Vivimos en tiempos distópicos

Exiliados de la realidad concreta presenciamos el desfile trágico y bufo de sociedades peligrosamente teledirigidas. Cuerpos vaciados de su hacer y almas enfermas de apatía y falta de solidaridad, pactan con la pantalla negra de la individualidad. Como en una película de ficción, el capitalismo y su dictadura dineraria crea un escenario fantasmagórico, donde las cosas separadas de los sujetos cobran vida y se rebelan ante sí violentamente.

Ilustración de Beehive Design Collective

La actual pandemia de coronavirus se manifiesta de manera similar a la historia del monstruo Frankenstein en la novela de Mary Shelley (1818). La cosa animada amenazante es el resultado de la gestión política de la vida, es la manifestación de la nuda vida (Agamben, 1998). Un estado de excepción sanitario que actualiza al monstruo soberano que mantiene a la vida expuesta a la muerte.

El desgarramiento colonial cambió el continuo ambiental hasta entonces experimentado en América. Este corte se inaugura como guerra en contra de la naturaleza. Según narra Bernal Díaz del Castillo en su Historia Verdadera de la conquista de Nueva España, las huestes invasoras en su incursión por Petén en las Tierras Bajas Centrales abrieron paso en la selva maya botando árboles y matando animales  (Payeras, 2010, pág. 38).

En una segunda etapa de esta guerra, la concentración de población indígena en nuevos pueblos (1541) consolidó otra experiencia de desarraigo ambiental propia de una nueva era colonial. El patrón de asentamiento sustentable fue suplantado por reclusorios para el confinamiento del hacer indígena y la enajenación de sus bienes comunes. Pocas décadas después de la invasión, las ciudades coloniales se erigieron como pétreos órganos parasitarios (Payeras, 2015), santuarios de la belleza de una violencia divina.

El despojo, el maltrato físico y psicológico y el cambio abrupto en el patrón de asentamiento son elementos constitutivos de una emergencia sanitaria permanente. Un verdadero y sostenido estado de excepción en donde la vida se vive permanentemente expuesta a la muerte. Como es sabido, las enfermedades virales no conocidas en el Continente antecedieron a la espada y al arcabuz. En 1520 el cólera morbus llegó a territorios mayas como un asesino invisible. Un año después, luego de azotar a las poblaciones del centro de México, la viruela hizo su aparición generando zozobra en las ciudades más importante de la época (Memorial de Sololá, 1999). Esta enfermedad viral, caracterizada por las altas fiebres y las ampollas en la piel que sufren los infectados, fue erradicada del planeta tan solo hasta el año 1977.

Las epidemias de fiebre tifoidea (1523), sarampión (1559) y escarlatina (1576) experimentadas por las poblaciones indígenas coloniales guardan una correlación histórica con la actual pandemia de coronavirus. Todas representaron medios de biopoder que administran la vida en un estado de peligro latente.

Al igual que hiciera el cabildo de la ciudad de Santiago con un problema de salubridad provocado por los cadáveres de los indios naboría que morían en la casa de los españoles e infestaban los terrenos baldíos (Lutz & Kramer, 2018), el gobierno actual encuentra en la administración de la crisis sanitaria un medio político para intervenir en la vida los ciudadanos a beneficio de las clases privilegiadas.

Los ciclos del desarraigo ambiental devienen en genocidio (2010, págs. 54, 65). El capitalismo es la pandemia originaria que debemos eliminar del planeta para garantizar la vida de los humanos y no humanos. Tarea pendiente en tiempos distópicos.

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