Tres historias de fetos sobrevivientes

CUANDO EL FETO PROGRESA EN LA VIDA

Fotografía de Fernando Chuy

Ciertos fetos alcanzan la mayoría de edad y empiezan a usar saco y corbata y a pasearse por los laberintos de los ministerios y las intendencias. A veces tienen un cubículo propio donde pasan horas llenando formas, hablando con gente invisible, viendo a su niño interior ahogarse en las sucesivas tazas de café que los mantienen despiertos. A la hora de almuerzo flotan en sopas de letras que salpican ligeramente la mica de sus escritorios, leyendo páginas amarillas con generosas ofertas psiquiátricas y de remedios chinos para el endurecimiento del falo. Justo cuando más aqueja una resaca de la noche anterior, son obligados a mantener reuniones intempestivas con el jefe inmediato, personaje obeso y brilloso que  escupe gritos mientras sus hígados envenenados —es decir, de los fetos subordinados—  soportan estoicamente y sus mentes divagan transportándose a la época adolescente en la que solían imaginar que la boca de Shakira era su mano. Luego toca esperar con o sin paciencia ese retorno circular de las agujas que renueve su fe en el final del día, su esperanza en que la vida alguna vez sea más que esto.

Otros fetos no corren con tanta suerte.

Fotografía de Fernando Chuy

CUANDO EL FETO SOBREVIVE PARA CONVERTIRSE EN HONORABLE DOCTOR

Para que un feto se convierta en médico de otros fetos, tiene que pasar varios años de su vida post-uterina viviendo como un zombi. Durante esa época su semblante llega a parecer el de un drogadicto desvelado, pero a decir verdad prima más lo segundo que lo primero. Cuando no está estudiando manuales del sistema linfático, hace turnos nocturnos. En ellos aprovecha los pocos momentos sin actividad para dormir, o intentar dormir, en las camillas; lidia con fetos desahuciados y resentidos con el mundo que intentarán pincharlo para transmitirle los virus que galopan en sus sangres; atiende urgencias de fetos accidentados y de fetos víctimas de reyertas alcohólicas con machete o equis objetos punzo-contundentes a las tantas de la madrugada. A este sacrificio los fetos le llaman vocación. A veces la vocación obliga hacerse adicto a las anfetaminas, y su sistema nervioso va de peor a mucho peor. Y toda esta vida desperdiciada pa’ qué, dice a sus adentros. Olvida la promesa al cerrar la carrera media, cuando contaba a sus compañeritos que estudiaría Medicina porque los fetos doctores ganan mucho dinero. Pasa que cuando los gobiernos de fetos vampiros empiezan a privatizar hasta lo imaginario, a la par algunos fetos doctores amasan pequeñas fortunas. Remarquemos la palabra “algunos”. Es evidente que los jóvenes fetos bachilleres no saben cómo funciona el mundo, tan económicamente desproporcionado. Es más, puede que incluso el feto estudiante de medicina no llegue a saber nunca cómo funciona el mundo; por eso hasta se alegra cuando una hembra feto adulta expulsa a un nuevo feto condenado a la existencia, con ayuda y supervisión de sus orgullosas manos quirúrgicas. La señora feto, felizmente, le da las gracias. El fetito chilla sin consuelo; acaso intuye lo que le espera.

FETUS INGENIERUS

El o la o elle que vino al mundo para hacerse feto ingenierx, tiene que ser bueno en matemáticas. Por esta razón les fetos profesores de matemáticas enseñan esta materia como al revés, para que los fetitos se desalienten tempranamente y la tribu de ingenierística mantenga el prestigio y exclusividad que los hizo leyenda en primera instancia —1 de cada 20 mil fetos sobrevivientes se vuelve ingenierx—. Nadie dijo nunca «imagina que esta vida pequeñita que llevas ahí podría ser juez de instrucción de lo Contencioso Administrativo, litigante de la Defensa Pública Penal o auditor»; menos imaginable pedir un barrenderito, un historiador u otro oficio noble pero impopular. Nanay… El capricho dicta que la panza albergue a un ingenierx en potencia, o no valdría la pena sobrevivir a la indecisión de la parturienta.

De todas formas el prestigio de este feto legendario va en franca decadencia desde que una de las obras ingenieriles más ambiciosas de la historia, una circunvalación mejor conocida en el Tercer Mundo como El libramiento de Chimaltenango, se desmoronó con las primeras lluvias del invierno en un país de esos desgraciados en los que abundan los partos de niñas menores de edad, poniendo a prueba una vez más los límites de la estupidez humana.  

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