Tardes perdidas de domingo

Iglesia

Fotografía de Fernando Chuy

La iglesia me daba mucha tristeza pero sobre todo mucho desasosiego, la marca de ceniza en la frente, las consagraciones, la vida solitaria de los curas, sus manos limpias, sus calvas, sus camisas de poliéster a cuadros, su desconocida vocación.

Los pecados de obra, palabra y omisión, el sacrificio, la muerte, la resurrección, las vírgenes gozosas, los santos impolutos, los conversos, las imposturas, la agresión de mi confesión, niño de nueve años buscando pecados en su vida para terminar de una vez con ese trance maldito de tener a un adulto célibe oyendo mis pecadillos imberbes, diminutos, insignificantes, pero decisivos para el dios vivo, que todo lo ve, lo oye, lo siente.

Sentado allí, en un banco duro, recto, vacío, dispuesto a un altar con blancas flores artificiales, con letras de cartulina de colores vivos y mensajes muertos, amaos los unos a los otros, sin saber quiénes son los unos y los otros y sin conocer el amor.

Estúpida sensación de orfandad al no comprender esa liturgia vacía de canciones y letanías, de piadosas viejas con su cabeza cubierta y su olor a rancio resquemor. Las horas perdidas en misa, viendo al reloj, una y otra vez, soñando con tebeos, con Mazinger Z, con mis cromos, oyendo historias disparatadas de vengativos dioses, temerosos pastores y coléricos reyes, donde la muerte era cotidiana y el tormento eterno.

Mis pantalones cortos de niño, mis calcetines azules, mis zapatos negros raspados y más raspados por el patio del colegio, por correrías por el barrio, de patear botes y explorar casetas en ruina se volvían solemnes vestimentas sagradas, suspendidas en su verdadero destino socarrón y divertido, esperaban a reencontrarse con la calle y el polvo, la vida, la luz y las carcajadas de los amigos.

Menuda mierda de tardes perdidas, de domingos oyendo una y otra vez del amor de cristo, mientras afuera llovía, y yo tan lejos viendo hastiado la cara sufrida de la madre que parió al señor de todos los cielos y los infiernos, al bien y el mal en lucha eterna, porque al parecer dios, lleva las de perder, nunca gana, la tentación gobierna los deseos mundanos, y caemos una y otra vez en su reino, bendito reino del exceso, de pregunta y de razones.

La inconformidad levitaba en mis bases de huesitos chaparros, callado veía a mi madre atenta, mis hermanos sentaditos les colgaban los pies y yo solo con la indescifrable pena del pecador eterno, desencontrado arriero, paria sin saberlo, con ese secreto ocre, sin identificarlo, mirando a las paredes mohosas, con los números romanos, soldados romanos, caballos y cascos, atrás de la cruz, como yo, yo era el pretor maldito, puñetero y desalmado, de la canción de Carlos Mejía Godoy.

Y yo de 12 años, con todas las preguntas del mundo y sin poder preguntar, con la carga del silencio cardenalicio y catecismo que debe entrar en mi corazón duro, aplacado por el pecado de la soberbia y la indiferencia, péndulo de ida y vuelta, entre el silencio templario y los gritos de los de abajo, de los de afuera, de los viejos fumando en la banca, esperando a que terminara la homilía y yo queriendo ser ese viejo fumador, riéndose de la vida y de los curas, viendo con pena a los niños que como yo, van saliendo en manada de la iglesia, en la escalinata, a terminar ese domingo plomizo, como todos los domingos de misa, monjas y sotanas.

 

 

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