¡Usen la pasarela… pendejos! (o por qué es más fácil subir montañas)

¡PUMMM! Sonó el cuentazo. Cuando pude abrir los ojos vi cómo me arrastraba con la espalda sobre el asfalto. Mi motona chopper, de fabricación china, pasó arrastrándose a la par mía junto a un montón de pedacitos de cristal, plástico y metal rotos que saltaban alegres en el asfalto.

Fotografía de Fernando Chuy

Había perdido el conocimiento una mierdécima de segundo, antes solo recuerdo a una señora mayor atravesándose la carretera justo debajo de una pasarela y quedar enfrente de mí. Todo pasó tan rápido que no pude hacer nada para evitar atropellarla.

Pude levantarme. No tenía dolor ni nada, quizá por la adrenalina, porque mi espalda estaba hecha huevo. Parte de mi chaqueta de cuero se había desintegrado por la fricción con el pavimento y varios trocitos calcinados los tenía incrustados en la piel.

Váyase patojo, usted no tuvo la culpa —me decía la gente—. Si se queda lo van a joder, no sea mula.

Otro motorista se detuvo, fue a levantar mi moto, me la acercó y hasta creo que llegó a arrancarla. Le escuché decir: —No seas mula mano, andate. La doña tuvo la culpa por no usar la pasarela.

En ese momento, por pura casualidad, la policía estaba pasando justo en el lugar. Todo el mundo me apoyaba diciéndoles que yo no tenía la culpa. Fue cuando uno de los policías se me acercó —Mano —me dijo—. Yo también le aconsejo que se vaya.

Mi conciencia hacía ver que la moto pesaba un chingo y que la doñita se había llevado la peor parte. Mis raspones no eran para tanto, ella en cambio tenía varios huesos rotos y una fractura expuesta. Así que me quedé. Yo no tenía la culpa y, sinceramente, tampoco la tenía la doñita.

Doña Marcela (creo que así se llamaba) tenía unos 75 años, luego me enteré que padecía Alzheimer y le costaba caminar, no digamos subirse a una estructura que se supone es para peatones, pero realmente NO LO ES. Las pasarelas en Guatemala no están diseñadas para las personas, las hacen para no joder a los conductores.

En los países desarrollados no existen las pasarelas, existen pasos peatonales que están a ras del suelo, marcados con franjas blancas o con pequeños túmulos donde los conductores se detienen porque el peatón SIEMPRE lleva la vía. Esa es la norma general.

 

¡Ahhh pero en Guatelinda!

Los amos y señores del espacio público son los automovilistas. Es casi que un pecado exigirles mayor esfuerzo que el de pisar el acelerador. ¡Válgame Maximón! que tengan que accionar el freno para dejar pasar a las personas al otro lado de la calle, ya suficiente tienen con aguantar el pesado congestionamiento.

Fotografía de Fernando Chuy

Recuerdo cuando salí por primera vez del país, estaba en México y no sabía cómo atravesar la calle con miles de miles de automóviles en una vía de 3 carriles. No sabía cómo funcionaba hasta que apareció un niño como de unos 8 años, un estudiante con su mochilita en la espalda, simplemente comenzó a caminar sobre las franjas blancas. Él iba solo y ni siquiera vio a los lados. Pensé que lo iban a tirar a la chingada, como hubiera ocurrido en Guatemala, pero no, al contrario, todos los automóviles se detuvieron y no siguieron sino hasta que él niño subió a la acera del otro lado.

En Guatemala los pasos peatonales no los respetan, por eso han construido esas horribles y costosas estructuras, las pasarelas. Es algo así como que alguien que puede caminar de pronto decide comprarse una costosa silla de ruedas y usarla por las calles por el simple hecho de complicarse la vida. No suena lógico no, pues las pasarelas tampoco lo son.

No hace mucho, frente de MetroNorte me tocó ayudar a una señora que por ir viendo que los cables de tensión no le toparan en la cabeza a su hijo, pasaron por un lado del escalón, no por en medio donde hay una viga de concreto, y éste se dio la vuelta, cayendo la plancha de concreto hasta el suelo. Afortunadamente no le abrió el ayote a nadie, pero la señora quedó con la mitad del cuerpo colgando en el precipicio aferrada de su pequeño hijo quien daba gritos de desesperación. Vaya que habíamos varias personas y entre todas la pusimos a salvo.

Muchas personas se han lesionado en las pasarelas, quedándoseles los pies trabados en los espacios entre grada y grada, caerse rodando por los escalones, caerse con todo y escalones viejos o mal diseñados, caerse hasta el suelo al romperse la barandilla y hasta un don que se electrocutó cuando pintaba un cartel en una pasarela de metal y un cable de alta tensión tocó la barandilla.  Eso sin mencionar los violentos robos y asaltos que en algunas pasarelas son bien conocidos, en 2018 incluso atraparon a un violador en serie quien habría violado a 8 mujeres en diferentes pasarelas de la ciudad. 

Mi padre, como muchísimas personas más en silla de ruedas, tampoco podía usar las pasarelas. Normalmente a ellos les toca moverse más y más cuadras para buscar un semáforo o algún espacio donde puedan parar el tráfico. Y aunque quisieran pasarse por debajo de las pasarelas en muchas es imposible, porque nuevamente para proteger a los pobres conductores han puesto mallas metálicas. Así que les toca avanzar entre 4 y 5 cuadras más para luego regresar al punto al que querían llegar, simplemente al otro lado de la calle.

Quienes nunca han ido en silla de ruedas, o empujado una, quizá no se dan cuenta que ir por estrechas banquetas llenas de hoyos, concreto quebrado, escalones, charcos y postes (hasta por chingar) representa un esfuerzo mayúsculo. ¿Y si le agregan aquellas torrenciales lluvias? Pues eso toca de vez en cuando. Hay que rifársela para abrirse paso entre esas banquetas hechas pedazos, más la gente, la mierda de los chuchos, mendigos y ventas callejeras. Al final es más fácil bajarse de la banqueta y lidiar con carros, camionetas, motos y tuc-tucs, para medio poder avanzar con mayor facilidad.

Muy pocas pasarelas tienen rampas, pero estas también requieren de un esfuerzo mayor porque para subirlas, tomando en cuenta de que se está cuidando a los conductores, las hacen muy altas, con desniveles grandes y cuestas pronunciadas. En ellas las bajadas son peligrosas, no es fácil controlar una silla de ruedas cuesta abajo, muchas personas se caen, se golpean con las barandas o se estrellan.

¡Usen la pasarela pendejos! —gritan quienes van cómodamente sentados en su carrito. No se dan cuenta del esfuerzo que representa para muchas personas subir, y sobretodo bajar, escalones. Y es que no solamente es difícil para las personas en sillas de ruedas, también es complicado para personas con lesiones, que cargan niños, ancianas, mujeres embarazadas, personas obesas, con enanismo, ciegas y un gran número de personas con discapacidades intelectuales. Eso también lo complica todo.

 

Es más fácil subir montañas que pasarelas

Puedo asegurar que es más fácil subir montañas que pasarelas. Esto lo digo con certeza. Llevo más de una década trabajando inclusión social con personas discapacitadas a través de programas de senderismo y montañismo.

Una de las actividades más recientes que tuvimos fue en el Cerro El Cucurucho, Finca el Pilar Antigua Guatemala, en donde íbamos con la idea de subir a la montaña por un sendero adaptado con puentes y pasos hechos de madera. En el grupo había personas ciegas, con problemas de movilidad reducida y algunas con discapacidades intelectuales como síndrome de Down o autismo.

Fotografía de Christian Rodríguez

Cuando vimos el primer puente, que no tenía ni cinco metros de largo y era totalmente plano, resultó que algunas personas se bloquearon mentalmente. Les parecía algo imposible de superar y no se animaban a dar ni un solo paso. Varios voluntarios y montañistas con experiencia que los guiaban se desmoralizaron al ver que algo tan simple suponía un problema tan grande.

El personal a quienes dimos el taller de guiado en montaña para personas con discapacidad comenzó entonces a hacer su trabajo, y por fin lograron que dieran ese primer paso. Y tardaron lo suyo para dar el siguiente, solamente así lograron pasar esas pequeñas pasarelas que no tenían mayor complicación, tenían 4 ó 5 escalones nada más. 

Las personas que guiaban se dieron cuenta de lo complicado que era enseñar a usar pasarelas, porque había que enseñar a pasarlas una a una, con sus pequeñas diferencias. Aparte de eso, el esfuerzo físico y mental que supuso superar esas pequeñas pasarelas que no tenían comparación con las que hay en la ciudad que son enormes. Pues no es de extrañar que en Guatemala no se vea por la calle a personas con discapacidad, siendo estas más de 1 millón 600 MIL en el país.

Me sorprendía de ver en otros países esa cantidad enorme de personas con discapacidad paseando, yendo de aquí para allá, utilizando transporte público y atravesando calles, por lo general en total autonomía, porque las infraestructuras están diseñadas para «todas las personas» y no para beneficiar solamente a la circulación vehicular.

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