Sobre el socialismo negro y el autoritarismo yanqui

Hace mucho tiempo que una película no me entusiasmaba tanto como lo hizo Judas and the Black Messiah de Shaka King. La última vez que sentí algo similar apenas era yo un güirito ignorante que no tenía idea del significado del término ideología. Corrían los últimos años del sangriento siglo XX cuando vi por primera vez Rocky IV. Al terminar la pelea simbólica entre el bloque capitalista y la Unión Soviética, instigado por los chingadazos entre Rocky e Iván Drago, salí corriendo al patio de mi casa a reventarme la trompa con mi primo y mi hermano, sin más ideología de por medio que la de sentirnos más cabrones que el otro. Lo que comenzó como un juego ingenuo, terminó en una verdadera riña, con labios rotos y chinchones en la cabeza. Ahora de grande, un poco menos estúpido y mucho más domesticado por el sistema, me pregunto cómo hubiera terminado mi integridad física si me hubiese dejado llevar por las emociones que sentí al terminar de ver la segunda película (y la única que vale la pena ver) de Shaka King.

Probablemente no estaría escribiendo este artículo, pues lo cierto es que Judas and the Black Messiah me hizo querer salir corriendo a las calles a quemar las carrozas y los santuarios del aparato de (in)justicia burguesa, pero también me mostró lo que le pasa inevitablemente a todo aquel que se atreve a pensar fuera de los calzoncillos del pensamiento liberal. Tal vez por ello o porque eran las tres de la mañana y hacía un frío de mierda, decidí regresar a la cama a pensar en lo que hubiera pasado si la inteligencia estadounidense no hubiera desbaratado al Black Panther Party (BPP) y si estos en lugar de esperar la llegada del mesías negro, hubieran comprendido la importancia de la horizontalidad y las alianzas, algo que sí pareció entender Fred Hampton, el protagonista de la película en cuestión.

El filme se centra tanto en los mecanismos de resistencia del BPP de Illinois, encabezados por Fred Hampton, como en el Programa de Contrainteligencia del FBI (Cointelpro, por sus siglas en inglés), cuyo propósito era “exponer, desbaratar, descarriar, desacreditar o neutralizar” las organizaciones políticas que pudieran poner en peligro la continuación del status quo yanqui. Como parte de esta operación y con el objetivo de neutralizar a Hampton y los suyos, el FBI recluta a un ladrón de automóviles, William O’Neal, para que se infiltre en el BBP y coadyuve a fragmentarlo. Todo esto basado en hecho reales.

La película Judas and the Black Messiah está disponible en Cuevana 3

Dicho de este modo, la película podría perder interés para muchos, pues parece una de tantas películas del cine gansteril a las que nos tiene acostumbrado Hollywood. Tal vez sea por esto que tarde tanto en decidirme a verla, pues estaba en mi lista desde mayo del año pasado. De hecho, Judas and the Black Messiah bien podría pasar por una peli de Scorsese, y no por una de sus mejores. El film de Shaka King esta cargado de tópicos y de una estructura tradicional —presentación de personajes, conflicto y resolución—, pero hay algo que la hace particularmente buena ante mis ojos: la reivindicación de los socialistas negros en Estados Unidos, algo que hasta hace muy poco hubiera parecido una broma de mal gusto para los magnates de Hollywood.

Simpaticemos o no con el socialismo, lo cierto es que es motivo de celebración que una película estadounidense haya sacado del baúl un tema tabú, como lo son los movimientos socialistas que han existido a lo largo y ancho de las fronteras yanquis y la consiguiente represión a la que han sido víctimas, desde los Wobblies hasta los Black Panthers. Quizás sea esta la primera vez (y la última) que escuché en una película de la Warner citar con tanto mimo las ideas del Che Guevara, Ho Chi Min, Mao Zedong y Frantz Fanon; algo que no he escuchado siquiera en el cine del grandísimo Travis Wilkerson. Sin lugar a dudas, este posicionamiento político en una película nominada al Oscar, es algo insólito y digno de aplaudir.

Como lo es también la capacidad de síntesis de King, pues en un poco menos de dos horas logra adentrarnos en las intimidades políticas del BPP y del FBI, así como en el pensamiento revolucionario de Fred Hampton, cuyas ideas de corte anarcocomunistas siguen teniendo relevancia y validez de cara a la emancipación de los desheredados de la tierra, sobre todo en un momento histórico en el que la indiferencia reina sobre la indignación y en el que pacifismo prevalece en los enclenques movimientos sociales contemporáneos, que más que enfrentarse al Estado, parecen pedirle permiso para manifestarse.

Sin embargo, sí que es verdad que al filme se le podrían achacar un par de cosillas, pues más allá de los insertos de la docu-serie Eyes on the prize 2, no propone nada innovador para hacer dialogar la ficción con la realidad ni para lograr ese distanciamiento entre el espectador y la imagen, que resulta tan necesario en el cine de corte político, no solo para evadir el adoctrinamiento, sino para hacer reflexionar al espectador sobre lo que ve y para plantearle disyuntivas morales.

La lica posee 6 nominaciones a los premios de la academia: Mejor Película, Mejor Actor de Reparto (doble), Mejor Guion Original, Mejor Fotografía y Mejor Canción Original

Dejando de lado los academicismos, la cinta sabe desenvolverse con intensidad, como lo haría un buen blockbuster, pero sin traicionar su intencionalidad de reivindicar el lado “oscuro” (¿o debería decir rojo?) de los movimientos afroamericanos. De manera que logra inyectarle al espectador una fuerte dosis de indignación y rabia que son tan necesarias para empezar a cuestionarnos los mitos fundantes de la sociedad burguesa.

De esta manera Judas and the Black Messiah se va transformando en una ficción revestida de denuncia política, al mismo tiempo que recupera para las masas la memoria histórica de aquellos líderes negros que iban más allá del reformismo, desnudando con la misma sutileza la cara autoritaria de un país aparentemente democrático, como se jacta de serlo Estados Unidos. Y es aquí en donde la película se transforma en una fuera de serie, pues irrumpe con fuerza en una coyuntura política a punto de estallar, colocando un tema sobre la mesa que parecía destinado al entierro perpetuo dentro de las barras y las estrellas: la revolución como motor de emancipación de los oprimidos y la falacia de la democracia.

Todo ello a través de un planteamiento estético y estructural academicista (léase conservador) que tanto gusta a las vacas sagradas de la Academy of Motion Picture Arts and Sciences, quienes se vieron obligadas a nominarla en seis categorías para la entrega número 93 de los Premios Oscar —de cuales es probable que solo gané la categoría de mejor actor—. Lo que dota al evento de una coyuntura realmente interesante, sobre todo teniendo en cuenta que la Academia tiene deudas históricas con los artistas negros. De una u otra manera, ya sea que premien a la película bajo el sello de la “inclusión” o que la marginen por hablar “mal” de gringolandia, el frívolo festival de cine quedará un poquito más deslegitimado, para dicha o desgracia de muchos.

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