Rompiendo paradigmas: de la madre abnegada a la mamá luchona

“La Limonada” ciudad de Guatemala. Fotografía de Fernando Chuy

Antes concebíamos a las madres como seres abnegados y siempre dispuestos a sufrir, ese concepto no se ha cambiado del todo, sino que se ha movido por todo lo que nos rodea y sobre todo por la inclusión de la mujer en el rol de trabajo.

Es así como surgen conceptos como “mamá luchona” y “mamá moderna”, esas que rompen con el papel de madre de casa, pero que también cargan con un peso sobre sus hombros al dividirse en tareas diarias, siempre bajo el yugo de hacer todo y no dejar de ser mamá.

 

El concepto

Hay que dejar en claro que el concepto de “maternidad” y el “ser madre” ha estado inmerso en los roles socioculturales latinoamericanos, marcados por una fuerte tendencia patriarcal y machista, que domina la cultura, la sexualidad y los comportamientos esperados y aplaudidos de los géneros; todo esto bajo el manto teórico de la religión, la economía y los preceptos políticos de cada país.

Es así como antes estábamos acostumbrados a ver al padre fuera de casa como el que “proveía y era ausente” y el área de acción de la mujer era dentro del hogar, siempre estaba “al cuidado” de los hijos. Sin embargo, las guerras, las crisis económicas, la migración, el desapego a la moral religiosa, el fortalecimiento de los estados laicos, las telecomunicaciones, la evolución del pensamiento social y cultural, aunque también el marcado abandono parental, dieron un giro a los mencionados roles, y llevaron a las mujeres a realizar tareas y asumir responsabilidades económicas, sociales y políticas que anteriormente estaban designadas para los hombres.

 

Una “madre abnegada”

El rol de martirio y sufrimiento materno nos acompaña de la mano de la religión cristiana y su concepto de la “madre-virgen”, la cual era inmaculada, pero llevaba el peso de ser madre y acompañar a su hijo durante muchas de sus tareas y el sufrimiento de su paso por la tierra. Dicho rol implicaba la ausencia del placer, como parte de la ecuación de “ser mujer” y que la sexualidad tenía como fin único y exclusivo la reproducción. Esto dejaba fuera de la categoría de “mujer” a toda aquella persona que, por razones biológicas incapacitantes, o por una marcada rebeldía anti-sistémica no pudiese o no deseaba reproducirse.

Este rol de martirio se alimentaba con las “ausencias” concretas del hombre en la casa, por lo cual ella asumía la responsabilidad de garantizar la supervivencia, la salud física, el aprendizaje y educación, la formación de valores en los hijos. Y por lo tanto otro aspecto fundamental era “renunciar” a toda aspiración personal formativa, profesional o que la alejase del estereotipo de “madre-hogar”. Pero unido a esto se les criticaba por el fracaso, cuando los hijos no llenaban las expectativas morales, y justificaba el hecho que el hombre les diese la espalda y buscara sanar “tales heridas” en otros brazos y con otros hijos.

 

La mamá actual

Exigir perfección a un hombre o a una mujer es robarles su calidad de “ser humano” ya que la perfección es un concepto religioso inalcanzable, y un concepto utilitarista industrial que desea fervientemente que no se cometan errores que compliquen la existencia moral o los sistemas de producción.
La realidad humana implica que se cometerán errores, los cuales deben de servir para fortalecer aprendizajes y madurez en el ser.
En la actualidad, pedirle a una madre que sea perfecta y multi-funcional, es poner cargas muy pesadas en hombros, que anteriormente se consideraban frágiles y delicados, pero no por eso deben soportar el peso de la sociedad y su éxito general. Es cargarla de culpa, antes que de esperanza y deseo de realización.

 

La evolución

La mujer ha avanzado en muchos campos laborales y de roles, sin embargo, todo esto lo tiene que sumar al peso y la responsabilidad de ser madres. Dicha “responsabilidad de ser madres” implica que no es tanta la evolución al respecto del tema de la “anti-concepción” y de la “libertad de elección de la madre”, tanto en el ámbito urbano, y no digamos en lo rural, donde el sometimiento en cuanto a la sexualidad aún no cede y produce embarazos a muy temprana edad, lo cual pone en riesgo la vida tanto de la madre como de los posibles hijos.

 

“La Limonada” ciudad de Guatemala. Fotografía de Fernando Chuy

 

Las “luchonas”

La popular frase “mamá luchona” es uno de los estereotipos más comunes en la actualidad, que critica a la mujer y ejerce violencia y discriminación por género en el imaginario colectivo -expresado en las redes sociales-, son las madres solteras, peyorativamente llamadas “mamas luchonas”.  Estas mujeres son el blanco de burlas y chistes sobre su rol de padre y madre, encargadas del trabajo y sustento familiar. Los estereotipos que motivan la discriminación y violencia en contra de las madres solteras en internet, o estereotipos sobre los roles sexuales, deslegitiman y desacreditan las acciones de las madres solteras, y esconden la doble moral que aún persiste en el imaginario social patriarcal y machista.

En lugar de reconocer y apoyar a las madres solteras se les descalifica, culpabiliza y violenta porque la sociedad no está dispuesta a reconocer los esfuerzos de estas mujeres quienes demuestran no necesitar de una pareja que legitime sus vidas y las de sus hijos o hijas. La sociedad en internet, y fuera de ella, castiga a las mujeres por hacerse responsables y aceptar la doble carga que implica ser madre soltera, en vez de castigar, criticar y culpabilizar a los hombres que no se han sido capaces de aceptar la responsabilidad de ser padres, y que forman parte de una estructura social patriarcal que no asume la responsabilidad conjunta de las tareas familiares, y que socialmente no genera protección, certeza jurídica o ayuda social a las personas que sufren tales abandonos.

 

La mamá contemporánea

En  la actualidad debemos ver a la madre como una mamá contemporánea, que en un panorama ideal, es una mujer que tiene la libertar de vivir, sentir, desarrollarse, trabajar, expresar un lenguaje propio y asumir una “nueva feminidad”, y que convive en un medio donde existen hombres libres de expresar una “nueva masculinidad”, en donde hayan comportamientos más genuinos, libres del rol social tradicional, donde la equidad y la justicia social implique que no existan solo dos géneros de primera o segunda clase, sino que haya espacio para múltiples manifestaciones sin que eso atente contra la estructura social o familiar. Asimismo, implica que, si es el deseo de dos personas el unirse en matrimonio, o algún tipo de convivencia, las oportunidades sean igualitarias, el trabajo dentro y fuera del hogar sea compartido, las responsabilidades de salud, educación, el compartimiento afectivo, el ocio, el desarrollo profesional y económico sea accesible para todos los integrantes del hogar sin distinción de género.

En cuanto a las madres, pues es necesario, en un contexto contemporáneo que tengan la libertad de formar a sus hijos bajo un sistema de transmisión de roles de género distintos, donde la reproducción de los estereotipos de “princesitas” o de “guerreritos” se modifique por el de hombres y mujeres libres de elegir lo que les atraiga y para lo que demuestren habilidades o intereses marcados.

 

Romper paradigmas

Para lograr lo anterior hay que romper paradigmas sobre lo que la maternidad significa y reconocer la posibilidad de la libertad de elección, es decir que no todas las personas seguirán la ruta trazada por la sociedad o por mi visión del mundo.
Una mujer es capaz y libre de elegir su comportamiento social y es necesario que la sociedad garantice que su elección no le restará beneficios, reconocimiento, o posicionamiento social.

Es necesario que cada uno de nosotros abandone los mitos aprendidos sobre la “perfección”, la “santidad”, “lo “sagrado del rol”, el “sufrimiento y abandono de la individualidad por la maternidad”, la “capacidad de ser padre y madre” al mismo tiempo, “la capacidad suprema de trabajar y cuidar del hogar” al mismo tiempo, para que las mujeres tengan la capacidad de “autodeterminarse”, reconocerse y elegir libremente.

Si formamos parte de un núcleo familiar, pues entender nuestro rol en el mismo, ya sea como padres, hijos, y asumamos… Es decir que formemos parte del núcleo de responsabilidad, mantenimiento, desarrollo, convivencia y responsabilidad para que el hogar salga adelante.

 

A manera de conclusión

Mi experiencia madre-hijo formó un vínculo que ha trascendido los portales de la muerte, porque a pesar que su existencia física ya no es un hecho, sino solo un recuerdo, su presencia emocional sigue viva e intensa como lo fue desde los primeros años de mi existencia.

 

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