Puertas que no deberían abrirse jamás

Fotografía de Lalo Landa

He visto mucha gente antes de morir, justo segundos antes. Se nota cuando se les va el alma, se arrugan, se desinflan. He visto gente vieja, joven, niños, bebés, animales, y todos hacen los mismos gestos. Respiran profundo, se quedan estáticos y segundos después, vacían sus pulmones. A veces hacen movimientos reflejos, una patada, estiran un brazo, tensan los dedos, presionan las mandíbulas. Sienten que mueren… y mueren. El problema para mí, como médico forense, es cuando las personas se niegan a morir y creen que continúan vivas. Cuando eso pasa, se ven cosas, se percibe en el ambiente energía y cosas inexplicables.

Había olvidado esa sensación de sentirme observado, hasta que hace dos noches la volví a sentir. En realidad, soy un viejo “perro apaleado” como decía mi difunto padre, tengo 60 años y me he hecho muy amigo de la muerte, especialmente por este trabajo maldito.

Estaba parado leyendo el periódico de la tarde, después de haber hablado con mi hija, que siempre ha tenido problemas con el marido, que la golpea, la quiere dominar. De pronto, llegó una ambulancia, sirena cerrada, a ver cuántos cuerpos traía. Los bomberos entraron y dejaron tres cuerpos. Un accidente en la ruta Interamericana. Un hombre de mi edad aproximadamente, murió de asfixia, golpe en el esternón, hemorragia interna. Dos mujeres, una anciana y una joven. La joven tenía los brazos rotos, fracturas expuestas, la cara deshecha fractura total del maxilar inferior y superior. Había dado de lleno con el cabezal que impactó el microbús en el que viajaban. La otra, murió de un paro respiratorio, al instante.

Pedí que dejaran los cadáveres, uno en cada mesa de cemento con ladrillo (tengo dos) y el otro lo dejaron sobre una bandeja de metal vieja, en el piso. La joven deshecha quedó en el piso. Abrí los cadáveres con un cuchillo de sierra y un martillo, el del hombre ya estaba partido, no hubo necesidad. Con los guantes metí la mano y saqué el colgajo de ambos, corté las orillas con el cuchillo de cocina que tengo para estas faenas. Todo transcurría normal, puse la Radio Ranchera, noche de boleros.

Hubo un detalle que me pareció raro y era que sentía una mirada sobre mis pies, como cuando un perro te persigue para morderte, más o menos. Lo había sentido antes pero nunca así, eran como latigazos de frío. Cerré la puerta, pensé que era el viento que se estaba filtrando, pero no.

Ya había terminado con él, y a la mujer le estaba retirando todos los órganos cuando vi el reloj, eran exactamente las diez de la noche. Afuera no había nadie, los de la funeraria que eran unos abusivos regularmente, se fueron a tomar cerveza y regresarían a las once para llevar los cuerpos a Chimaltenango, según escuché. La joven no había sido identificada aún, los otros dos sí.

Hace unos días mi nieta me regaló un teléfono de esos inteligentes y tengo un perfil en feisbuc. Casi nunca pongo fotos y menos de mi trabajo, cualquiera se espantaría, pero me dedico a chatear con ella o con mi hija y algunos primos. Me lavé las manos y me puse a ver feisbuc. No había descubierto que hay una lupa donde uno pone un nombre y aparecen personas con ese nombre, es divertido, empecé a poner lo común, mi apellido, después puse La Democracia, Escuintla, yo soy de allá. El primer perfil que saltó fue el del alcalde. Entré a ver quiénes eran sus amigos. No sé por qué estaba haciendo eso, bien dicen que esto de las redes tiene formas truculentas e inconscientes de mover a los clientes.

Repasé varias fotos (de mujeres especialmente) pero entre todas había un perfil de una mujer mayor que tenía fotos de su familia. Me puse a verlo, vi de pronto a un amigo que conocí en el equipo de básquet del colegio. Pensé “aquí está aquel ve, jajajá”. Le puse “me gusta” a la foto y bajé el cursor para comentar algo. De pronto escuche un ruido afuera, eran los de la funeraria. El más chaparro entró y me dijo altaneramente…

– ¿Cómo va, doc? Tenemos que llevarnos a los dos que ya están y a la muchacha también.

– ¿Pero cómo? Ella todavía no está, además ni ficha de ella tenemos, está como XX, hay que esperar a algún familiar.

– No importa.

Ahí recordé que estos cabrones andan haciendo cosas que nadie hace, especialmente con los cuerpos de mujeres jóvenes que no son reclamadas. Me molestó mucho, me sentí mal. A pesar de ver la muerte tan de cerca en vez de volverme cruel, la respeto y también respeto la dignidad de los cuerpos que fueron los vehículos con que esta gente vivió en el mundo.

De pronto mi teléfono estaba vibrando, no sabía si ir a contestar o confrontar al energúmeno de la funeraria. Al final caminé hacia atrás sin darle la espalda, tomé el teléfono, un número desconocido, pregunté:

– Sí, ¿diga?

– Buenas noches señor, soy Remberto Calito

¿Remberto Calito? Yo conozco a alguien que se llama así, pero tengo años de no verlo, solo en el feisbuc lo acabo de ver…

-¿Sos vos, Piojo?

Jajajá sí, así me decían.

¡Qué gusto saber de vos!

¡Puchis! yo también, viejo, solo sacame de la duda, ¿cómo conseguiste mi número?

¿¡Ahh!? pero si me acabas de poner un mensaje donde dice “me urge hablarte sobre tu hija que viajaba de Chimaltenango, mi número es 34564544”.

¡Puta…! perdón por la expresión… pero yo no te escribí eso.

Pues así dice, ahora decime, estamos esperando a mi hija que tendría que haber venido hace unas horas y no ha llegado, venía de Sumpango y no se sabe qué pasó.

¿Cómo es tu hija? ¿Tiene algún tatuaje? -Yo miraba el cuerpo sobre el piso y le sobresalía una estrella de la nuca.

Jajajá sí, tiene una su estrella en la nuca, horrible la porquería esa que se hizo, pero, en fin, bueno ya que vi que la conoces decime dónde está.

Eh..mmm… mirá vos, sinceramente no sé ni qué decirte, ni pensar, por favor vení a mi oficina, trabajo en el Inacif que está a un costado del Cementerio General.

Dios mío… ¡No puede ser! ¿Qué le pasó a mi nena?

Mano, vení por favor y preparate para lo peor…

-fin de la conversación-

Los de la funeraria se llevaron los dos cadáveres listos. Me quedé solo con el de la muchacha, traté de ni siquiera quitarle la ropa, me sentía tremendamente mal. Y todavía no me explicaba qué había pasado, ¿cómo se envió ese mensaje? ¿Quién lo mandó? ¿Estuve en trance? ¿Podré vivir con esta incertidumbre? Mi cuerpo no estaba bien, sentí escalofríos toda la madrugada. Al final llegó mi amigo, me acerqué, lo abracé y lloramos mucho. No me salía ni una palabra. Le pregunté cómo se llamaba su hija… y me dijo “Carmen, Carmen Calito”.

Qué noche tan desastrosa, para olvidarla. Pensaba renunciar, eso ya era insoportable, tanta muerte, tanto dolor. Y así lo hice. Una noche más y pedí mis vacaciones y no me importó perder la jubilación, me fui a vivir en paz con mi familia.

Una noche seguía viendo mi feisbuc, ya me había vuelto un obsesionado con eso. Cuando apareció una notificación. La abrí y decía, “La Yayita quiere ser tu amiga”, le di confirmar. De pronto, un perfil, que decía Carmen Calito, en un mensaje del feisbuc messenger, esos odiosos globitos. Decía “Gracias por su ayuda, ahora estoy por fin en paz”.

No me crean, pero desde entonces ya no quise saber nada del maldito feisbuc, hasta hoy creo firmemente que abre puertas que no deberían abrirse jamás.

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