¡Qué bueno que ya terminó todo ese vergueo del Coronavirus!

Fotografía de Fernando Chuy

Todo fue un mal sueño, una broma de mal gusto, un chiste malo y además mal contado. No, no escribo desde el futuro, o talvez sí. Donde vivo, digamos que en desarrollo humano estamos adelante unos cuarenta o cincuenta años más que en Guatemala.

En realidad, vivo en un uso horario de más de ocho horas. No es fácil, sobre todo para mi madre que a veces me llama creyendo que aquí es medio día, pero no, es media noche o de madrugada. Cuando se lo explico siempre me hace la misma pregunta, «pero de ayer, de hoy o del día siguiente».

Así que sí, digamos que vivo en el futuro. Aquí vino mucho antes el desarrollo, con buena educación pública, con uno de los mejores sistemas de salud del mundo y muchas, pero muchas, ayudas sociales.

Obviamente ese desarrollo también conlleva a que la gente pueda viajar, a todo el mundo, y por eso el coronavirus también vino mucho antes que en Latinoamérica. La «gripita» esa nos pegó una arrastrada. Con casi treinta mil muertes, millones de nuevos desempleados, millones en pérdidas económicas y sobrellevando un confinamiento en apartamentitos donde das dos o tres pasos y ya llegaste al final de la casa. En la época pre-COVID19, aquí en el «mundo desarrollado», construyeron las casas pensando que las utilizarían sólo para ir a dormir. No se puede hacer vida en ellas, hay que turnarse para poder estirar las piernas. A lo más que se puede anhelar aquí es a tener un balcón con dos o tres macetas. Nosotros apenas podemos tomar el sol que entra por una pequeña ventana veinte o treinta minutos al día, eso cuando no estaba nublado o lloviendo, que pasa así a veces las veinticuatro horas del día durante casi diez meses al año.

Aunque ciertamente vivo en un lugar privilegiado, ya que desde mi casa puedo ir caminando en pocos minutos al mar o a la montaña. Pero durante el confinamiento no me quedó claro el motivo por el cual no podíamos ir a ninguna de las dos, por el distanciamiento de seguridad dijeron, pero es que en esos sitios el espacio es precisamente lo que más sobra. Aunque me alegra en parte porque fue una medida que sin duda benefició a la naturaleza. Coincidió con la llegada de la primavera y la flora y fauna estaban en su máximo esplendor, nadie pasó cortando las flores y muchos animales pudieron tener a sus crías sin que el ser humano estuviera chingando.

La producción de las fabricas se paralizó y dejaron de tirar toda su mierda contaminante al ambiente. En la misma ciudad el aire estaba limpio, los ríos corrían cristalinos, las plantas crecían por todos lados, no había ruido de vehículos y nos despertábamos con el sonido de los pájaros. Dejamos de comprar chorradas sin sentido para adquirir únicamente productos realmente necesarios: alimentos y productos de higiene. Coincidía también con la prohibición de las bolsas plásticas de un solo uso, así que todo parecía ir por muy buen camino. Nadie imaginó que en tan poco tiempo el medio ambiente se recuperaría de tal manera.

Pero el ser humano estaba impaciente por volver a chingarlo todo. De pronto, las bolsas de plástico se hicieron de uso obligatorio, por higiene según dijeron. La gente comenzó a comprar únicamente la fruta o verdura que estuviera debidamente envuelta en plástico. Nuestras manos y nuestros rostros, también plastificados, parecían las de médicos haciendo cirugías a corazón abierto. Los contenedores de basura no se daban abasto con tanto plástico, guantes y mascarillas que comenzaron a invadir los hogares y por ende las calles.

El tiempo pasaba, como tiene que pasar, a su propio tiempo, pero en nuestra mente todo iba más despacio. Con los primeros muertos nos enterábamos de sus nombres, edades, profesiones y hasta de cómo lo estaban pasando sus familias. Pero cuando llegaron a contarse por cientos ya no eran más que números, y cuando fueron miles ya ni eso, eran una delgada línea que subía hasta un pico que se suponía tenía que comenzar a bajar. Desde entonces los muertos nos importaban un pepino, solo queríamos que la puta línea bajara tanto como para que nos dejaran ir de nuevo a la calle, a la playa, a la montaña y al bar.

Los gobiernos de todo el mundo habían tomado decisiones de todo tipo: algunas muy lógicas, otras arriesgadas y algunas simplemente estúpidas. A algunos gobiernos les funcionó mejor o peor que a otros, pero jodió de peor manera, como siempre, a los más pobres.

De pronto, un día nos despertamos y era el primero sin «tantos» muertos por coronavirus. Entonces nos dieron permiso de salir a las calles cercanas. Comenzaron a abrir algunos espacios públicos, según prioridad, los primeros fueron… ¿las peluquerías? No, no es broma. Las personas llevaban el pelo descolorido, desarreglado y murusho como si fueran nidos de pájaros. Luego abriendo los bares, las tiendas, pero ¿y la playa, y los parques infantiles, y la montaña? ¿Por qué no nos dejaban ir allí? Seguramente porque todo eso no genera ganancias.

La línea se mantuvo baja, pocos muertos cada nuevo día, ¿Y a quién le importa si no son conocidos? Lo importante es que por fin pudimos ir a la montaña y, ¡vaya decepción! Fui a la montañita que tengo al lado de casa, no quise ir desde el primer día porque supuse que iría mucha gente, y así fue. Esperé una semana, pero el caos seguía. Jamás pensé ver tantísima gente sedienta de naturaleza, o lo que quedaba de ella. Porque bien que teníamos prohibido ir a la montaña, pero la industria maderera no, así que talaron los bosques e hicieron mierda los senderitos y los convirtieron en caminos anchos de barro y escombros. Años y años resistiendo para que no cortaran esos árboles, pero con el confinamiento nos la jugaron y no dejaron nada en pie, ¡todo pelado!

Fui a otras montañas donde no podían talar por ser parques protegidos, pero de igual manera había demasiada gente. La mayoría jamás habían subido una montaña, no sabían cómo caminar, cómo vestir, qué llevar, cómo regresar… que es lo normal, pero esto era de locos, la gente primeriza se había metido a escalar las montañas más difíciles, incluso con bebés. Una semana muy ajetreada de rescates durante todo el día y noche: personas que se perdían, que se lesionaban por caídas, por golpes de calor o simplemente por agotamiento. Se mataron unos cuantos más, pero como no era de coronavirus pues tampoco afectaba a «la línea» que tanto cuidábamos para que no subiera.

De regreso al pueblo la locura era más evidente, lanzados a comprar cualquier porquería las colas eran infinitas. Si bien es cierto, actualmente hay una locura tremenda por comprar bicicletas y tiendas de campaña, porque se supone que ahora somos más ecológicos; y también se disparó la venta de computadoras y celulares por motivos del teletrabajo. Pero ir a comprar piscinas para meterlas en los apartamentitos es demasiado estúpido, y se dieron cuenta cuando se les cayó la casa a unos cuantos. El efecto rebote de pasar a no poder comprar nada a volver a tener todo, en oferta, está siendo brutal, para quienes pudieron conservar sus trabajos obviamente. De todas maneras, con o sin empleos, surgió la necesidad de comprar ropa y calzado a los niños que habían crecido durante ese largo, pero largo, confinamiento.

Así que comprar de todo se ha vuelto la norma, nos hemos relajado tanto que ya estamos pensando en las vacaciones de agosto, hoteles, playas, fiestas por doquier. Pero de repente comenzamos a escuchar de nuevos rebrotes. De hecho, algunos pueblos cercanos han vuelto al confinamiento.

Pero volviendo a Guatemala, ese país que vive en el pasado. Las redes sociales se llenaron de bendiciones porque el país tenía pocos casos, y adulaban al presidente por sus buenas intenciones que gracias a ello, el gobierno recibió millones en ayudas destinadas a paliar los efectos que, a futuro, podían afectar a Guate. Ahora mismo ya no se habla de muertos, se habla de números y pronto se hablará sólo de esa «línea» que quiere y no quiere bajar. ¿Y todo eso para qué? Si el gobierno ya hizo fiesta con todo el dinero que se suponía que era para cuidar la salud de los guatemaltecos.

El gobierno guatemalteco apostó por la fórmula «pro-vida»”, cuiden a los fetos, pero da igual que se mueran todos los pobres, si no de coronavirus, que se mueran de hambre.

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