Una casa es como un traje

Fotografía de Sergio Álvarez

En Venezuela para tener una vivienda mi generación conoció 2 formas tradicionales: La compra de una casa fabricada en algún urbanismo accesible económicamente para la clase rica y la clase media. Y la construcción de precarias habitaciones hechas con material básico para brindar mínima protección del sol y la lluvia denominados “ranchos” para los pobres. Ante esa realidad el gobierno en el año 2011 inició un programa social destinado a la construcción de urbanismos para asignarles viviendas a las familias del proletariado, ello vendría a ser una tercera opción para vivir.

Pero acá, como en toda nación, existe el grupo de los obstinados, los tercos que no se ajustan a los moldes prefabricados, dentro de los cuales me incluyo. Llegué a la edad adulta, con título profesional y en pleno ejercicio de la carrera, los resultados en la calculadora me indicaban que necesitaría reunir la inmortal cifra de 130 años de trabajo continuo sin vacaciones y sin gastar un centavo en nada más, para poder comprar una casa promedio dentro de un urbanismo. Lo más grave de ese cálculo es que al llegar a reunir el dinero, el costo inicial habría subido tanto por la inflación, que tendría que reunir otros 200 años y así sucesivamente. ¡NO! Definitivamente no hipotecaria mi futuro a favor de los bolsillos de las empresas inmobiliarias.

Fotografía de Sergio Álvarez.

Los ranchos en lugar de ser viviendas, pudieran ser llamados “muriendas” porque allí sus habitantes no viven, mueren lentamente entre el polvo y la miseria. Así que tampoco era una opción a donde mudarme. Y recibí muchas invitaciones para inscribirme en la lista para optar por una vivienda del programa social de gobierno. Viendo familias numerosas que necesitaban beneficiarse más urgente que yo (soltero), preferí contentarme compartiendo la alegría de los compañeros a quienes se les asignaban las viviendas, pero además pude ver que en otros casos había que estar en gracia con los politiqueros locales o pagar una suma de dinero para poder recibir el beneficio. ¡NO! Definitivamente no le quitaría la oportunidad a una familia constituida, ni hipotecaría mi dignidad ante gestores corruptos.

A fin de cuentas ¿Por qué tenía que vivir dentro de una estructura diseñada en la mente de un ingeniero empresarial o gubernamental que no tiene nada que ver conmigo?, considero que una casa es como un traje, debe ser confeccionado desde el inicio al gusto y la medida de quien la usará. Y entre la plática y el cocuy (bebida alcohólica tradicional de Venezuela) junto a mis amigos parimos la idea de construir nuestras viviendas. José Gregorio nos llevó al terreno ideal, Caribay que también andaba con la misma idea nos llevó con Yelitza, la arquitecta popular que transforma los sueños en diseños factibles. Yeli nos llevó con Santiago el constructor de los mejores bloques de adobe, dejamos de hablar y comenzamos a hacer, desde el bloque fundacional firmado y besado, uno sobre otro a manera de rompecabezas, amasando el barro con el sudor, con la ayuda de las manos de “La Nore” “El Tío” “El Negro”, Pastor, Héctor, Heribert, Agüero, Cary, Andrés, y otros amigos, imprimiendo la mejor energía a cada centímetro de la casa.

Fotografía de Sergio Álvarez

— Qué tal si usamos la rueda vieja de un tren como ventana?

— ¿Y si ponemos una puerta trasera por donde se escape tu hijo?

— ¡Pero si yo ni tengo hijos!

— Pero algún día los tendrás y necesitarán escaparse de ti

Fragmento de una conversación en una cayapa constructora.

Fotografía de Sergio Álvarez

Ningún rey en castillo alguno se sintió tan a gusto en su morada, como el plebeyo que hizo la suya como le vino en gana, este último absuelto ante la pregunta del juicio final: Las obras de tus manos ¿construyeron o destruyeron?

El sueño de la casa ideal de Víctor, aún en proceso de construcción.

El cofre, Venezuela  septiembre 2018.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *