Tras las huellas del tren de la miseria

Línea del tren, Museo del Ferrocarril

Fotografía de El Miljos

Durante muchos años, día tras día mientras esperaba en la fila de carros sobre el puente Belice, observé maravillado hacía el otro puente, el de al lado, el de madera y hierro que se eleva sobre cientos de covachas, un cementerio y un río de aguas negras; el puente Las Vacas me ponía nostálgico recordando mi niñez.

De niño solía ir con mis amigos a ver cómo pasaba el tren cerca de mi casa, en la ruta al Atlántico, zona 18. Nos metíamos entre unos pajonales y pronto encontrábamos las vías férreas y nos sentábamos a esperar. Pegábamos las orejas al hierro de los rieles y pronto estos comenzaban a vibrar. Colocábamos sobre ellos «chocas», «tapitas» y pequeñas rocas. Entre los pajonales se escurría una nube gigantesca de tóxico humo negro, cada vez el sonido era más fuerte y ensordecedor. Mientras pasaba saludábamos con las manos. Algunas veces el maquinista u otra persona nos devolvía el saludo. Luego recogíamos los objetos totalmente aplastados, o partidos, y nos los llevábamos a casa como un bonito recuerdo.

Quizá tenía diez o doce años cuando un día decidimos seguir al tren. Esas vías eran interminables y sabíamos que se iban retorciendo entre túneles y barrancos. Pero no llegamos muy lejos ya que el primer puente de madera nos detuvo. El puente, que en ese entonces me pareció descomunal, parecía estar suspendido en el aire a más de 100 metros de altura. Los durmientes estaban tan separados entre sí, que la sensación de caída libre era inminente. Eso nos aterró y decidimos regresar. Pasaron más de veinte años para que me volviera a animar a regresar a ese lugar.

Estaba en la puerta del Museo del Ferrocarril cuando emprendí un viaje a ninguna parte, no sabía exactamente dónde iba a terminar, solamente sabía que quería llegar lejos, muy lejos. Y aunque llevaba un mapa de las vías férreas en mi mochila, no había planificado ninguna meta, ni cima, ni objetivo claro; no buscaba récords, ni velocidades… nada. Y así fue el inicio de un recorrido a pie y en solitario que me llevaría hasta el final de la línea férrea, en Puerto Barrios, a más de 300 kilómetros de distancia.

Línea del tren, ferrocarril de Guatemala

Fotografía de El Miljos

Los primeros pasos

Al principio no encontré mayor motivación, edificios antiguos, descuidados y algunos abandonados; las calles de la zona 1 estaban atestadas de vehículos, como siempre y el olor a combustible quemado impregnaba el ambiente. Me dio un poco de cheles cuando me acercaba al área conocida como «La Línea», un ambiente que sulfura pobreza extrema adornada de prostitución, drogas y alcoholismo. Había muchos niños jugando por ahí, corriendo y pateando pelotas entre el barro. Me detuve de repente en un durmiente que no era de madera, en realidad era un humano, o lo que quedaba de él. Se trataba de un borracho vestido con ropa elegante, aunque estaba toda vomitada y se había orinado encima. Supongo que le habrían robado sus zapatos, aún tenía los calcetines puestos. En su rostro se arremolinaban moscas mientras burbujeaban de su boca alegres pompas de baba.

Cerca, otro borracho era sacado a patadas de un cuartucho de lámina mientras varias prostitutas lo insultaban. Sin darme cuenta una muchacha joven se me acercó cruzándome el paso, me pegó un buen susto. A pesar de que ella estaba exageradamente maquillada se le notaba bastante demacrada; se rió de mi sobresalto y me dijo algo muy tierno:

¿Querés chimar, conmigo?

La línea, prostituta.

Fotografía de El Miljos

Después de pasar bastantes nervios y miedo de, sinceramente no sé por qué, ni siquiera fui capaz de sacar mi cámara de fotos. Más adelante cerca del Pemem II, vi un lavadero comunal en el que había dos señoras lavando ropa. El lavadero no tardaría mucho tiempo ahí, pocos meses después lo convertirían en una cancha de baloncesto. Varias calles más adelante la línea férrea se internaba en el mercado San Martín, en donde en algún momento perdí los rieles entre puestos de venta de frutas, verduras, antigüedades, ropa usada, celulares de dudosa procedencia y películas pirateadas. Me detuve en un puesto de jugos naturales para calmar la sed, estaba ansioso, sabía que pronto llegaría a un gran obstáculo: el puente Las Vacas.

 

Vencer viejos miedos

Al puente le tenía mucho respeto, tiene más de 200 metros de largo, más de 100 de alto y más de un siglo de antigüedad. Los durmientes, muy bien conservados a pesar de los años, están separados varios centímetros entre ellos, mi pie a pesar de ser pequeño no cabría entre ellos, pero estar ahí arriba viendo directamente hacia el precipicio daba la sensación de que caería entre ellos y me iría hasta el fondo.

El viento soplaba, no tan fuerte en realidad, pero lo suficiente para darme desconfianza. Hacía frío, pero iba sudando. Avancé lento, calculando mentalmente cada paso de durmiente a durmiente. Llevaba largo rato con la sensación de que mis piernas temblaban hasta que me detuve. Levanté la mirada, aún no había llegado ni a la mitad del recorrido.

La panorámica era impresionante, ese día estaba despejado gracias a los vientos fríos de noviembre. Hacia el sur se extendía el barranco con paredes cubiertas de árboles; al fondo, un río de aguas negras que a la distancia parecía hermoso; había un cementerio colgado de las paredes del barranco, mientras los nichos iban descendiendo la cuesta se expandían en cantidad, abriéndose en el valle hasta donde les cortaba el paso las casitas humildes de lámina de zinc que reflejaban la luz del sol. Hacía el norte sobresalía el otro puente, el Belice, con un fondo verde de frondosos árboles, se escuchaban las bocinas y motores de cientos automóviles que peleaban en el congestionamiento, dándole un aspecto sombrío y sucio. Dirigí mi vista directamente hacia abajo, entre mis pies, mirando a través de los durmientes de madera y los carros que pasaban abajo por la Calzada de la Paz se veían diminutos, aproveché para sacar un par de fotos y seguí. Por fin llegué al final. ¡Vencí mi temor!

Mi sorpresa fue mayúscula al darme cuenta que el puente de Las Vacas sería uno de los puentes más sencillos de atravesar durante todo el viaje. Aunque este guardaba varios peligros, al finalizar, una parte del puente pasaba por detrás de una constructora y me salieron al paso dos policías privados.

—¿Qué está haciendo por aquí? —me preguntaron mientras uno de ellos ponía su mano sobre su arma. Mi respuesta fue de lo más obvia:

Caminando —dije. Lo cual era verdad, cosa que les extrañó mucho. Pero me dejaron pasar.

Loco pisado —alcancé a escuchar que dijo uno de ellos.

Al menos no me dispararon. Porque en Guatemala causa terror ver a alguien que se muestre libre, les ofende esa libertad y rápidamente salen con actitudes represivas.

Cuando llegué a la zona “más peligrosa” de la ciudad, la zona 18, me sentí tranquilo, porque estaba cerca de casa y conocía muy bien el lugar. Mucha pobreza se concentra por esa zona, pero tiene su encanto. Aproveché para comprar leche al pie de las cabras que pastaban cerca de Pinares del Norte.

Así cuida Guatemala el patrimonio histórico y cultural

Pasando Llano Largo me esperaba una grata sorpresa, una persona me preguntó a dónde me dirigía, como muchas lo harían durante todo el recorrido, pero este preguntó de manera diferente, realmente estaba interesado en lo que estaba haciendo. Él era un antiguo maquinista, él y su padre habían trabajado en las vías férreas. Me invitó a unas aguas y luego me dijo que quería enseñarme algo importante. Cerca de un barrio de El Fiscal, existe un monumento abandonado, antiguamente tenía cuatro placas de bronce con el himno nacional en relieve (uno de ellos se conserva en el Museo del Ferrocarril). Luego nos alejamos de la línea y me llevó a un paredón cerca de un puente, y con un machete quitó la maleza para descubrir un escudo nacional de más de 100 años labrado en piedra por los constructores de la línea férrea. Está abandonado y bastante deteriorado, me dijo que así era como en Guatemala se cuida el patrimonio histórico y cultural. Me aconsejó de lo que encontraría más adelante y nos despedimos.

Ferrocarril de Guatemala

Fotografía de Christian Rodríguez

Cuando llegué a los puentes curvos me quedé impresionado, las vistas eran increíbles. El puente estaba en perfecto estado, al menos en esa ocasión, cuando regresé un año más tarde lo habían incendiado para robarle gran parte de su estructura.

Cientos, miles, millones de piezas de obsidiana adornaban los terrenos circundantes. Cerca estaba de llegar a Aguas Calientes, y antes de atravesar un hermoso túnel de unos 100 metros de largo tuve que atravesar dos impresionantes puentes, probablemente los más bellos que haya visto en todo el recorrido.

Ferrocarril de Guatemala

Fotografía de Christian Rodríguez

Llegué cerca de Aguas Calientes, lugar donde pensé que podría ser el final del viaje, ese día había caminado 34 kilómetros, suficientes para un día lleno de emociones. Falta atravesar el puente que se eleva sobre el IRTRA. No era fácil, le faltan varios durmientes por lo que hay que ir con mucho cuidado. Si algo salía mal podría caer e irme directo al precipicio. Así que fui muy cauteloso, pero de repente pasó alguien tan rápido que casi me atropella. Era un señor con una carga enorme de leña a la espalda que había pasado gritando que me quitara de su camino.

Comí en un puesto callejero, de esos que abarrotan la salida del parque acuático, con todo tipo de frituras, refrescos y frutas frescas. Mientras comía dudaba y dudaba de lo que haría a continuación, ahí podría simplemente subirme a un bus y regresar tranquilamente a casa. Pero finalmente me decidí, me alejé de las casas y me metí al cerro buscando un sitio escondido para colgar mi hamaca y pasar la noche. El viaje sería mucho más largo de lo que tenía en mente.

El siguiente día amaneció con una luz preciosa, noviembre suele traer bajas temperaturas, fuertes vientos y por ende cielos despejados. Era consciente de que la línea del tren desde ese punto se alejaba cada vez más de las poblaciones y de la carretera interamericana, pero estaba decidido a continuar la travesía.

Miré el mapa con detalle y calculé mentalmente lo que podría caminar a diario, unos 30 km eran suficientes, pero tenía que asegurarme de poder llegar a algún poblado para abastecerme de comida y bebida.

Línea del tren, túnel, ferrocarril de Guatemala

Fotografía de Christian Rodríguez

En una empinada cuesta, la línea del tren se adentraba a un oscuro túnel para salir del otro lado de la montaña. Este túnel me trajo memorias de mi niñez, de una excursión en tren que realizamos en la escuela. Recuerdo que esperábamos ansiosos atravesar ese mismo túnel para hacer travesuras en la oscuridad. Algunas parejitas de enamorados se sentaron juntas, pero la mayoría, que no teníamos pareja les teníamos preparada una sorpresa: les tiraríamos harina durante el paso del túnel. Pero la cosa se descontroló, dentro del túnel se comenzaron a escuchar gritos, risas, golpes y salieron objetos volando por todos lados. Salimos del tren bañados nosotros mismos en harina, a algunos les tiraron sus pertenencias por la ventana y yo resulté con un ojo morado de un zapatazo.

 

Un pequeño error de cálculo

Al salir del túnel vi que la línea del tren seguía por muchos kilómetros paralelo al río. Varios puentes de hierro y madera, de más de 100 años de antigüedad, que jugaban de pasarse de un lado al otro del río en una zigzagueante senda entre montañas. Había caminado mucho ese día y mis cálculos en tiempo no concordaban con lo que había planeado esa mañana. Me entró la duda y me senté a ver más detenidamente el mapa, y ahí caí en cuenta en un grave error. El mapa que llevaba era de 1957 y estaba medido en millas, no en kilómetros, por lo que las distancias resultarían mucho más largas de lo que había planificado. Además, muchos de los poblados que aparecían en el mapa habían sido abandonados luego de que el ferrocarril dejara de transitar por esas tierras. Así que estaba jodido, me impacienté y tuve que caminar más rápidamente.

Cerca de la aldea Cucajol me encontré con una persona que cargaba un costal lleno de naranjas. Nos detuvimos a conversar, él creía que yo era trabajador del ferrocarril, su padre y su abuelo sí lo habían sido y le daba tristeza saber que el tren ya no funcionaba. Su familia se había visto muy afectada por la desaparición del ferrocarril, perdieron sus trabajos y se comenzaron a dedicar a la agricultura. —Desde entonces pasamos muchas penas —me dijo, entre otras cosas. Antes de despedirnos, me regaló un par de naranjas y me invitó a quedarme a dormir en su casa.

 

Pobreza, una postal que se repite en el oriente

Los días siguientes la caminata se complicaba, no solamente por las distancias que había calculado mal, también las altas temperaturas de oriente cada vez golpeaban con mayor fuerza mientras descendía de altitud, pero sobretodo me afectaba algo que no tenía nada que ver con el «senderismo extremo», y era pasar por guetos de champas y chabolas donde vivían personas en condiciones de extrema pobreza.

Fotografía de Christian Rodríguez

La mayoría de niños y niñas andaban descalzos o calzaban zapatos totalmente destrozados, vestían con harapos llenos de mugre, sus cabellos estaban sucios y sus rostros ennegrecidos por el barro de la mezcla de tierra con mocos. Pero eran felices, se acercaban a mí para preguntarme todo tipo de cosas. Eran muy curiosos, me pedían que les sacara fotos y luego que les enseñara a usar la cámara. Terminaban sacándose las fotos ellos mismos con mi cámara. Esa escena se repitió por el interminable sendero, interrumpido nada más por áreas llenas de naturaleza impresionante donde a lo lejos me saludaban niños y adultos que estaban trabajando la tierra.

Fotografía de Christian Rodríguez

Varias veces me topé con mujeres que lavaban ropa en el río mientras sus hijos e hijas se divertían nadando en las posas. Casi todas las mujeres, menos las más jóvenes, estaban con los pechos al aire, no se inmutaban al ver a un extraño, es más, bromeaban con una invitación para unirme a una supuesta fiesta. A las mujeres más bromistas, y que reían sin parar, les calculaba edades entre los 50 y 70 años, quizá más.

Fotografía de Christian Rodríguez

En cada aldea intentaba comprar algo de fruta o tortillas, pero muchas veces las personas con las que me paraba a platicar insistían en regalarme algo para el camino. Eran constantes las pláticas en las que me recordaban que años atrás pasaban por ahí muchas personas gracias al ferrocarril y como sus vidas habían cambiado, no siempre para bien.

Mientras me alejaba de la ciudad de Zacapa, el paisaje se tornaba más hostil. Paralelamente al río Motagua sobre la línea férrea no quedaban poblaciones a la vista, solo vestigios de antiguas estaciones semidestruidas.  Me impacienté, porque cada vez veía más y más serpientes que descansaban entre los durmientes o se atravesaban de un lado a otro.

No había comido ni bebido nada en horas bajo el implacable sol. De repente, me encontré con unos niños que jugaban en la tierra y les pregunté por un lugar donde conseguir comida y algo de beber. Salió la madre de los niños, de unos 30 años, vivía ahí con dos hermanas y otros sobrinos. Casi todas eran mujeres, menos un niño de unos 7 años y el abuelo, que tenía más de 90. El resto de hombres habían migrado a Estados Unidos.

Fotografía de Christian Rodríguez

Me invitaron a quedarme, pensaron que yo era un investigador, ya que recordaban que unos diez años antes un joven estudiante llegó a estudiar unas arañas endémicas del lugar. Después de él no habían visto a nadie más pasar por ahí. El siguiente día me invitaron a una excursión, fuimos todos menos el abuelo, que era ciego y había perdido el habla años atrás, él solo quería pasar el día entero sentado en una hamaca. Me enseñaron los terrenos que se extendían hasta las laderas de una montaña, con un pequeño riachuelo en donde vivían las famosas arañas. Desde lo alto se veía un pequeño sendero, este le unía a otro poblado a unos 3 kilómetros de distancia, el mismo que recorrían las niñas todos los días para ir a la escuela, pero ahora estaban de vacaciones.

 

¿Cuánto tiempo has aguantado sin comer?

Lejos de ahí fui pasando por aldeas más pobladas: Biafra, Bainilla e Iguana en las que vi más y más pobreza. Muchas personas vivían en casas hechas de cartón, plástico y palos atravesados. No tenían nada, ni energía eléctrica, ni agua, ni siquiera una letrina, iban a hacer sus necesidades al monte.

Al enterarse de mi viaje me invitaban a comer o a beber algo mientras me hacían preguntas de todo tipo. Don Jorge tenía mucha curiosidad de quién era yo, y por qué estaba haciendo la caminata. Sinceramente yo no tenía mucho que contarle, su historia era mucho más interesante que la mía. Don Jorge había sido profesor, de los buenos, incentivaba a sus alumnos a poner en duda lo que les enseñaban para que por ellos mismos investigaran y aprendieran. Pero durante la guerra esto no agradó a sus jefes, se corrió la voz de que él apoyaba a la guerrilla y el día que llegó el ejército a llevárselo él ya se había escapado a la montaña. Vivió en solitario muchos años, volvió a su casa muchos años después de haber terminado la guerra. Su casa ya no existía, ni sus vecinos, solo estaba el terreno junto a la línea férrea abandonada. Ahora con sus seis hijos se dedica a la agricultura y venden sus productos en la población más cercana que está a una hora andando desde allí.

Don Jorge me dio el contacto de una persona en la aldea Managua, me daría de comer y un lugar para dormir en ese sitio. Mi plan era seguir muchos kilómetros más adelante, pero al llegar al lugar me impresionó tanto su belleza que decidí quedarme. La casa estaba en lo alto de una colina con una vista privilegiada de un puente y dos caudalosos ríos que se juntaban en el lugar.

Allí me puse a hacer apuntes, después de haber jugado pelota con unos niños. Uno de ellos me lanzó una pregunta incómoda:

¿Cuánto ha sido el mayor tiempo que ha pasado sin comer?

Dos días —respondí. No me quedó más que mentir. Aunque era pobre jamás había pasado hambre en mi vida.

Me respondió de modo orgulloso que, una vez él y su familia, habían aguantado sin comer durante siete días, solamente bebieron agua y comieron algunas semillas y raíces que encontraron. Su hermano mayor lo corroboró, aunque dijo que habían sido más días.

Al caer la noche tuvimos una cena en la casa de don Martín, con una conversación muy amena, él y su esposa vivían solos, sus hijos habían seguido el mismo rumbo que gran parte de la población joven, habían migrado al norte.

Los siguientes días bebí poco y comí casi nada, por momentos me dolía el estómago del hambre, pero estaba seguro de que no era nada comparado con el hambre que vivían esas personas prácticamente todos los días de su vida. Sus historias estaban siendo tan difíciles de digerir que sentía un terrible peso en mi consciencia.

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Quince días después de haber iniciado mi travesía, había recorrido los 317 kilómetros que unen la vía férrea de Guatemala a Puerto Barrios. Muchas de las historias las tengo bien grabadas en mi mente, unas más dolorosas que otras, pero todas trágicas, injustas y sin un futuro prometedor.

Al regreso, un medio de comunicación se interesó en publicar una nota sobre el viaje.  Así que repetimos los primeros 30 km con un equipo de periodistas y amigos, y publicaron un artículo de tres páginas en un periódico de gran circulación en el país. Por otra parte el viaje fue aplaudido por varias entidades y se expusieron mis fotos del recorrido en el Museo del Ferrocarril.

Llamaba la atención que habían otros senderistas realizando rutas parecidas, igual de largas pero en peores condiciones, sin embargo a estas caminatas los medios de comunicación las satanizaban. Marchas indígenas y campesinas reclamaban el respeto de sus tierras y solicitaban apoyo al gobierno para poder enfrentar el hambre y la pobreza. Recibían como respuesta mensajes racistas, clasistas y llenos de odio, todo lo contrario a lo que me decían a mí por un viaje que no tenía ningún provecho, más que pura y simple satisfacción personal.

Esos mensajes en contra de las manifestaciones siempre llevan la misma consigna, poniendo al derecho de una vida digna por debajo del «derecho de libre locomoción», que se refiere al derecho de migrar, al de traspasar fronteras exclusivamente… y no al supuesto «derecho» de que nos dejen pasar para ir al trabajo o a ver el partido de fútbol.

Autor: Christian Rodríguez

(Guatemala, 1976). Practico montañismo desde que era niño en los barrancos de la zona 18. Migré a tierras vascas en 2009, siguiendo el amor. Soy miembro fundador de la asociación de montañismo inclusivo IBILKI, he colaborado y trabajado con otras asociaciones que trabajan temas de pueblos indígenas, multiculturalidad, migración y deporte adaptado.

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