Trabajo doméstico: racializado, invisibilizado y desvalorizado

En medio de esta coyuntura llena de medidas sanitarias para evitar el contagio de COVID-19 con campañas como: #quedateencasa y #lavatelasmanos resulta difícil quizá dedicar tiempo a reflexionar la situación que están pasando casi la otra mitad de pobladores que viven de la economía informal, según datos del Sistema de Cuentas Nacionales (SCN): “El 60% de los hogares realizan actividades en la economía informal” (Gamarro, 2019), por lo que ese porcentaje de hogares probablemente de los vendedores ambulantes, vendedores de tacos, mujeres vendedoras de panes/atoles y muchas otras personas las cuales reciben ingresos día a día se están viendo afectadas.

Ciudad de Guatemala. Fotografía de Cristina Chiquin

El trabajo doméstico en Guatemala no se encuentra catalogado como trabajo productivo, y esto se debe a dos razones, la primera como nos indica Cumes (2019) se debe a que es “una labor que se ejerce por la fuerza de la repetición de códigos histórica y socialmente instalados” (p. 582), bajo esta lógica la trabajadora es una sirvienta que trabaja bajo la modalidad de servidumbre. Por lo tanto, vemos que la mayoría de trabajadoras domésticas son indígenas, esto se debe a que “en el imaginario social cuando se piensa en trabajadora de casa particular, se piensa en sirvienta, y cuando se piensa en sirvienta se piensa en una mujer indígena” (Cumes, 2019, p. 579). Sin embargo, también hay una gran porción de mujeres mestizas que se encuentran bajo esta racionalidad patronal que abraza la situación laboral de las mujeres.

Tal es el grado de esta racionalidad sexista, racista y colonial que como menciona Cumes: “ser sirviente no es ya solo una situación laboral sino una condición social” (2019, p. 580), y esta condición social se evidencia con el hecho de que estas mujeres son vistas como muchachas subordinadas al patrón que dependen de la buena voluntad de este para poseer garantías laborales que por derecho les pertenecen.

Fotografía de Fernando Chuy

Invisibilización y desvalorización del trabajo doméstico

La segunda razón por la que el trabajo doméstico no es visto como trabajo productivo, deviene de la racionalidad de la división sexual del trabajo a partir de la cual existe una asignación de ciertas destrezas y cualidades físicas, intelectuales o emocionales según el sexo, esta cualificación tiene sus orígenes en la acumulación originaria del capital. Aquí se les atribuye a las mujeres la tarea de la reproducción y crianza de los hijos, la satisfacción sexual del esposo, la preparación de alimentos para la familia, y por último las labores domésticas del hogar.

Este hecho generó la invisibilización del trabajo que millones de mujeres han llevado a cabo durante siglos, y cuando las mujeres empezaron a salir de sus casas para insertarse en el mercado laboral se encontraron con la dificultad de “obtener cualquier empleo que no fuese de la condición más baja: como sirvientas domésticas (la ocupación de un tercio de la mano de obra femenina), peones rurales, hilanderas, tejedoras, bordadoras, vendedoras ambulantes o amas de crianza. (Federici, 2010, p. 143). El proceso que hizo invisible el trabajo de las mujeres, es el mismo que dio pauta para que las mujeres fueran un sujeto socialmente desvalorizado y por ende su trabajo también.

Podemos observar en Roma, la aclamada película del director Alfonso Cuarón, cómo se evidencian las relaciones de poder de índole colonial en este ámbito laboral, así como también la naturaleza invisibilizada de este trabajo. En esta película vemos cómo Cleo –trabajadora doméstica indígena- (interpretada por Yalitza Aparicio) debe dormir y vivir en un apartado especial afuera de la casa donde trabaja, y también como en repetidas ocasiones recibe un trato que no necesariamente es adecuado. Sin embargo, vemos que Sofía (Marina de Tavira) es una patrona amable y bondadosa, en donde esto no necesariamente nos dice que esté exenta de tratar a Cleo como una sirvienta y de que esta última tenga sus derechos y garantías laborales tal como lo vemos.

Quiero concluir haciendo un llamado a que rompamos con los estereotipos que evidencian los resabios coloniales y racistas, como llamarle maría, muchacha o sirvienta a las mujeres que trabajan en los hogares. Así como a reflexionar acerca la necesaria visibilización de este trabajo como trabajo productivo, y que el Estado de Guatemala vele por los derechos laborales de las trabajadoras domésticas para que puedan contar con estas garantías en momentos como los que estamos viviendo con la pandemia del COVID-19.

Referencias

Cumes, A. E. (2019). La “india” como “sirvienta”: Servidumbre doméstica, colonialismo y patriarcado en Guatemala. En Ana Silvia Monzón (Ed.), Antología del pensamiento crítico guatemalteco contemporáneo (1a ed., pp. 569–608). CLACSO.
Federici, S. (2010). Calibán y la bruja: Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Madrid: Traficantes de Sueños.
Gamarro, U. (2019, 20 diciembre). ¿Cuánto representó la economía informal en Guatemala en 2019? Prensa Libre. Recuperado de https://www.prensalibre.com/economia/cuanto-represento-la-economia-informal-en-guatemala-en-2019/
Participant Media (productora) & Cuarón, Alfonso (director). (2018). Roma [cinta cinematográfica]. México: Esperanto Filmoj.
Torricelli, O. (2019, 28 junio). Vida en el Planeta – Trabajadoras domésticas en Guatemala reclaman sus derechos. Recuperado 23 marzo, 2020, de http://www.rfi.fr/es/americas/20190624-las-trabajadoras-domesticas-guatameltecas-exigen-sus-derechos

*Este artículo fue publicado originalmente el 29 de marzo de 2020

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