¿Tiempos de paz? ¡Andá a la mierda!

Quería ir a todas las presentaciones del festival, pero esto de que nos pongan el arte y la cultura tan lejos, hace que poco a poco los costeños nos resignemos a la comedia barata, falocéntrica y misógina que los reyes feos de la Usac y el abuelo Cándido traen de cuando en cuando para amenizar “eventos”.

Sin embargo, dadas mis capacidades de gestión e incidencia, conseguí un alero con quien ir a una presentación y que, además, garantizó que al día siguiente cumpliera íntegramente con mis labores de oficina. Con el éxito de esa primera empresa, ahora me dispongo a intentar la segunda, que es hacer una reseña de la única obra del festival que pude ver.

Bienvenido al glorioso es un monólogo dirigido por Claudio Padilla, interpretado por Rubén Ávila que, entre otras cosas, representa la interacción entre las últimas tres generaciones de nuestro país desde el contexto histórico que a cada una le tocó vivir.

Rubén Ávila durante una de las escenas del monólogo «Bienvenido al glorioso». Fotografía de Lilo Euler Coy

¡Café y penca! ¡Banano y penca! ¡Cemento y penca!

El monólogo hace un boceto de aquel hábito muy extendido entre los  abuelos y bisabuelos de contar las desgracias en clave de alegría. Don Abel pone como punto de partida 1,917, haciendo un retrato del trabajo forzado y las opresiones de aquel tiempo, tanto a manos de terratenientes como de los encargados de aplicar la ley contra la vagancia; dejando claro cuál será el hilo conductor del monólogo: Recibir penca.

Bienvenido al glorioso nos toma de la mano para acompañarlo en un recorrido que atraviesa 100 años de historia con un buen uso de la musicalización y de audios que se convierten en verdaderas postales de una época.

“Club Tigres le llamaban”

Mateo, por su parte era un adolescente de 16 años cuando fue reclutado forzosamente por el “Glorioso”, creando una ruptura familiar debido a la formación revolucionaria de don Abel, su padre.

La crudeza en el monólogo de Mateo nos hace reflexionar sobre esa parte de la historia que no se cuenta, la violencia impuesta en los cuarteles, el sometimiento físico y psicológico de los soldados y kaibiles obligados a matar para resguardar la propia vida, el hambre y el estrés postraumático al que nunca se le tomó en cuenta en las tranzas (acuerdos) de paz, tampoco en ningún proyecto de la cooperación internacional  y mucho menos en la sociedad actual que todavía no se explica de dónde le nació tanta violencia.

Fotografía de Lilo Euler Coy

Los hijos de la violencia

El último en aparecer es Joshua, el hijo de Mateo. Joshua es un marero que busca salir de las pandillas y se encuentra con el desprecio del padre.

Cada palabra que sale de la boca de este personaje está cargada de rencor, por la violencia sufrida en la niñez pero sobre todo por la doble moral del padre que lo acusa de criminal, pero también la explícita consciencia de ser fruto, primero de la esclavitud, la opresión y el trabajo forzado, pero también de los 36 años de conflicto armado, es decir, asumir a las pandillas como hijas directas del ejército y su crueldad, aprender a ser sanguinarios como método de supervivencia y también de una forma no tan figurativa: la provisión de armas.

Según nos cuenta el director, Glorioso está basado en un trabajo académico de Rubén Ávila y lo define como la herramienta para acercar a un público joven al devenir histórico de nuestro país, no planteándolo como mera coyuntura como suele hacerlo la educación bancaria sino dándole una secuencia lógica que permita entender los fenómenos actuales como parte de la historia y el sistema económico.

No deberían dejar pasar la oportunidad de ver este monólogo que se presentará en ciudad de Guatemala el 7 de septiembre en el Centro Cultural de España y que, además de recibir una cátedra de historia reciente, les permitirá disfrutar del desempeño histriónico de Rubén y su capacidad de hacer pasar por el cuerpo y por la emocionalidad del espectador cada una de las situaciones vividas por los personajes.

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