearon una nueva estrategia de lucha: rascarle el ala a la burocracia.

Convocaron a los meros meros coches de la bancada nacional y a la siempre bien intencionada comunidad internacional y sus secuaces para entablar un diálogo que les permitiera mediar un precio razonable por las tierras adquiridas. Al cabo de otro merequetengue burocrático y de unos dimes y diretes bastante gruesos, poco o nada se solucionó. La deuda seguía siendo exorbitante, pero una cosa quedó clara: las familias de Nuevo Horizonte no se doblegarían con facilidad en esta nueva lucha de clases que enfrentaban.

Sin embargo, ante el temor de que los dimes y diretes llegaran a ser ciertos, los vampiros bancarios accedieron a regañadientes a olvidarse de los años de mora acumulados. No era para menos, pues cuando el aviso de desalojo parecía concretarse con la llegada del gerente del banco, el juez de turno y el comisario de la policía, el ocote revolucionario se volvió a prender en la comunidad.

 

 

Los compas de Nuevo Horizonte en lugar de agachar la cabeza y gritar ¡ay su ponte cuánto chonte!, se apretaron los pantalones y sin pelos en la lengua le escupieron una advertencia a los malandros que querían desalojarlos:  «señor juez, nosotros queremos dejar claro cuál es nuestra posición como Horizonte, y le dijimos: ya le explicamos por qué no hemos podido [pagar], eso no lo entienden ustedes porque son capitalistas, entonces ahora la cuestión es la siguiente: el día que usted señor comisario y usted señor juez autorice un desalojo con lujo de fuerza y se aparezcan en ese portón que está en la entrada, nosotros los vamos a combatir y Horizonte va a ser el primero que va a estallar en guerra, porque nosotros los vamos a combatir hasta por debajo de la lengua».

Ignoro si aquellas palabras fueron realmente dichas, yo las transcribo tal y como me las contaron, al pie de la laguna Oquevix y en medio de una sabrosa merienda de peces asados. Teniendo en cuenta el pasado de la comunidad, aquello no era una amenaza, como asegura con una sonrisa victoriosa el capitán Rony, era una advertencia. De manera que a los pisados del banco no les quedó más remedio que meter la cola y esperar a que la comunidad les pagase, en claro ejemplo de que cuando el pueblo se levanta, hasta las cucarachas se esconden.

Fotografía de Gerardo Guarán

 

Recordando a los que ya no están y pensando en los que vienen

Los años pasaron y tras poco más de dos décadas de esfuerzo y lucha colectiva, la cooperativa Nuevo Horizonte logró pagar la deuda. El 26 de marzo del presente año, bajo la ceiba en la que yacen los restos de la capitana María, la comunidad festejó la certeza jurídica de las tierras, recordando a los que ya no están y pensando en los que vienen.

Pero si hay algo más impresionante que su lucha, es su manera de esquivar los puyones del capitalismo salvaje y la forma en la que han salido adelante a través de un desarrollo solidario y sostenible. Las 900 hectáreas de la comunidad no sólo han servido para lograr una soberanía alimentaria, sino para generar escuelas, empleos y programas que a futuro irán mejorando la calidad de vida de sus habitantes, algo que el Estado no haría ni a punta de escopeta.

Nuevo Horizonte no sólo cuenta con tierras destinadas al cultivo, sino también dedicadas a la ganadería, piscicultura, vivienda, educación, cultura, reforestación y cuido del medio ambiente, así como también cuenta con una clínica médica, farmacia comunitaria y casa materna, todo planificado con disciplina de buen revolucionario. Basta con mirujear el trazo en damero de las calles y la planificación con la que han ido destinado las tierras para el crecimiento y mejoramiento de la comunidad.

Es cierto que los frutos de estos campos tardaron en venir, pero al cabo de años de fertilizar la tierra y de saber gestionar el apoyo de la cooperación internacional, la comunidad se ha ido desarrollando, sin que sus calles y dinámicas parezcan made in ONG.

Le imprime un aire de autenticidad a la comunidad cada esquina con un trozo de memoria histórica digna de ser conocida. Quizás por ello antes de la pandemia, Nuevo Horizonte era un lugar con marcada afluencia turística, programa que también tienen incorporado (aquí lo encontrás), para los curiosos que estén interesados en conocer las nuevas maneras de resistencia y desarrollo que se han ido gestando en comunidades como esta.

Fotografía de Gerardo Guarán

La comunidad no sólo ofrece un aire lleno de camaradería, sino también hospedaje, restaurante, avistamiento de animales, senderismo y un largo etcétera. Ah, y se me olvidaba, un pequeño pero cómodo bar que lleva el nombre de Jacobo Arbez Guzmán, en el que podés echarte desde tragos caqueritos hasta los respectivos cutos. Por si fuera poco, en un par de meses, pondrán a disposición de los curiosos un museo en el que se podrá acceder a la memoria histórica de la comunidad.

Por estas y otras razones más (que a lo mejor les suelto en otro artículo), la comunidad Nuevo Horizonte no sólo es ejemplo de que la lucha colectiva es más fuerte que la hidra capitalista, como dicen los hermanos zapatistas, sino también es una demostración de que cuando la sardina es roja, la fábula cambia. Con ello no quiero hacer referencia al comunismo, sino más bien a la colectividad.

Los compas de Nuevo Horizonte ya no persiguen la utopía comunista, pero siguen manteniendo los valores esenciales de aquel defenestrado modelo civilizatorio: la camaradería y la colectividad. Valores que hasta la fecha han funcionado para echar a andar los motores del desarrollo comunitario autosostenible y solidario, pese a los reverendos obstáculos que han ido encontrando en el camino.

Para un pesimista rematado como yo, resulta harto difícil encontrar un pedacito de esperanza en el camino, pero lo cierto es que conocer de primera mano la lucha de clases de Nuevo Horizonte, me hizo empezar a cuestionarme si todo está perdido o si existen formas alternativas para enfrentarnos a la opresión de la alianza oligarca-militar, que tienen en sus indeseables manos las llaves de la finca.