Por qué si estás en contra del aborto sos del siglo XIX

Se necesita un poco de modernidad para, en primer lugar, llevar a cabo un aborto tal y como debería de hacerse, en condiciones higiénicas, seguras, etcétera. El misoprostol no es un invento ancestral precisamente. Y lo mismo con varias tecnologías necesarias en la destreza quirúrgica.

Fotografía de Fernando Chuy

Todos están en contra de los antibióticos, hasta que les da una infección de aquellas que ni les cuento. Todos son antivacunas hasta que a sus hijos les da poliomielitis. Todos (los hombres, generalmente) están en contra del aborto (bajo influjo de un pensamiento religioso bastante ridículo), hasta que se embaraza alguien que no debería…

Para bien o para mal, también se necesitó modernidad para que en la cartilla de derechos humanos fueran incluidos los de las mujeres. Hoy sabemos que esos derechos, una invención liberal (positivista, pues), son una forma de lograr la universalización de la mano de obra. En otras palabras, incluir en la explotación económica de carácter capitalista a todos los individuos que bajo regímenes de producción previos al capitalismo tenían otro tipo de relación económica y política con los dueños de los medios de producción. En la esclavitud, por ejemplo, los esclavos no tenían derechos (no eran humanos a la vista del amo), pero el amo tenía que “mantenerlos”, eso sí, bajo sus reglas… Parecida era la suerte del siervo feudal… El siervo tenía unos derechos limitados por las apetencias de los señores feudales (que regían por justificaciones de tipo teológico).

Cuando el capitalismo libera a estos trabajadores y les da la condición de proletarios (asalariados), su voluntad está ahora mediada por su capacidad de venderse a sí mismos como fuerza de trabajo. Es decir, no es libre (aunque lo parezca) en la medida que su trabajo sigue siendo alienado: trabaja para alguien más, y ese alguien no le paga lo económicamente justo, sino sólo lo necesario para que el ente asalariado pueda acudir todos los días a su centro de explotación… Claro que entre todo eso “necesario” entran los estímulos cotidianos que lo hacen querer seguir viviendo a pesar de la explotación: el alcohol, los lujos burgueses, el psicólogo, and so on and so on… Pero adivinen qué, ahora este trabajador es libre de pagar por todo lo que pueda comprar, e incluso de no trabajar (con todo lo que eso implica). Los límites de la libertad se los marca el dinero.

Esta gran contradicción es la que encarna el capitalismo, pero es probable que si le preguntamos a un trabajador dirá que prefiere esto a ser un esclavo o un siervo de la gleba, o sea, a sufrir todas las vejaciones que dependían de extirparle su voluntad individual (porque es mejor tomar un par de decisiones que ninguna). Por supuesto, no todo es tan esquemático y habrá matices, como, por ejemplo, que algunos esclavos negros en Estados Unidos (pongamos ejemplos menos abstractos) se volvieron manos derechas de sus amos, y aun siendo propiedad del amo llevaron vidas apacibles gracias a este rol de Tío Tom…

Y ahora que las mujeres se incluyen en la carta de los derechos humanos, y por tanto, en su indefectible explotación, habría que preguntarles si prefieren este vejamen moderno o si prefieren vivir siendo costillas de Adán. El costo es que muchas veces la liberación femenina (en el capitalismo) implica su doble explotación, dado que la cultura patriarcal todavía es un lastre y entonces sucede que la mujer, luego de completar la jornada laboral en su respectivo centro de explotación (cuando no se trata de una mujer burguesa, claro está), tiene todavía que llegar a hacerle la cena al núcleo familiar, entre otras cargas de carácter consuetudinario (por llamarle de alguna manera hilarante).

La buena noticia es que esta cultura patriarcal se vuelve más impopular cada día, y que la racionalidad liberal, por horripilante subterfugio de la explotación económica que sea, le dan la razón a este progreso…

Fotografía de Esteban Biba

Los nuevos paradigmas académicos (el posestructuralismo y sus derivados) se ensañan contra las nociones del progreso positivo de la historia… Eso sí, sin que las propuestas “antipositivas” queden muy claras en términos teóricos… Algunos plantean un inocente viraje hacia lo ancestral, sin saber que eso ancestral en realidad ya no existe, pues ha sido de todas formas afectado por el contacto inevitable con la cultura universal que ha propiciado el capitalismo. Lo más ancestral que veremos son esas tribus aisladas en África que viven bajo lógicas primitivas no muy alentadoras para alguien que ha gozado de los avances tecnológicos más simples (una olla metálica para hervir el agua, se me ocurre).

Y bueno, así como la historia del universo se puede sintetizar en una irreversible explosión de materia/energía que se va enfriando y enfriando hasta llegar a su máximo nivel de enfriamiento, la historia humana sigue el mismo principio de irreversibilidad. Es irreversible porque nadie quiere ser parte de esa tribu africana que acabamos de mencionar, y aunque se quisiera, por muchos factores, no es factible retroceder a esos estados de desarrollo.

Esto de ir progresando no significa que avancemos hacia un futuro perfecto que definimos de antemano, como alguna parte del pensamiento positivista podría equivocarse en defender. No se puede hacer pronósticos. Pero que no se pueda hacer pronósticos, no tiene nada que ver con que la historia no guarde una lógica acumulativa en su avance… Así sea por las cosas que vamos desechando cuando avanzamos, este proceso implica el discernimiento basado en la experiencia del progreso. Es imposible hacer a un lado el tornado de afectaciones que nos constriñe en la experiencia del avance dialéctico de nuestro paso por el mundo.

Por eso no estamos en contra del progreso. Estamos en contra más bien del uso antieconómico de la tecnología, y de que se use para fines aviesos de unos pocos. La experiencia (historia) humana tiende a la elaboración de versiones actualizadas de lo que antes fue; y esto, si no mejoría (eso queda a discreción individual), sí progresión.

Progresa, porque (gracias a la tradición positivista…), hoy sabemos que un cúmulo celular sin sistema nervioso, no es un subproducto a imagen y semejanza del Dios de las religiones monoteístas, sino una herencia genética de la evolución de las especies. Sabemos que el cigoto al no tener sistema nervioso ni propiamente un cerebro está incapacitado de sufrir las experiencias humanas que usted y yo tenemos. Entre ellas, el dolor y el pesar de existir.

Progresa, porque cuando usted hace ceremonias de conexión con el cosmos (el cosmos de todas formas siempre está conectado con nosotros), como regar sus macetas con flujo menstrual, lo hace gracias (casi siempre…) a ese dispositivo tecnológico altamente sofisticado conocido como copa menstrual (la cual, podríamos declarar como otro de los triunfos del positivismo…).

En fin. Dije que si usted estaba en contra del aborto en realidad pertenece al siglo XIX, por el único hecho de que fue, para bien y para mal (esa dicotomía siempre va junta ¿me entiende?) la Revolución Rusa de 1917, la que por primera vez le dio el derecho a la mujer de abortar, es decir, a decidir sobre su cuerpo, y declaró una igualdad radical (así sea virtual, como muchas veces ocurre con lo jurídico) entre todos los seres humanos (eso incluye a las mujeres).