Rock postapocalíptico, mariguaniza satánica y sus irónicas consecuencias

Uno de los episodios más poéticos de mi existencia fue cuando me dio la pálida previo a un concierto de Cuerpo y Alma. O fue durante el festival Octubre Rojo o durante la declaratoria alternativa de la Escuela de Historia (prácticamente los únicos logros permanentes que ha tenido la organización estudiantil de la escuela, aunque cada vez menos chéveres), una de dos.

Plaza Oliverio Castañeda de León, Octubre Rojo. Fotografía de Fernando Chuy

Me había tomado un par de tibias y colaborado cargando chivas para los propósitos culturales de la jornada. En un momento de la noche diviso en lontananza que los mariguaneros consuetudinarios de las mesitas preparaban un gráviti —dispositivo hechizo mariguanoidal diseñado por criminales donde te fumas el equivalente a un porro de un solo jalón, gracias a los principios básicos de la mecánica de fluidos gaseosos—. Como soy chucho y mula, me acerqué a ver qué estaba aconteciendo ahí sin mi permiso. Y para qué, papi… Inmediatamente fui a buscar la silueta de una de mis amistades históricas, me siento mal I said y me desplomé como una bolsa de mecos sobre su ancho hombro izquierdo.

Escuchaba todo lo que pasaba a mi alrededor, pero era incapaz de moverme; me acostaron en el cemento como si a borracho de cumpleaños. No tardó en aparecer la idea de llamar una ambulancia, pero, como iba reaccionando favorablemente de a poco -o sea, respondiendo con monosílabos mongolinos- no fue necesario. Creo que también me intentaron alimentar con un shuko para contrarrestar los incontrarrestables efectos de la pálida. Hubo hasta unas chicas que llegaron a intentar despertarme a besos, porque es lo que se hace cuando alguien está a punto de morir (Dios las tenga en la gloria) y así. 

Pero lo verdaderamente lindo de esta historia -en esos momentos, bastante culera-, fue que por fin empezó a sonar Cuerpo y Alma, los hippies vetarros y góticos decadentistas que inventaron el “son rock”. Recién había escuchado el álbum donde, ya en la flor de la senectud, estos betabeles habían regrabado un tsunami de éxitos con una fuerza que, para su edad, parecía incluso volarle verga a muchos de los proyectos de la escena del rock de la Huatemala en pañales. Como sea, conocía el repertorio y, en parte, estar ahí en esos momentos era con el propósito sagrado de escucharlos en vivo antes de que a los rucos les diera un ictus, se volvieran evangélicos u otro desenlace fatal por estilo. 

Hallarse en la frontera de la pálida en el preciso momento en que empieza a sonar la canción homónima de la situación, es algo que sólo le pasa a la gente que se apellida Villalobos. Empiezas a creer en la inmortalidad y te levantas de entre los muertos para poder ir a escuchar cual zombi los míticos versos de la rola que manan del escenario: …Todo por mezclar, se me fue la mano, ahora me arrepiento, demasiado tarde. No te arrepientes en absoluto, es más, ni siquiera eres capaz de sentir nada, tu cerebro entonces funciona exclusivamente para intentar crear un punto de restauración nemotécnico que te permita decir al otro día: Qué lujo, men.

Para quienes me conocieron después de ese parte aguas, sólo queda decirles que yo ya era así desde antes. Y para quienes creen que la vida es algo sagrado, es mejor que nunca la saquen a pasear a un concierto de Cuerpo y Alma. Bien dice Maco Luna al final de la rola: Yo les dije, pero por chuchos… La pálida es seria…

*Según la Unidad de Salud de Bienestar Estudiantil, el índice de gonorréicos en la Usac se multiplicó exponencialmente gracias a esa asquerosa orgía hippie. Pero de ahí, todo bien.

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