Usted me recuerda a Sarita Montiel

Drink ‘til she’s Sarita

Fotografía de Daniel Chauche

El año debió haber sido 1991 o 1992, difícil saber, ya me falla la memoria. Recuerdo, eso sí, que vivía de arrimado con mi amorosísima prima Lolita y sus hermanos Tico y Luis en un segundo piso de la colonia Kennedy (que de Kennedy sólo tenía las mentiras pues era un barrio marginal al borde del barranco, adonde llegaba el odioso de Arzú cada vuelta electoral con un tráiler y entretenimiento de pacotilla para que las doñitas volvieran a votar por él como efectivamente lo hacían) y que estaba tan flaco que me bailaban los pantalones talla 31 que mi primo Tico me prestaba, generoso como fue hasta que murió.

De seguro estaba trabajando como periodista para uno de tantos medios de donde indefectiblemente me echaban porque el día de pago me volvía aguja en el pajar y me metía todo el mundo por las fosas.

Pues ese día me habían pagado y me fui a visitar a mi compinche Chofo, “piernas locas”, “el colocho vainilla”, “la abuela”, y un largo etcétera de apodos por su apariencia excéntrica: alto y rubio extremadamente rizado, caminaba torcido y a menudo se agarraba de tu hombro antes de colapsar en el suelo, todo por haberse quitado el yeso al otro día de haberse fracturado a los 16. Eso lo llevaría a la tumba muchos años después, pero esa ya es otra historia. La que nos atañe esta vez tenía como escenario usual la casa de su tío, en la Avenida del Ferrocarril, cerca de la 2ª. calle de la zona 6, donde su viuda madre había encontrado refugio. En su cuarto, al fondo de aquella vieja casa, se valía de todo; hasta 15 sujetos a la vez nos dábamos a fumar mota con la ventana cerrada, a la luz de las velas, viajando con “Gates of Delirium”, teniendo como testigo aquel piano que yo bauticé como triste, pues le faltaban teclas y la polilla daba cuenta de él y de nuestros cerebros. Desde su cama contemplábamos a su prima Argentina, rubia rizada y hermosa como él, lavando ropa en la pila de enfrente en aquel baby-doll  que todavía nos tiene locos… ese ir y venir, restregando sus prendas…

Serían como las doce del mediodía cuando salimos de ahí y nos fuimos a tomar unos tragos a la cantinita de la esquina, la más barata para que abundara el pisto, el piso cubierto de aserrín por aquello de los buitres y la rock-ola escupiendo alaridos y estupideces mexicanas.

Fotografía de Daniel Chauche

Entramos y ella estaba sentada en el fondo, sola con un octavo. Yo pedí el primer octavito y más estaba preocupado mi ojo por recorrer al resto de la concurrencia, nunca se sabe, si no, cuándo poner pies en polvorosa.

¡Salud!, dijimos con Chofo y seguro hablábamos de mujeres y de heavy-metal, nuestros soliloquios obligatorios, torpes como éramos para conseguirnos hembra.

Con el primer octavo se posó mi vista sobre aquella señora y le dije al Chofo: vieja más espantosa la que está sentada allá, por qué putas no vienen buenos culos aquí, y él asintió contagiado de mi desdén.

Otro octavito, por favor, pero ya viéndola sin prejuicios (pelo completamente canado, pero rizado y varias barrigas que bajaban en esfinge), de joven ha de haber sido bonita -, le dije a Chofo, hasta me recuerda a Sarita Montiel, comé mierda me dijo él, es una vieja espantosa, ya te pegó feo el trago, ja, ja, ja.

– El tercer octavito (tal vez eran cuartos), vær så snill, y ya la estoy viendo bonita, ya nos está sonriendo. Con el cuarto octavito la invité a nuestra mesa: señora, qué hace tan sola, pásese a nuestra mesa. Allá vino con sus lonjas y su vestido rosado desteñido como una carpa de circo pobre.

Usted me recuerda a Sarita Montiel -, le dije y un largo etcétera e intentó sonreír.

Sería el cuarto quinto o séptimo octavo cuando dijo: ¿ustedes tienen hambre?, que yo vivo cerca y tengo comida hecha, los invito a almorzar. Para ese entonces Chofo también miraba una Dulcinea, una Afrodita acaso entradita en años. Su tour de force siempre fue “shiiiiico”, y allá fuimos los tres.

En aquella inmunda cocina, entre sonidos de tenedores y otros metálicos ruidos se aprestó a sacar un abundante plato con aquella comida cuyo nombre no recuerdo con exactitud, carne molida con rábano perejil y limón, salpicón creo que le dicen y estaba pasado como los tres comensales. Recuerdo que Chofo me miró discreto al probar bocado pero le hicimos huevos. Mientras uno comía, el otro le metía la lengua hasta la garganta a Sarita Montiel, cuyo nombre nunca alcancé a saber, y así alternando. Saliva va y perejil viene, ya Chofo andaba por el sostén. Pero si son dos, dijo en un repentino moment of clarity, y por alguna razón escogió para mi desgracia a su servidor. Váyase Chofo, le dije y a regañadientes se fue con perejil en los dientes.

Entre la cocina y su cuarto había una ventana de vidrio y de eso me di cuenta cuando vi las persianas venecianas y le estaba chupando el coño, que lo tenía canado. Ya completamente montado mientras nos besábamos cabalgando con olor a comida pasada y a guaro, en la excitación del momento me dijo: ojalá que no venga mi hijo, porque si te encuentra aquí te mata, acaba de salir de preso, y yo cabalgando y follando,  ¿y por qué lo metieron preso?Por matar a un policía, a cuchilladas -, me dijo, y ¡Zas!, que oigo que se abre la puerta, ¡Mi hijo!, dijo, y fue lo último que recuerdo. Aquellas tremendas botas de cuero de foca que me había regalado Mynor, el ingeniero, con mil y una correas, no sé cómo las logré amarrar, mientras oía a su hijo buscando un cuchillo y esbozaba su silueta a rayas en medio de las persianas, y sonaban sonidos metálicos, ¿Quién está ahí?, mama, decía, lo mato, ¡yo mato a ese hijueputa!

Logré salir a la calle y ni Michael Jordan me hubiera ganado corriendo, oía sus pasos atrás, por ratos lo volteaba a ver, para medir la retirada, con aquel tremendo puñal de cocina. En la 15 avenida pasó diosito en forma de un ruletero verde para la zona 18 y como en las licas de Bond, me lancé al vacío que ni Tom Cruise, y alcancé la puerta de atrás. Recuerdo a aquel hijo rendido, con el puñal en la mano, con la espada en ristre, seguro no era la primera vez, habría que preguntarle a Freud.  

Cuando llegué a la casa me dijo Tico, puta, qué te pasó; mano, vos sos negro, pero venís BLANCO, y le conté nuestra historia. ¡Chish!, me dijo, bañate, y me desnudé frente a él. Que me quito sus pantalones flojos y me dice: ¡venís con calzón! En la prisa por salvar la vida, logré amarrarme aquellas botas imposibles, pero del suelo me puse su calzón. Todavía recuerdo la mirada de asco de mi primo Tico, y que se cagaba de risa sacando la lengua. Del jardín en el primer piso fui a cortar un palito para recoger el calzón del suelo, y tirarlo por la pared, al fondo de aquel barranco.

 

(Para Tico, in memoriam; Rett Inn bar, søndag 9. februar 2020 kl. 23:09)

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