Obsceno y Extremo, un festival a prueba de mojigatos

Hace pocos días se celebró el Día Internacional del Orgullo LGBT+, y era de esperar que mucha gente hiciera alarde de su ira homofóbica. De verdad, me encantaría que estas personas conservadoras, alguna vez en la vida, se vieran en medio de un festival como el Obscene Extreme Festival (OEF) de República Checa. Y es que, como se han perdido las viejas costumbres, y ya no podemos lanzar cristianos a los leones, al menos, en ese festival los dejaríamos que se ahogaran con la efervescencia rabiosa de su propia espuma.

El OEF no es para cualquier persona, hay que haber visto demasiado mundo antes, pero no aquel mundo rosa optimista que enseña religión y pensamientos motivacionales tan de moda en las empresitas de hoy en día, no, hay que haber visto ese mundo de mierda que se nutre de guerras, contaminación, pobreza e injusticias sociales, y que parece ponerse peor conforme va pasando el tiempo.

El Festival, entre música de más de 80 bandas del más enfermo metal y actividades de ocio muy diversas que en conjunto se conocen como Freak Friendly Show, dan la bienvenida y calientan motores para los siguientes 5 días de brutalidad obscena y extrema.

 

El preámbulo

Antes de las presentaciones de las bandas, algunos fanáticos se someten a los más disparatados retos, como comer productos picantes de los más altos niveles en la escala Scoville o el cómico, pero bestial duelo de vómitos, entre otros del mismo calibre. También es muy popular una actividad propia de las costumbres precristianas checas de la que están muy orgullosos (República Checa es el tercer país con más personas ateas en el mundo), se trata de una actividad para encontrar el amor a base de azotarse el culo unos a otros con ortigas (chichicaste) o ramas de sauce remojadas en aceite. Si la persona no queda satisfecha con el latigazo, señal de que no le enamora dicho azote, da a cambio cerveza, vodka o huevos de pascua para que ya no siga. Aunque la versión del OEF se reduce a soportar los azotes con diversos objetos, incluidos látigos con espinas y pequeñas cuchillas que les dejan el culo lacerado y lleno de cortes sangrantes. La persona que reciba azotes con la mayor diversidad de objetos se podría definir como la ganadora, aunque en realidad no existen ganadores. La filosofía del festival es no competitiva y el único premio serán los aplausos y las carcajadas de los presentes.

 Fotografía de Christian Rodríguez

El desvergue

Las bandas del más puro desvergue de death, thrash metal, punk, pero principalmente grindcore, comienzan su carnicería humana a las 10 de la mañana y van desplegando su rabia y poderío sónico una tras otra fulminando incesantemente al público en el moshpit, atacan cada 35 ó 45 minutos. Solo hay 10 minutos (puntuales) de descanso entre cada banda, y así siguen hasta las 4 de la madrugada del día siguiente. ¡Eso, durante 5 días seguidos!

Así que desde temprano el ambiente se carga de poderosos y extremos blast beats, guitarras y bajos chillantes y distorsionados, así como de voces guturales y gritos totalmente desquiciados. El moshpit se mantiene demencial en todo momento, es el único festival europeo donde no hay reglas. Hay momentos en que se sube tanta gente al escenario que todo se vuelve un total caos. Cuando el ambiente se relaja, algunos se suben al escenario para entre baile y baile enseñar sus genitales, pechos al aire danzan por aquí y por allá, y más de alguno termina masturbándose, pero la mayoría, los que somos más recatados, subimos únicamente para bailar o para el clásico stage diving.

Como el moshpit es tan brutal, muchos optan por usar flotadores para piscinas, porque funcionan para amortiguar los golpes. Pero los disfraces también ayudan, y los hay de todo tipo: Jesús, Hello Kitty, Madres Teresas de Calcuta, personajes de Plaza Sésamo, monos metaleros, pollitos, bananas o simplemente en pelotas, como venimos al mundo. Muchas personas van armadas con cepillos de inodoro, símbolo de que acarreamos toda la mierda del mundo.

Como dije antes, entre banda y banda, hay 10 minutos de «descanso». Pero ese tiempo se aprovecha para un bombardeo de imágenes proyectadas en una pantalla gigante. Mezclas de videos de accidentes, cirugías, enfermedades grotescas, escenas desagradables, películas porno y gore.

Fotografía de Christian Rodríguez

Las únicas banderas que se ven son de piratas, de reivindicaciones feministas, anticapitalistas, anticristianas o las banderas multicolores del Orgullo LGTBI+. Lo que no se ve, al menos yo no vi ninguna, son banderas de países, y eso da tranquilidad, porque te da la seguridad de que esta gente no es xenófoba y aceptan a todas las personas por igual. Hay tal diversidad de personas allí reunidas, principalmente europeas por la cercanía, pero también llegan desde Colombia, Nigeria, México, Vanuatu, Uruguay, Sudáfrica, Malasia, Nepal, Pakistán… y yo, que soy de un país tan raro y desconocido como los es para el resto del mundo Guatemala. Al menos eso dijo un bielorruso que medía casi 2 metros de alto, media tonelada de peso y que vestía únicamente una tanga de color verde chingalavista por la que se le salían los huevos a ambos lados: —¿Dzie, čort vaźmi, jon? — «¿Y dónde demonios queda eso?»

Todos se divierten, se emborrachan, se drogan, se besan, se desnudan, chiman en la hierba o en los graderíos… varios grupos de familias con niños pequeños hacen picnic mientras escuchan a las bandas más enfermas del mundo. El ambiente es de total respeto y amistad, como jamás había visto antes en mi vida. Y, debo decir, que también hay respeto hacia los animales, porque la única comida permitida dentro del festival es vegetariana o vegana. Hay muchas opciones, y de verdad, se come de maravilla. Todo es ecológico, fresco, sano, riquísimo y sobretodo muy barato.

Por las noches aparecen las bandas más grandes, las que tocarán más de una hora cada una: Napalm Death, Grave, Asphyx, Agathocles, Rotten Sound, General Surgery, Cripple Bastard, Gutalax… bandas «famosas», si están en el mundillo obviamente, porque a pesar de tener una trayectoria musical, o antimusical, muy amplia, siguen siendo bandas underground. Tanto que en el OEF no firman contratos ni nada, se negocia con el honor de la palabra, y todos conocen la honorabilidad de su organizador: Čurby, que se traduce como «Putita».

El moshpit con esas bandas estelares se hace mucho más brutal y llega a expandirse tanto que alzanza a los graderíos. Napalm Death estaba en escena, yo no paraba de agitar la cabeza violentamente junto a mis amigos, hasta que Jan, que mide 2.15 metros, intentó subirme a sus hombros, porque yo mido apenas 1.58, pero no aguantó mi peso y nos fuimos los dos en picada. Caí de cabeza directamente al suelo. Mi rostro estaba bañado en sangre y me quisieron llevar a primeros auxilios, pero me negué, no podía perderme el espectáculo, Napalm Death estaba tocando solamente clásicos del Scum. El headbanging fue entonces más hermoso y con cada sacudida, de mi cabeza, salpicaba sangre a mis camaradas.

Cuando por fin terminó la banda nos fuimos a que me atendiera el personal paramédico, Parecía Cristo, con la cara toda reventada. Pero no eran más que raspones, lo mío no era grave, pero el lugar estaba a reventar de personas con pies torcidos, brazos partidos y costillas rotas. No es por nada, pero todos coincidíamos en algo, teníamos que regresar antes de que comenzara a tocar Wormrot, una bandona grindcore de Singapur. Había que volver pronto, y entregarlo todo en el moshpit.

Conforme iban pasando los días, los vendajes se hacían cada vez más comunes. Cada mañana era como estar en un centro de recuperación tras una guerra. Todo el mundo cojeaba, se lavaban las heridas o vomitaban. Sin embargo, eso daba cierto estatus porque demostraba que realmente te la estabas pasando bien.

 

La tortura de los interludios

Aunque algunos no pensaban lo mismo con las presentaciones teatrales al terminar cada jornada. En un acto, una pareja disfrazada torturaba a una chica desnuda que permanecía atada a una cruz. La intentaban ahogar en un balde lleno de agua, le metían agujas enormes en la lengua, en los cachetes y le halaban con fuerza de cadenas unidas a los piercings de sus pezones. El «oficial» le daba cachetadas mientras la «oficiala» se orinaba encima de ella. El resto de actos iban de ese calibre, chicos que se clavaban los testículos en una tabla, chicas que cargaban pesadas maderas con cuerdas sujetas a los labios de la vagina… pero todos se quedaron cortos con la presentación de Selfie the Clown, un payaso que se introducía objetos en el cuerpo mientras caminaba, saltaba y se revolcaba sobre chayes y clavos, luego con un taladro se introducía agujas en la abertura del pene. ¡Era tan desagradable aquello! Pero no podíamos dejar de ver la autotortura que duró casi 40 minutos, hasta que agarró una cámara de colonoscopia y se la metió por el culo. Imágenes de dicha cámara que se transmitían en la pantalla gigante con audio amplificado incluido.

Pocos festivales se reúnen tantas generaciones

Se ven personas de todas las edades, hay muchísima niñez disfrutando del festival. El OEF ofrece guardería, a cargo de corpulentos hombres vestidos de princesas o de sacerdotes. A niños y niñas les enseñan a tatuar naranjas, a hacer disfraces de zombies o ángeles oscuros, y mientras las bandas siguen tocando a los peques los suben al escenario para hacer stage diving. La niñez es parte importante del festival, andan haciendo bromas o rociando agua en medio del moshpit. Hay bebés por todos lados, les protegen los oídos con audífonos industriales y es normal ver que mientas tocan bandas como Dead Infection o Haemorrhage, haya madres dando pecho a sus bebés tan tranquilamente.

Cuando terminó el festival todo estaba tan limpio como al principio, las mismas personas recogieron su basura y ayudaban a ordenar el lugar sin que nadie se los pidiera.  Todo el mundo se va algo adolorido, pero satisfecho de saber que a pesar del profesionalismo, calidad técnica y organizativa del evento sigue siendo uno de los festivales más baratos en Europa, y que además, 40% de las entradas se dona a diferentes ONGs que trabajan en países empobrecidos.

Algunos de esos conservadores y fanáticos religiosos dirán que República Checa está muy mal por permitir este tipo de festivales y ser un país con tanto ateísmo. Pues ese país, tiene la menor tasa de desempleo del mundo, sueldos altos y un costo de la canasta básica relativamente baja. Saben bien las ventajas y desventajas tanto del comunismo como del capitalismo, así que balancean sus vidas con ambas ideologías que les permiten tener buena economía y muchas ayudas sociales. Solo así han logrado que sea uno de los 5 países con menor desigualdad del planeta. Al ser liberales, por lo general, son personas abiertas y respetuosas con otras personas y sus opiniones, tienen costumbres e ideas libres y sin prejuicios y favorecen las libertades individuales. Por eso mismo, es uno de los países menos violentos que existe. Y, todas esas características, de alguna manera, se ven reflejadas en el OEF.

Christian Rodríguez (cuarto de izquierda a derecha) acompañado de sus camaradas en el OEF.

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