Vuvuzelas, gases y llamas

Fotografía de Fernando Chuy

Eufóricos avanzaban entre el humo y las llamas, sin cuestionarse por qué había sido tan fácil, ingresaron a la boca del lobo para manifestar su indignación; total, no tenían nada más que perder. Mientras tanto una madre compraba una banderita y una vuvuzela para su hija en la Plaza de la Constitución, esperando que estas le ayudaran a cursar su lección del día: ejercer su derecho a manifestar contra lo que es injusto.

Al poco tiempo, frente a las llamas apareció un pelotón anti motines. Entre sus filas resaltaban los que se ganan la vida entre gritos y armas, felices de por fin desempolvar sus escudos y bastones. “¡Dispérsenlos! ¡Embistan! ¡Disparen los gases!” les gritaba el más alto, blanco y fornido de todos.

Inmediatamente los eufóricos salieron corriendo para evitar los golpes y los gases, no esperaban que les persiguieran con tal violencia. Una esquina antes de llegar a catedral lo entendieron: no les querían dispersar, les querían aleccionar para que no lo volvieran a hacer. Los gases no se detendrían ni siquiera ante la niña de la plaza. Tomaron la decisión de entretener a los pelotones el mayor tiempo posible.

La batalla duró más de una hora, el sudor y la sangre se esparcían cada vez más, junto a ellas, la rabia y el cansancio se apoderaba poco a poco de los cuerpos en ambos bandos. Finalmente se rompió la valla de manifestantes, los gases llegaron a la plaza, la madre y su hija debieron salir huyendo.

La periodista no lo pensó dos veces, sabiendo que una imagen dice más que mil palabras, se sumergió en la batalla para captar los mejores ángulos. Arriesgó su integridad con tal de capturar la historia que retrataría lo que sus ojos ven, lo que su corazón siente. No se imaginó que por ejercer su profesión terminaría la noche presa en una carceleta.

Los eufóricos salieron orgullosos de demostrar su descontento y a la vez preocupados por los familiares y amigos apresados o golpeados. Los pelotones salieron molestos pues no se suponía que tenían que ofrecerles tal resistencia. Esa noche, los pelotones decidieron salir en sus patrullas de cacería por el Centro Histórico, sabían que sus jefes no les detendrían.

La mañana siguiente, por primera vez en muchos años, el sótano de la Torre de Tribunales no estaría inundado de accidentes y alcohol, sino lleno de esperanza y dignidad.

Mientras todo esto pasaba, los poderosos bebían un fino licor en un lugar seguro, sabían que tendrían que cambiar un poquito el plan, pero aun así saldrían ganando. Finalmente ostentan el poder, el dinero y los contactos necesarios para asegurarse que su versión de la historia sea la oficial ¿o no?