“…y se marchó y a su barco le llamó Libertad”

Fotografía de Fernando Chuy

Estos meses que van del año 2020 han sido puro caos, aparentemente muchos están muriendo de COVID-19 o de hambre, de violencia intrafamiliar, de pena, tristeza… Varias personas han perdido su trabajo, el año escolar, familiares, amistades, etcétera. Este año nos va a servir a la mayoría como una reflexión sobre lo efímera que es la vida o tal vez no, no sabemos.

Perdí un amigo hace unas semanas, él decidió terminar con su vida después de años de luchar contra la depresión. A todos nos tomó por sorpresa porque era una de las personas más alegres y vivarachas que conocíamos, es terrible saber que ya no está entre nosotros y que no pudimos decirle lo mucho que lo queríamos.

Lo conocí en el 2015, cuando entró a la universidad. Se miraba muy serio a primera vista pero cuando sostenías con él una conversación sabías exactamente que iba a marcar una etapa en tu vida, sus ocurrencias, sentido del humor y agallas era lo primero que impactaba, cuando lo conocías mejor sabías que era un buen amigo, que te “hacía huevos” en lo que necesitaras, que podía escucharte y que tenía buen corazón. Es duro pensar en él con el pretérito imperfecto en las oraciones.

“…y se marchó y a su barco le llamó Libertad”

Se fue sin avisar, sin despedirse, dejándonos con la sensación de que pudimos hacer más por él, acompañarle, hablarle cuando lo necesitara, apoyarle en lo que pudiéramos. Se desvaneció en esta etapa donde estamos en cuarentena y distanciamiento, tal vez solo, con muchas penas y dolor, con el deseo de hablar de lo que le sucedía, pero no saber cómo abordarlo.

La noticia nos cayó a todos como un balde de agua fría, aún sin poder aceptarlo añoramos su presencia en este mundo que ha sido cruel con todos, pero con unos más que otros. Nadie nos educa sobre cómo sobrellevar la muerte, huimos desesperadamente de ella, de lo que implica ya no estar. Siempre andamos pensando en el futuro, postergando todo para mañana, aquello que nos da tanto miedo, aferrándonos a lo que tenemos, a no dejar ir cosas y sobretodo personas.

Somos una raza a la que educan en base al sufrimiento, le decía a alguien hace unos días. Nos enseñan qué es, por qué sufrimos y que no deberíamos hacerlo, así también cómo provocar el menor daño posible, porque desde la concepción de este mundo capitalista cada vez más individualista, no podemos permitirnos sufrir o que alguien más nos lastime, viviendo engañados en el consumismo para satisfacer necesidades que creemos van a ser suficientes para vivir plenamente, así sea con cosas o personas.

Las personas que deciden terminar con su vida viven con ese constante miedo, tal vez pensando en suicidarse por mucho tiempo pero no hacerlo al fin y al cabo porque no quieren que su familia y amigos sufran por su decisión. El apego que se nos impone desde pequeños sobre no querer que las personas nos dejen, el miedo a estar solos es algo que no nos podemos permitir y que a la larga va a repercutir en nuestra vida y decisiones.

Como cualquier familiar y amiga, yo me haría las mismas preguntas ¿Por qué lo hizo?, Tenía tanta vida por delante, era tan joven, debió buscar ayuda profesional… Sin tratar de comprender y respetar su decisión. Sí, porque fue algo que él pensó mucho y decidió hacer, aunque duela debemos respetar y aceptar que él ya no se encuentra físicamente. No nos ponemos a pensar de una manera consciente cuánto sufren esas personas y el alivio que sienten al quitarse la vida, con la esperanza de empezar de nuevo.

Nos aferramos tanto de las cosas y a las personas que queremos que nos rehusamos a que se vayan, más si es en un evento tan inesperado, que creemos que pudimos haber evitado. No nos sucede lo mismo con la muerte de un enfermo o anciano porque sabemos, muy en el fondo, que su día llegará y nos resignamos.

¿Por qué nos cuesta tanto asimilarlo y a veces culpamos a las personas de su decisión?

Muchas personas pensarán que las personas que deciden terminar con su vida son cobardes, irresponsables o egoístas, que fueron débiles porque ya no quisieron “seguir dando lucha”. Considero totalmente lo contrario, porque muchos se esconden tras la imagen de personas muy felices, que hacen muchas cosas chileras, que tienen muchos amigos, que son muy sociables, pero no sabemos en realidad cómo se sienten y desde cuándo tienen su corazoncito adolorido. La ambigüedad de su ser.

Hablar sobre la depresión no está normalizado y tampoco es bien visto, porque nunca falta la persona que diga “vos sólo llamar la atención querés”, “es que vos estás buscando pretextos a todo”, “sólo necesitás un/a novio/a y ya con eso todo se te olvida”, “lo que necesitás es distraerte y dejar de quejarte”. Y se nos ha hecho creer que la ayuda profesional es solo para personas que están “locas”. Imagínense cargar con tantos estereotipos y que, al momento de querer mejorar, la sociedad nos siga condenando por lo que tenemos. Difícil, ya sé.

Debemos, más que intentar forzar a las personas con depresión a buscar ayuda, aprender de ellas y ellos, acompañarles, ser su apoyo cuando más lo necesiten, respetar su proceso porque no debemos seguir satanizando las emociones. Ahuevos, la depresión no está bien, pero podemos hacer algo mejor que ignorar los sentimientos de nuestros amigos y amigas, podemos estar ahí cuando más lo necesiten y ofrecer nuestra comprensión en lo que se pueda, sin sentirnos culpables de sus decisiones, sea a donde sea el plano a donde vayan a parar.

La raza humana es inferior para entender este tipo de cosas, siempre queremos explicaciones de todo, de si se acabó el amor, de cómo cambiamos, de si nos gustan varias personas a la vez, que si un amigo se nos va. Queremos explicaciones para complacernos a nosotros mismos, para saciar esa interrogante que nos da vueltas en la cabeza, sin realmente aceptar lo que sucede y en fin decir que así es. Debemos aceptar y agradecer el haber conocido a esas personas que dejaron una marca en nosotros, que estuvieron y van a seguir estando aunque ya no podamos verles físicamente.

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